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Rubén Cacciamani, una vida en el redondo y sabroso mundo de la pizza

19 de enero de 2014 a las 12:00 a. m.

Rubén Cacciamani es sinónimo de pizza. La vida de este hombre de 65 años está ligada indisolublemente a este exquisito alimento, que se asocia de inmediato con la idea de compartir con familia y amigos. Y también su nombre está unido a “I Fratelli”, la tradicional pizzería que fundó y abrió sus puertas al público pergaminense en 1987, en la avenida que otrora se llamaba Julio A. Roca, donde hoy funciona la Panadería “Flic”.

Rubén aprendió el oficio de pizzero a los 15 años, cuando unos tíos gallegos le ofrecieron trabajo en una pizzería en Buenos Aires: “Mis tíos fueron unos de los primeros que pusieron un comercio de pizza a la piedra en Buenos Aires. Ahí empezaron a hacerla en hornos de barro, a leña, las pizzas salían exquisitas. Y después de trabajar allí unos ocho a nueve años, con el tiempo trasladé aquellos conocimientos a Pergamino”.

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Nativo de Rafael Obligado, recuerda que se vino a vivir a Pergamino cuando su hermano Miguel comenzó a trabajar en el Inta: “Miguel acarreó a toda la familia a Pergamino”, recuerda Rubén, quien agrega: “Dejé todo en Buenos Aires y me instalé aquí cerca del Matadero con una rotisería en la que los fines de semana hacía pizzas para llevar, entre otras comidas. También estuve trabajando como bufetero durante tres años en el Club Gimnasia y Esgrima; allá por 1974, me llevaron porque tenían mucho interés en la pizza que hacía. En ese momento el básquet era furor en Pergamino. Y después nos fuimos al centro, donde abrí la pizzería I Fratelli, que primero funcionó donde hoy está la Panadería ‘Flic’ y luego en la Avenida de Mayo y Alberti”.

Cuando Rubén emplea la primera persona del plural al decir “nos fuimos”, hace una clara referencia a su familia, compuesta por su esposa Viviana Gladys Montana, con quien cumplió hace pocos días 39 años de casado, y sus tres hijos: Luciano (38), Edith (37) y María Florencia (30), quienes les dieron siete nietos: Luciana, Delfina, Franca, Camila, Marisol, María Paz y Ezequiel. A Viviana la conoció cuando trabajaba en el Club Gimnasia y Esgrima: a raíz de un cumpleaños suyo que no quería festejar, un amigo le propuso celebrarlo de todos modos e invitar a varios amigos y amigas, entre ellas estaba presente la que un año más tarde se convertiría en su esposa.

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La pizza gigante

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Desde 1987 hasta 2001 “I Fratelli” supo conquistar el paladar de miles de pergaminenses y vecinos de ciudades aledañas con la cálida atención a los clientes, los distintos sabores de pizzas y algunas especialidades: “En el centro tenía un horno a leña de un diámetro grandísimo, desde donde lanzamos en Pergamino la pizza gigante, que en Buenos Aires ya existía. Se me dio por amasar un bollo de un kilo de masa y hacer una rueda grande, luego marqué el bollo y fabriqué una pala casera. Un día viene un proveedor de Buenos Aires que me vendía las cajas de pizza, entonces le mostré la pizza gigante que hacía pero no tenía el envase, entonces fue al baúl del auto, me trajo una caja, coloqué la pizza y encajaba perfectamente. A partir de entonces empecé a hacer la pizza gigante, la que no tenía competencia porque en los hornos chicos a gas no se podía cocinar”, recuerda orgulloso.

 

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Sin dudas fueron muchas las familias que se reunían en torno a la pizza gigante, que estaba compuesta de cuatro o cinco gustos: “A los chicos les apasionaba, hoy en día vienen al negocio y me siguen pidiendo la pizza gigante. Pero tuve que sacar el horno porque, si bien le da un gusto especial a la pizza, se precisa mucho espacio para la leña, prácticamente es imposible trabajar hoy con un horno a leña”, se lamenta.

 

Otros tiempos

En sus mejores épocas, “I Fratelli” producía pizza utilizando entre 70 y 80 kilos de harina: “Supe ser cliente de Molinos Cabodi, de Rojas, y me bajaban 50 bolsas de harina por mes. Hoy con cinco bolsas me alcanza para cocinar. Antes amasaba una bolsa de 50 kilos para preparar y a la medianoche volvía a amasar para tener continuidad. Fue una época gloriosa, entre un viernes y un sábado 80 kilos de harina no me alcanzaban”, rememora Rubén con orgullo.

