Salud: la hora de la autorresponsabilidad
El mundo atraviesa una situación compleja y alarmante desde el punto de vista sanitario. La emergencia de enfermedades que habían sido erradicadas, junto a nuevos males que aparecen para poner en jaque a los sistemas de salud a escala planetaria plantean desafíos en torno a lo asistencial y también una enorme tarea colectiva para promover el autocuidado y la actitud responsable en el cuidado de la salud.
Solo si se piensa en el coronavirus, a la par que se les exige a los Estados poner en marcha los mecanismos que aseguren la previsión y eviten improvisaciones que pueden tener consecuencias impensadas, se impone la urgencia del autocuidado. Es cierto que aunque hay muchos que adoptan hábitos conscientes de prevención para evitar la proliferación de virus respiratorio, no menos verdad es que hay otros tantos que pasada la pandemia de gripe A del año 2009 relajaron las medidas de cuidado y olvidaron actos tan sencillos y vitales como el de lavarse frecuentemente las manos con agua y jabón.
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Si la mirada se corre a enfermedades como el dengue que experimenta un ciclo de brote epidémico en la región de las Américas, también el autocuidado cobra una relevancia central. Al tiempo que se debe exigir que las áreas de saneamiento y de salud trabajen en forma coordinada en tareas de control de foco ante sospechas de la enfermedad y realicen las acciones de control del vector que resultan necesarias para evitar males mayores, es urgente adoptar en lo cotidiano hábitos de cuidado. Evitar la proliferación del mosquito parece una tarea sencilla, sin embargo resulta titánica a la luz de la magnitud que ha cobrado el problema del dengue y otras patologías transmitidas por mosquitos de una especie domiciliaria que convive y se reproduce en ámbitos urbanos donde se deposita el agua estancada. Aunque es insistente la exhortación de las autoridades a que toda la sociedad emprenda la lucha contra el dengue, la mayoría de las veces las medidas que instrumenta la propia comunidad tienen solo que ver con el uso de repelentes y algunas acciones orientadas a evitar la picadura de mosquitos. Se desatienden otras tareas que resultan imprescindibles como el descacharrado y el cuidado integral de los espacios periurbanos, esos que se transforman en verdaderas amenazas en el actual contexto epidemiológico.
En otro orden y como un argumento más que se suma al difícil panorama que se atraviesa en materia sanitaria, este año se está registrando el peor brote de sarampión de las dos últimas décadas con más de 180 casos registrados en el país, varios de ellos autóctonos- es decir ocurridos en personas sin antecedente de viaje a zonas donde existe circulación viral de esta enfermedad- . Confluyen en torno a esta enfermedad múltiples factores, el principal de ellos asociado al conocido como movimiento antivacunas que hace que una enorme porción de la sociedad incumpla con la obligación de tener completo el calendario de vacunación. Es irracional que existiendo una vacuna probadamente efectiva, y estando frente a una enfermedad que había sido erradicada, el sarampión vuelva a ser un tema de preocupación y una realidad con severas consecuencias.
Y lamentablemente el inventario no se agota en la enumeración de estas enfermedades que por estos días ocupan la primera plana de los diarios y lugares privilegiados en la ponderación de la agenda de noticias por su actualidad. Son muchas las enfermedades desatendidas que causan estragos. Varias de ellas son la muestra palmaria de múltiples falencias del propio sistema de salud y de la comunidad que no termina de asumir el cuidado responsable de su salud, minimizando su impacto y sus riesgos.
Es incomprensible que a pesar de estar disponibles todos los elementos de protección, irrumpan con virulencia enfermedades de transmisión sexual solo por la negativa a usar preservativos en las relaciones sexuales.
En el mismo sentido es inadmisible que vacunas que previenen enfermedades potencialmente mortales hayan sufrido demoras en la liberación de lotes ya comprados por el país por incompetencia de gestión o burocracias sin justificativo.
Ni hablar de las medidas que se han tomado para llevar a centros de producción de vacunas como el Instituto Maiztegui a la situación calamitosa que vive. En un país donde hay personas que mueren a causa de la Fiebre Hemorrágica Argentina no hay ningún argumento ni político ni económico que admita que una institución de la envergadura y el prestigio del Inevh no tenga su planta en condiciones de producir la única vacuna existente en el mundo y probadamente efectiva contra esta enfermedad que de ningún modo está erradicada.
Seguramente la enumeración de los problemas no se agota ni resulta completa en los términos de este comentario editorial. Sin embargo, lo expuesto sirve para poner bajo la lupa cuánto de nosotros como sociedad se juega en la posibilidad de contribuir a la prevención, y a la oportunidad de que estas emergencias sanitarias nos enseñen cuáles son las cuestiones prioritarias y aprendamos de manera responsable a ejercer el autocuidado y a exigir a los decisores de políticas públicas en materia de salud que estén a la altura de las circunstancias. Sin poner en práctica una actitud de cuidado individual responsable, se achica mucho la posibilidad cierta de exigir que otros velen por la salud colectiva y lo hagan de manera eficiente. Parece que la tarea está una vez más en nuestras manos.













