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Salud de calidad para todos: más que una realidad, una expresión de deseo

02 de mayo de 2019 a las 12:00 a. m.

A principios de este mes una nueva conmemoración del Día Mundial de la Salud puso en el centro de la escena las cuestiones sanitarias. Como sucede cada año, fueron varias las organizaciones e instituciones que recrearon el lema de la fecha que en esta oportunidad tuvo que ver con el concepto de salud universal. Argentina no fue la excepción de este debate y en un acto casi de “sincericidio” el propio secretario de Gobierno de Salud de la Nación, Adolfo Rubinstein, reflexionó para la agencia oficial de noticias sobre las desigualdades que el país experimenta en el acceso a servicios de salud de calidad. Como base para lo que fue el relanzamiento de la estrategia de Cobertura Universal de Salud, el funcionario aportó datos preocupantes en relación a indicadores sensibles que hablan de cuán lejos se está aún de cumplir con los objetivos deseables en relación a la salud de las personas como derecho humano universal, e independiente de condiciones geográficas o socioeconómicas de vida.

Este año la Organización Mundial de la Salud revalorizó el espíritu de la atención primaria en un pronunciamiento internacional que destacó su importancia como piedra angular de los sistemas sanitarios en el mundo moderno. En este plano, si bien Argentina cuenta con un modelo que es referencia en América Latina por la extensión de su red de atención, lo cierto es que la eficiencia dista mucho de ser buena. Esto fue reconocido por el propio titular de la cartera sanitaria nacional cuando reconoció que el sistema de salud está “fragmentado y segmentado” y admitió, sin empacho,  que si bien los estándares de calidad son buenos, los resultados están lejos de ser los deseables.

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De acuerdo a las apreciaciones del propio secretario de Salud de la Nación, a pesar de que el 10 por ciento del Producto Bruto Interno se invierte en salud, la dimensión de esa inversión- que es superior a la que destinan países de la región- no aporta resultados que vayan en coincidencia con la magnitud de esos recursos.

Lo señalado por la máxima autoridad sanitaria del país, pareciera demostrar que todavía resulta una utopía pensar en una salud universal igualitaria y accesible a todos.

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Si bien es cierto que hay lecciones aprendidas en materia de salud, también queda mucho camino por recorrer.   Y es oportuno preguntarse qué significa salud universal y cómo el espíritu de un programa oficial que apunta a ampliar los índices de cobertura de manera integral, supera lo discursivo y alcanza la práctica real y la realidad de muchas personas que por diversas razones ven condicionado su acceso a la atención que merecen.

Tal como lo resaltó la OMS en oportunidad del Día Mundial de la Salud, el concepto de salud universal refiere a que todos, independientemente de su origen socioeconómico, etnicidad o género, estén cubiertos por un sistema de salud bien organizado y financiado, que ofrezca servicios integrales y de calidad, ya sean de promoción de la salud, curativos, preventivos, rehabilitadores o paliativos. Esto importa la eliminación de barreras para acceder a los servicios de salud y exige que todas las personas estén protegidas contra las dificultades financieras, lo que implica que nadie se vea obligado a renunciar a la atención porque no puede pagar.

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Frente a estas definiciones cabe preguntarse a qué distancia está el país de cumplir con estas premisas que representan el respeto a un derecho humano fundamental. Lamentablemente en tiempos de crisis económica lo que se observa- y esto no es coyuntural sino estructural- un resquebrajamiento del sistema de salud tanto en el sector público como privado. Y esto más que acercar aleja a las personas del ideal de salud que se pregona en las consignas y en los discursos.

Cada vez son más las personas que reconocen tener dificultades para sostener sus sistemas de prestación de salud, también crece el número de ciudadanos que quedan fuera del sistema prestacional porque pierden su empleo o trabajan en un mercado informal que desatiende la cobertura sanitaria.

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Quienes no poseen obra social, sufren los avatares de un sistema público de salud que si bien alguna vez fue modelo por su modo de estructuración, hoy aparece sobrecargado y víctima de la falta sostenida de inversión.

En este escenario, el lanzamiento de la ampliación del programa de Cobertura Universal de Salud realizado la semana pasada por la Secretaría de Gobierno de Salud aparece más como una expresión de deseo que como una herramienta capaz de alcanzar a todos. 

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En un contexto en el que la salud “colapsa” por donde se la mire, el programa lanzado promete “asegurar que todos accedan a servicios de salud necesarios y medicamentos seguros y eficaces sin tener que afrontar penurias financieras” y establece la necesidad de “volver a la medicina de familia” para lo cual se hace necesario dotar a la totalidad de la red de atención de “un sistema de información que permita la vigilancia epidemiológica y monitoreo de calidad y de sistemas de facturación electrónica para el recupero de costos”.
Cualquiera que recorra los centros de atención de muchas partes del país- sobre todo aquellos que están alejados de los grandes centros urbanos- comprueba que muchos no cuentan ni con los elementos mínimos para funcionar. Y si bien el sistema de Cobertura Universal de Salud aparece en el horizonte como una estrategia diseñada para “dignificar la atención del sistema público” con acciones específicas que faciliten el acceso a prestaciones de calidad, en la realidad se está bastante lejos de los beneficios de los “turnos on line o gestionados desde aplicaciones de celulares” y de la telemedicina como instrumento que alcanza a todos.

Si bien es legítimo el espíritu de contar con un programa que se focalice en la posibilidad de trabajar sobre indicadores sensibles como la mortalidad infantil y materna, el cáncer y otras enfermedades prevenibles, pareciera que falta mucho camino por transitar para ver plasmada en la realidad de todo un país este sistema de salud integrado.

El impacto de la crisis y la desigualdad siguen presentes.  Y se muestran como la señal más visible de un sistema gigante y desigual. Por un lado, se habla de tecnología puesta al servicio de la salud y por el otro faltan insumos básicos como vacunas. Se habla de atención personalizada y los servicios de salud en la órbita pública están saturados, con personal mal pago y no pocas falencias en infraestructura y equipamiento médico.

Inmersos en un escenario de crisis, y cuando la agenda aparece cargada de otras urgencias, la tarea de idear herramientas aparece como primordial. Sin embargo, la observación de la realidad, cerca y lejos de casa, comprueba que el concepto de salud universal, de acceso equitativo y de calidad sin que el lugar de nacimiento o las condiciones socioeconómicas sean un factor determinante, sigue estando más cerca de una expresión de deseo que dé una realidad tangible. 

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Lo referido por el propio Rubinstein demuestra que en este campo hay más interrogantes que respuestas; y confirma que para impulsar cambios sustantivos se necesitan liderazgos fuertes y voluntades políticas que promuevan el diálogo y la acción colectiva.

Con un secretario del Gobierno nacional afirmando que “ el sistema de salud argentino sigue siendo desigual” y admitiendo en una columna de opinión que “el lugar en el que nacemos, vivimos o trabajamos o las condiciones socioeconómicas siguen siendo factores que influyen en la posibilidad de enfermar o morir”, quizás señale la imperiosa necesidad de volver a humanizar el sistema, retomando el espíritu de aquella declaración de Alma Ata que proponía poner al hombre y su bienestar en el centro del sistema. Para lo cual se necesita mucho más que un buen diagnóstico.

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