Recuperar el valor social de la educación
En su edición de fin de semana, un diario de circulación nacional relató la historia de vida de una abuela de 63 años que terminó sus estudios con honores y fue abanderada. La foto de esta mujer que de niña había tenido que abandonar la escuela para asumir tempranamente otras obligaciones muestra el rostro de superación de alguien feliz. Por si sola, la noticia no cuenta más que una historia de vida como tantas. Sin embargo, subyace en ella algo de un enorme valor para la sociedad: el carácter contracultural que tiene hoy la educación. Y el poder transformador como herramienta de superación no solo personal sino colectiva. Lo que cuenta esa crónica escrita en tono intimista habla de las dificultades, pero también del deseo de estudiar. Algo que las actuales generaciones parecen haber perdido.
En un país donde una importante cantidad de chicos ni estudian ni trabajan, hay adultos que encuentran en la escuela ese espacio donde aprender y saldar asignaturas pendientes. Si bien no se puede generalizar porque hay muchos jóvenes que sí apuestan con compromiso a la educación y se encolumnan detrás de su vocación, parece existir una cuestión generacional que atenta contra la idea de que es a través del esfuerzo de estudiar que se progresa. La cultura del éxito inmediato le otorga al tiempo que demanda la escuela una impronta contracultural fuerte. No tan a menudo se escuchan historias de superación que tengan a los chicos y a su relación con la escuela como protagonistas. Y cuando ocurren esas historias ganan espacio en la agenda pública y se viralizan porque parecen torcer lo que pareciera un destino asociado a que ya no son las aulas el lugar donde se crece. Algo sucedió que el país abandonó la certeza de que es en ellas donde se forjan los buenos destinos.
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Seguramente existe un cambio de tipo aspiracional en las nuevas generaciones, pero al mismo tiempo un deterioro institucional que conspira contra la permanencia. ¿Frente a los desafíos que impone el mundo de hoy, la escuela quedó obsoleta? Lo cierto es que para los adultos que eligen volver a estudiar, pareciera que no. Por el contrario, asumen con esa decisión una tarea que demanda un esfuerzo superlativo. Ahora bien ¿con la misma pasión y convencimiento los jóvenes le reconocen a la educación el mismo valor?
Antes la aspiración de muchos pasaba por formarse. Hoy cada vez más se apela al éxito y a la recompensa obtenida sin mayores sacrificios, como por arte de magia. Se apela a actividades en apariencia más redituables y se descuida el bien más preciado que tiene una sociedad: el nivel de su educación.
Estudiar es algo que a cualquier edad requiere entrega, tiempo y compromiso. No es algo que ofrezca frutos de modo inmediato. Por eso la educación en el mundo de hoy se ha vuelto contracultural y convive con tantas amenazas. Va contra lo establecido, para mostrar otro horizonte posible, ese que convoca a todos aquellos que estén dispuestos a hacer el esfuerzo para alcanzar objetivos y asumir retos. La historia de la abuela que a los 63 años egresó de la escuela siendo abanderada viene a dar un testimonio, el mismo que brindan aquellos que obtienen su título en una universidad pública o los que continúan con su formación una vez que se gradúan. Son testimonios que hablan del valor de la educación como bien social que hay que preservar para construir otro destino.
Quizás esté en la misma escuela la tarea de repensarse a sí misma, para volver a ser ese espacio que convoca. Quizás esté en la propia sociedad la revisión de sus prioridades. Y seguramente en quienes tienen responsabilidades públicas de delinear políticas de aliento que consideren a la educación como ese bien preciado al que hay que regresar para forjar una realidad distinta a lo tristemente conocido.
Ver a un adulto mayor egresando de una institución escolar es una batalla ganada. Ver a familias comprometidas con el proceso educativo de sus hijos es una esperanza. Hacer que no sean solo aquellos que tienen asignaturas pendientes los que asuman el camino de regresar a la escuela sino que para el conjunto social sea una aspiración y una verdadera posibilidad es el gran desafío de un país que, con muchos chicos fuera de la escuela y con tantos otros que aunque incluidos en el sistema muestran un verdadero desinterés, se distrae detrás de otras urgencias. Sin atender que es en la educación que está la llave para transformar la realidad.