Según narra, ni bien inauguró la pizzería estaba tan empeñado “que le debía a Dios y a María Santísima”, pero justo esa semana se hacían por última vez los tradicionales carnavales en la avenida Roca: “En siete noches de carnavales recuperé lo que había invertido para poner la pizzería. Hoy ni en siete meses uno recupera lo que puede invertir en un negocio de ese tipo. La pizzería se renovaba de tres a cuatro veces por noche, además tenía la ventaja de que podía poner mesas en la vereda, entonces hice amistad con Carlos Motta, que tenía el kiosco al lado, y me dejaba ocupar su lugar”.

 

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Por qué “I Fratelli”

Al ser consultado sobre el origen del nombre italiano del comercio, este hombre de trato amable remite a una historia familiar: “Los tres muñecos o personas (de logo de la pizzería) hacen referencia a los tres hermanos que somos: Jorge (fallecido), Miguel y yo. Un día fuimos a ver al cónsul italiano para que nos diera ideas para darle una tonalidad italiana a la pizzería, para que nos ayudara con la ornamentación; entonces en la pared del negocio colocamos unos postres con postales de Italia, pero no teníamos nombre; estábamos por inaugurar y no sabíamos cómo llamarla. Entonces, cuando nos preguntó cómo se llamaba el lugar le dijimos que no sabíamos aún; fue así que nos sugirió ponerle ‘I Fratelli’, que en italiano significa los hermanos”.

 

 

 

 

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Cuando a Rubén Cacciamani se le pregunta cuál es el secreto para mantener de pie un comercio gastronómico durante tantos años, enseguida lo revela: “Esto te tiene que gustar, es un trabajo que tenés que querer de alma, es muy esclavo, para mí no existieron cumpleaños, casamientos, el ritmo de trabajo no me dio tiempo a disfrutar de muchas cosas. Pero a raíz de que te gusta te metés cada vez más en el tema y tratás de mejorar. Por ejemplo, cuando tengo un rato libre estoy permanentemente mirando los programas de cocina por televisión, cuando tengo un lugarcito miro cualquier programa de cocina”.

Seguidamente y a modo de confesión devela la receta para una pizza exquisita: “Mis tíos gallegos me enseñaron el oficio, ellos eran muy estrictos y me enseñaron que había que utilizar la mejor mercadería, los mejores productos, la mejor harina; ellos me decían que respetara esos principios y no iba a tener problemas. Por ejemplo, el tomate triturado viene en envases de 10 kilos y hay salsas que cuestan la mitad de lo que cuesta un tomate bueno, pero después el resultado final nada que ver”.

 

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Luego, en el año 2001, la familia y el comercio se trasladaron a la esquina de Juan B. Justo y Fullana, donde “I Fratelli II” funciona actualmente: “Hoy en día muchos amigos quieren ayudarnos a llevar el negocio al Centro, pero ya fue, muchos me dicen que se la juegan ‘porque sé lo que hacés y lo que dice la gente de vos, hoy vos en el Centro con tus productos trabajarías muy bien’; pero con los años uno está un poco cansado”, se sincera Rubén, quien recuerda que cuando se mudó del Centro al actual local no promocionó el traslado: “Hay gente que me descubre cuando ve el logotipo en la vidriera, después de 12 años se asombran porque piensan que el negocio no existía más. Hoy trabajamos mucho con pedidos”.

 

La anécdota: del calzone

 

Rubén tiene en su haber muchas anécdotas vinculadas con la pizzería, pero recuerda una muy graciosa vinculada al calzone, la pizza preparada en forma de empanada: “Cuando inauguro ‘I Fratelli’ necesitaba hacer unas refacciones, que me las hizo un albañil paraguayo, que tenía hijas de unos 14 y 15 años. Cuando terminó con su trabajo me preguntó si no podía ocupar a una de sus hijas en la pizzería, fue así que esta chica, muy tímida, comenzó a trabajar. Por otro lado, un día me visita un amigo pergaminense que había ido a Italia y allí, en una pizzería, había comido algo riquísimo, como una empanada pero de pizza. Era el calzone, se hace con la misma masa de la pizza, se estira un poco más para que quede fina, se le coloca el relleno y luego de doblarla se le hace el repulgo, queda como una empanada gigante. Entonces le preparé el calzone a este amigo y quedó asombrado y satisfecho porque se lo había preparado igual. Al calzone no lo tenía en la carta. Entonces un día este amigo manda unos amigos de él, extranjeros, a comer a la pizzería. Al llegar, van hasta la caja y le preguntan a la chica paraguaya: ¿Usted tiene calzón? La chica se puso colorada, dio media vuelta, se fue hasta el patio, se sentó y se puso a llorar desesperadamente. Entonces le pregunté qué pasaba y me dijo que había un señor atrevido que le había preguntado si tenía calzones. Luego de explicarle el malentendido, la chica se repuso y el episodio quedó como una anécdota graciosa. Hoy aquella chica se recibió de abogada penal y vive en Buenos Aires”.

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