Que alguien se atreva a matar al monstruo
En los hogares de sobremesa, en los bares, en las oficinas, en las fábricas, en las esquinas. No hubo en la mañana y tarde del jueves lugar público o privado donde no se hablara del superclásico por venir. Iba a ser una noche apasionante, un partido de esos que atrapan a propios y extraños. La Copa Libertadores. Boca o River. Que juntos son una pasión de multitudes.
Ayer se repitió la escena: todos hablando del partido pero no en términos deportivos; no se habló de goles ni de ganadores o perdedores. La crónica periodística y la calle hablaron del papelón, de la violencia inusitada, de la vergüenza de todos, los que fueron a la Bombonera y los que vieron los hechos desde su casa, los de Boca y los de River.
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Lo que sucedió en la noche del jueves fue botón de muestra de cómo funcionamos como sociedad en general y el mundo del fútbol en particular.
El presidente de Boca, Daniel Angelici, dijo ante la prensa que todas las medidas de seguridad y control exigidas por la ley fueron cumplidas en exceso y dado que algún desmán ser preveía, de seguro ha sido así. Pero lo sucedido en nada tiene con que se refuerce la seguridad, se juegue sin hinchada visitante o se haga un cacheo en el ingreso. Tiene que ver con que se ha creado y dejado crecer un monstruo.
Dirigentes deportivos y políticos han hecho del fanatismo un negocio paralelo al fútbol que, como toda actividad clandestina, se mueve con códigos carentes de moral y legalidad. En otras palabras, códigos mafiosos.
El mal está hecho, está entre nosotros, y no depende de más o menos efectivos en la cancha ni que se deje afuera de los estadios a la parcialidad visitante para que se hagan ver sus efectos. Depende de que aquellos que dieron vida al monstruo se la quiten. Pero ese trabajo les reportaría más costos que beneficios. ¿Cómo de-socupar a esta mano de obra? ¿En un año electoral, alguien cree que los barrabravas van a ser expulsados de los estadios? Si hasta las relaciones ya no se ocultan: Moyano con Independiente, Fernández con Quilmes, Macri con Boca, por citar los casos más conocidos.
Lamentablemente la maquinaria que mueven estos indeseables es muy importante y terminan siendo mano de obra útil, tanto para los clubes como para los partidos políticos. Todos sabemos que, a costa del resto de los argentinos que quieren ver un partido con sus hijos, mantienen a estos violentos para el momento que los puedan usar. Mientras tanto pagan los daños colaterales como los de la Copa Libertadores. El problema es que esos daños son cada vez más graves, no sólo hablando de lo físico sino también de lo institucional. En este caso directamente el accionar ha resultado perjudicial para Boca Juniors en términos deportivos.
Lo sucedido lo vio toda la Argentina y el mundo entero porque estas situaciones se viralizan rápidamente pero lo vamos a recordar en pocas líneas: el encuentro fue suspendido tras el entretiempo por la agresión que sufrieron los jugadores de River, a quienes en la manga de ingreso, desde la tribuna, les tiraron un producto químico (conocido como gas pimienta) que les provocó irritación en los ojos y, según allegados al plantel millonario, quemaduras de primer grado.
El partido iba 0-0. Poco había pasado en la primera parte. No se advirtió nada de violencia. Hasta que el inflable que da al vestuario visitante empezó a sacudirse. Algunos salieron corriendo. Nadie entendía bien qué pasaba hasta que el uruguayo Carlos Sánchez, desencajado, dio la primera versión: ¡Nos tiraron un gas! ¡Nos tiraron algo!. Recién ahí empezó a entenderse una situación incomprensible, penosa.
Ahí comenzó a tejerse el innecesariamente lento desenlace. Los jugadores estaban realmente heridos. En la tribuna de Boca todos cantaban sin darse cuenta de que el tema era serio. Al árbitro, un debutante en estas lides llamado Darío Herrera, se lo pretendió hacer cargo de una difícil decisión, que no se animaba a tomar en soledad. Tampoco tomaba el toro por las astas el veedor de la Conmebol, el boliviano Roger Vello.
Nadie parecía querer tomar decisiones, todos esperaban que otros lo hicieran. Una vez resuelta la suspensión, sobrevino la muestra palmaria de la metáfora del monstruo: los jugadores de River permanecieron dos horas en la cancha por el temor a sufrir ataques de los hinchas que permanecían en las gradas. El túnel que los protegería para ingresar al vestuario visitante ya no existía y toda la indecisión pasó en ese momento a especular por dónde sacar sano y salvo al equipo. Es decir, toda una infraestructura de seguridad paralizada por el miedo ante quienes algunos, como nuestra presidenta, todavía insisten en llamar hinchas apasionados.
Mientras se dilataban las decisiones, llegó lo máximo de la vergüenza: sobrevoló un drone con una sábana que tenía la letra B, simbolizando al folklórico fantasma de la B en alusión a la temporada que River descendió de categoría. En otra circunstancia, hubiese sido gracioso pero dado lo ocurrido sólo cabe preguntarse: un hincha puede eludir un pequeño tubo de gas en un cacheo pero ¿entrar un drone a la cancha? Sólo con anuencia de alguien, sin dudas. Ese alguien el jueves permitió un drone, otros dejaron pasar bengalas (aunque Berni lo niegue). ¿Otro alguien puede garantizar a un padre que va con sus hijos que no ingrese gente armada a los estadios?
Los ciudadanos simpatizantes dejaron la cancha ni bien se dio por suspendido el partido pero, como dijimos, la mano de obra, el monstruo, se quedó. Los jugadores quedaron todos atrapados en la cancha y cuando los de River quisieron irse, como a las dos horas, sucedió lo que tanto temían: desde la platea de Boca les tiraron con todo lo que tenían en la mano, que no era poco.
¿Y la Policía y el cacheo al ingreso?
Preguntas ociosas, todo parecía una gran zona liberada. No para todos, porque más de un lector quizás haya ido alguna vez a ver al club de sus amores y habrá tenido que pasar por exhaustivos controles pero como siempre sucede en este país, en todos los ámbitos (por eso decimos que lo del fútbol es muestra de nuestra sociedad) hay tongo para que otros los puedan eludiro.
El mea culpa de Angelici y Berni (por citar a los máximos responsables del evento) no tiene que ser por lo sucedido particularmente el jueves sino por no haber creado y alimentado un monstruo y no tener el coraje de ponerle coto.
Veremos cómo se repara esta situación a futuro, si los dirigentes de clubes y los políticos terminan de entender que el costo de mantener a los indeseables es muy alto. Sólo así (no con más efectivos o derecho de admisión) veremos desaparecer, paulatinamente, a los barrabravas. En muchos países se pudo combatir este flagelo. Una vez más el timbre sonó en la puerta de la dirigencia política y deportiva de Argentina. ¿Será el momento en que se tome al toro por las astas o seguiremos asistiendo a la posibilidad de barbarie cada vez que una pelota se eche a rodar?
Para terminar este artículo, siguiendo con nuestra metáfora, transcribimos el estribillo de una canción del cantautor y sociólogo español Nach:
Hemos creado un monstruo y vemos el miedo en sus rostros, la histeria de aquellos que no son como nosotros, saben que con historias se pueden crear imperios, la euforia en las calles la fobia en los ministerios.
Por el bien del deporte y de todos, que alguien se atreva a matar al monstruo.
















