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Rosario, un pueblo en busca de la seguridad perdida

Rosario se ha transformado en la ciudad de Argentina con más homicidios. Y ese triste saldo lejos de menguar, se incrementa a diario por la acción de la narcocriminalidad que parece instalada en un territorio que hasta no hace demasiado tiempo era observado como un modelo a seguir por su...

18 de febrero de 2023 a las 12:00 a. m.
Rosario, un pueblo en busca de la seguridad perdida

Rosario se ha transformado en la ciudad de Argentina con más homicidios. Y ese triste saldo lejos de menguar, se incrementa a diario por la acción de la narcocriminalidad que parece instalada en un territorio que hasta no hace demasiado tiempo era observado como un modelo a seguir por su potencialidad productiva y de crecimiento.

Las cifras oficiales dan cuenta que en 2022 hubo 287 homicidios y refieren que el 70 por ciento de ellos se produjo por disputas territoriales de organizaciones que se dedican a vender drogas y por la industria del sicariato. Escalofriante.

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Lamentablemente la complejidad del delito excede lo que puede hacer el poder local. Se trata de delitos federales que requieren de políticas públicas nacionales y de acuerdos que, a la luz de lo que ocurre aquí nomás cerca de casa, resultan difíciles de consensuarse.

Por cercanía geográfica y por la importante vinculación que Pergamino y Rosario tienen en términos educativos, laborales o de vida, lo que sucede allí no puede resultar ajeno. Quizás llegó el momento de mirar de cerca ese flagelo para evitar que sus consecuencias impacten sobre convecinos que viven en la vecina localidad o que las esquirlas de esa tragedia alcancen también esta geografía. No es el espíritu de este comentario generar temor, mucho menos juzgar cuánto involucramiento hay con lo que sucede en aquella ciudad que no es tan lejana. Más bien es poner la mirada en aquello que viven quienes recorren a diario esas calles y quedan presos de una dinámica de crimen organizado similar que se expresa con modalidades similares a las de cualquier serie de ficción. Hay algo de la proximidad que se juega con solo pensar que muchos de nuestros vecinos viven en un lugar sitiado, a merced de los narcos.

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Esta semana, la marcha de las luces que fue convocada para interpelar a quienes tienen responsabilidades en el control de este flagelo, fue un pedido de auxilio de una sociedad desesperada que intenta movilizar a sus líderes exigiéndoles intervenciones más efectivas. Resulta intolerable a los ojos de la sociedad que la dirigencia política aborde este tema como si se tratara de cualquier otro, desconociendo o resultando funcional a lo que encarna.

Quienes habitan en Rosario aseguran que la ciudad se ha vuelto invivible y aportan no pocos argumentos en esa descripción. El narcotráfico les ha quitado la seguridad y les ha arrebatado la tranquilidad de poder transitar por cualquier calle sin temor a ser asaltado por una balacera. La venta de drogas no solo está a la vuelta de cualquier esquina, sino que ha instalado en las dinámicas de la vida cotidiana los códigos de una mafia que no reconoce víctimas ni victimarios y arremete con todo solo para demostrarle a los dirigentes de turno donde reside el verdadero poder.

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Aunque muchos de los líderes de estas organizaciones están tras las rejas y el sistema judicial se jacta de esa batalla ganada, la realidad muestra que la cárcel no los amedrenta. Por el contrario, han establecido mecanismos para tener a una sociedad bajo su control.

Quienes conocen en profundidad lo que ocurre en Rosario entienden que hay varios problemas sin resolver: la violencia asociada al mercado ilegal de drogas, el consumo minorista dentro de la ciudad y la existencia de una economía informal en la que se facilita el lavado de dinero. Un combo explosivo que aparece como caldo de cultivo para propiciar que se generen a plena luz del día y en cualquier lugar de la ciudad crímenes horrendos.

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Triste y lamentable, porque Rosario, hasta no hace mucho, era considerada un motor del desarrollo regional por el alcance de sus políticas públicas. Aunque hay quienes aseveran que el fenómeno no es nuevo, pareciera que como contracara de ese crecimiento la criminalidad se hubiera instalado y estuviera ganando la batalla.

En este escenario, cabe preguntarse cuál ha sido la responsabilidad del poder en todas sus esferas en este entramado de violencia. Como respuesta, lo que devuelve la política es su incapacidad de afrontar el problema en toda su dimensión asumiendo que la solución no llegará de la noche a la mañana. 

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En el imaginario social se instala la idea de que hay complicidad, o falta coraje. Y lo que subyace a esa sensación es una realidad tristísima: hay una comunidad coptada por una inseguridad cuya génesis es difícil de resolver.

Nadie se interpela. Las principales autoridades con competencia en temas de seguridad se tiran acusaciones a través de los medios de comunicación y se reprochan la incompetencia.

En medio del recrudecimiento de la violencia vinculada al narcotráfico en Rosario, que impuso al gobernador de Santa Fe desplazar a su ministro de Seguridad y volver a reclamar la ayuda urgente del Gobierno Nacional, lo que el poder político expone es inoperancia o complacencia. La discusión sobre la cantidad de fuerzas federales que intervienen en Rosario, las declaraciones altisonantes del ministro de Seguridad de la Nación o las apreciaciones de la propia vocera presidencial en torno a este tema, no hacen más que resultar funcionales al agravamiento de una situación que no encuentra tope. 

La realidad que muestra Rosario expone con crudeza el fracaso de la política, porque la narcocriminalidad no es solo una cuestión delictiva. Más bien es un flagelo que habla también de otros problemas no resueltos que son los que en una sociedad generan el germen para que el narcotráfico irrumpa.

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Escuchar que dirigentes de alto rango hablen de campañas de prensa o de marketing y se atribuyan medidas que en lo real no arrojan resultados efectivos, avergüenza y deja al pueblo rosarino huérfano, luchando solo contra un enemigo que los ha sumido en la oscuridad. La problemática es lo suficientemente compleja como para caer en simplificaciones discursivas. Se requiere de un hacer valiente y de mucha pericia, porque sus consecuencias son demasiado dolorosas y no dejan lugar para discusiones sin sentido ni para el rédito político. Lo que está en juego es la vida en todas sus dimensiones. Jugando al juego mezquino de la política, difícilmente pueda resolverse. Y mientras perdure esta realidad, esa misma dirigencia que pierde todos los días la batalla frente a la narcocriminalidad se queda sin elementos para abrazar a un pueblo que pide a gritos que la buena política les devuelva la tranquilidad perdida.

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