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Pruebas Aprender, negar el diagnóstico anula la posibilidad de transformar la realidad

Días atrás el anuncio del ministro de Educación de la Nación, Nicolás Trotta de suspender la realización de las Pruebas Aprender 2021 generó polémica y aunque aclaraciones posteriores del funcionario intentaron calmar las aguas, sus apreciaciones no alcanzaron para revertir lo que ya se había instalado en la opinión pública:...

25 de junio de 2021 a las 12:00 a. m.
Pruebas Aprender, negar el diagnóstico anula la posibilidad de transformar la realidad

Días atrás el anuncio del ministro de Educación de la Nación, Nicolás Trotta de suspender la realización de las Pruebas Aprender 2021 generó polémica y aunque aclaraciones posteriores del funcionario intentaron calmar las aguas, sus apreciaciones no alcanzaron para revertir lo que ya se había instalado en la opinión pública: en tiempos en los que la educación está llamada a discutirse de raíz, los datos que emergen de la evaluación resultan prescindibles. 

No hay muchas más lecturas posibles en el contexto de una realidad frente a la cual resulta imprescindible contar con indicadores ciertos para mensurar de manera muy responsable y prudente el efecto devastador de la pandemia sobre el sistema educativo y la calidad de los aprendizajes que ofrece. Hay quienes fundamentan la medida en cuestiones de operatividad; mientras que otros se lo atribuyen a cierta especulación política. Más allá de cualquier valoración, lo cierto es que la reprogramación de las Pruebas Aprender o su suspensión- como quiera informarse la noticia- pareciera que anula la posibilidad de contar de manera urgente con datos ciertos para formular un diagnóstico preciso y útil que habilite el diseño de las estrategias adecuadas. Frente a ello lo que se instala es una vez más la idea de lo reticente que se suele ser al resultado que advierte sobre los problemas. Pareciera que existe una resistencia a ver la realidad en toda su dimensión y se pierde de vista que eso obtura la posibilidad de imprimir cambios que no sean solo paliativos.

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De la mano de la iniciativa que alienta el establecimiento de un ciclo pedagógico de tres años en el que no haya ni evaluaciones ni repitencias, la decisión de suspender las Pruebas Aprender parecieran dejar la educación a ciegas. ¿Sobre qué indicadores será posible planificar?

Lo que se sabe hasta el momento es que el 72% de los alumnos termina la secundaria sin saber lo suficiente en matemática. También que casi un 40% de los chicos tiene dificultades en lengua. Lo que sucede es que estos son datos que arrojaron las pruebas Aprender pre pandemia y lo preocupante es que nada hace suponer que estos indicadores siguen siendo iguales, ni mucho menos mejores. Por el contrario, los principales especialistas en educación del país coinciden en marcar que la ausencia de presencialidad educativa en 2020 y la intermitencia de esta modalidad este año han profundizado brechas y agravado problemas estructurales de la escuela. Saber la dimensión que tiene esta realidad es una cuestión urgente. Y postergar la aplicación de los instrumentos con los que se cuenta para hacer ese diagnóstico resulta por lo menos incomprensible.

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¿Cómo será posible saber cuántos y qué contenidos son los que quedaron pendientes si no se realizan las evaluaciones censales que aportan esta información? ¿Otras formas de evaluación del sistema pueden brindar ese diagnóstico?

¿Sobre qué base se discutirá la política educativa de la post-pandemia?

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Si bien haber analizado la respuesta del sistema educativo en la emergencia por Covid durante 2020 aportó algunos elementos valiosos, lo que falta es la rigurosidad del dato que muestre que se aprendió, qué objetivos no pudieron alcanzarse y qué dimensión va tomando la crisis para delinear acciones en consonancia.

Había un compromiso asumido por las autoridades nacionales de ir al hueso en la búsqueda de resultados en esta edición de las pruebas. El propio ministro de Educación de la Nación lo había señalado y con su anuncio de los últimos días lo que sobrevuela es la idea de que esa convicción cambió a la luz de resultados que quizás no resultarían convenientes al juego de la política.

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A pesar de que desde la órbita oficial se intentó argumentar que se está llevando adelante un Plan Nacional de Evaluación 2021-2022 que incluye una variedad de enfoques, estrategias, componentes e instrumentos para abordar distintos aspectos de la educación escolar, nada parece reemplazar un instrumento que había conseguido internalizarse como parámetro para pensar las intervenciones futuras.

En el contexto actual, como nunca los datos cobran una relevancia sustantiva porque lo que aportan precisamente es información tomada de la práctica educativa real. Si se suprime la evidencia, no hay transformación educativa posible. Tampoco certezas de que las medidas que se tomen resulten las más apropiadas para resolver un problema que todo el mundo sabe que existe. En pandemia, los chicos han aprendido menos, lo han hecho de manera desigual y en condiciones que deben repensarse porque lo que está en juego es el futuro.

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No evaluar rompe con la rutina escolar, ya que la evaluación es parte misma del proceso educativo y en muchos casos es un estímulo. Suspender las pruebas y dejar de lado los instrumentos que representan la columna vertebral del sistema es por lo menos riesgoso en un momento de la historia en el cual la educación está obligada a convertirse en una verdadera epopeya. Para ello hacen falta diagnósticos, resultados, compromiso de asumir la realidad sin velos, sabiendo que de esa decisión dependerá la posibilidad de cambiar lo que alguna vez Guillermo Jaim Etcheverry llamó "el país de los huérfanos", es decir chicos que no saben responder cosas elementales cuyos padres no terminan de reconocerlos en esa falencia y cuyos maestros carecen de elementos para modificar esa realidad. Y de la mano de ello comenzar a construir ese país que recupere la centralidad de la educación, entendida como aquella tarea que sobre bases sólidas ayuda a mostrar lo que las personas son capaces de hacer con sus propias habilidades. Algo que supone de rigurosidad, exigencia, interés que genera la expectativa de superación, que no es ni de derecha ni de izquierda. Es un derecho humano.

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