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Proselitismo vestido de celeste y blanco

27 de mayo de 2015 a las 12:00 a. m.

Ayer, desde este mismo espacio, hacíamos una apreciación del acto por la jornada patria y comentábamos que las palabras de Cristina Kirchner ameritaban ser analizadas de manera particular, tarea a la que nos abocamos en las siguientes líneas.

Fue el último 25 de mayo de Cristina Kirchner presidenta y de los 12 años de kirchnerismo que tocan fin en octubre.

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Los actos previstos reunieron una verdadera multitud en la Plaza de Mayo, tanto que se puede decir que fue una de las más grandes movilizaciones del oficialismo en estos años de poder.

Y si bien había aire de despedida personal, en el análisis del discurso de la mandataria había más de un llamado a la continuidad del proyecto a través de sus postulantes que un adiós.

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El palco era grande, como para contener a los gobernadores, ministros, intendentes y su familia, sus hijos y su nieto.

Lamentablemente para el sentir general, no hubo alusión a la fecha patria, aspecto que la oposición –y gran parte de la sociedad- criticó duramente.

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En cambio, la referencia a la fecha fue hecha en relación a 2003, cuando en una jornada similar, daba inicio la gestión de Néstor Kirchner. Ni bien hecho el saludo de rigor, el discurso pasó a girar en torno al aniversario de la asunción de su marido, una fecha que mencionó como “fundacional de la república”, con cierto aire a reescribir la historia argentina.

Se emocionó con sus propias palabras y recordando a Néstor Kirchner e inmediatamente marcó la cancha política, mostrándose abiertamente como la principal electora para cuando en agosto comience a delinearse el futuro gobierno. Su intención es mantener la centralidad política por lo menos hasta el fin del mandato. 

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Dentro del discurso gestual, pudo verse a Daniel Scioli en primer plano y más atrás Florencio Randazzo. También adelante estaba Aníbal Fernández. De esta manera, sin palabras, quedó todo dicho.

Cuando habló de los logros kirchneristas, fue la prensa, más que la oposición, el principal blanco de sus cuestionamientos, reavivando una lucha que parece no terminar nunca con los medios. La acusación fue la de siempre: falsear la realidad. A propósito, tuvo un párrafo muy duro en este sentido cuando dijo: “Pueden difamar a mi hija, maltratar a mi hijo y decir de mí cualquier cosa. Pero quédense tranquilos que mientras sea presidenta voy a seguir defendiendo los intereses de mi país”, apuntó, en un tono elevado que fue moderando cuando llegaba al final. 

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La oposición pasó a ser un convidado de piedra en el escenario político nacional, al menos a los ojos del oficialismo. En parte se ha ganado ese rol por su incapacidad de construir consenso para ser una contrafuerza eficaz y una alternativa de poder en los últimos procesos electorales. Ante un adversario débil, que se cae solo, el kirchnerismo encontró en los medios a su antagonista, al punto de considerar –según la presidenta- que su accionar puede tener injerencia en los intereses nacionales.

Los gremios también tuvieron lo suyo cuando los llamó a mantener los actuales reclamos hacia el próximo gobierno y se mostró molesta por el trabado proceso de las últimas negociaciones paritarias. Y amenazó diciendo que si no luchaban por los trabajadores como hacen ahora, ella misma les va a pedir a los sindicatos que cambien de dirigentes. Es decir, le molesta que no se respeten sus condicionamientos a la hora de negociar pero no por ello puede ir de lleno contra las bases, que son fundacionales y fundamentales en el peronismo. Por eso el ataque a la dirigencia, si bien el reclamo salarial es de los trabajadores.

Mientras tanto los sectores ultrakirchneristas que coparon las cercanías del palco cantaban a voz de cuello consignas para que Cristina fuese reelecta y también en referencia al difunto Néstor.

Y fue en ese momento, tras varios cortes para escuchar los cánticos en que se adentró más en la cuestión política, diciendo que no era la cuestión irse o quedarse, que el kirchnerismo es un proyecto colectivo y que no tiene que depender de una sola persona. Era el pueblo que tenía que exigir que este modelo siga adelante, sin resignar ninguna conquista lograda. Dijo que era la gente la verdadera dueña de su destino y que como titulares de los derechos ellos iban a decidir qué iba a pasar. En clara alusión al voto de octubre, en un indisimulado pedido del sufragio para el Frente para la Victoria.

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Al final, su única autocrítica: se reconoció soberbia y poco humilde, “son defectos que tengo”, admitió. Difícilmente en 12 años de gestión no haya algo que lamentar, algo por lo que pedir disculpas o un error por reconocer. Claro que tal vez no era el ámbito para hablar de ello, pero tampoco lo era para vanagloriarse. Era el momento de la remembranza y el honor a los padres de la Patria; para lo otro, están los demás 364 días del año y la cadena nacional si es que no fueran suficientes los medios independientes (suponiendo que los del grupo Clarín no hacen la debida difusión) y los muchos nacidos y sostenidos desde el bolsillo del Estado o de empresarios amigos. 

 

Lamentablemente, las palabras alusivas al 25 de Mayo de 1810 fueron un discurso político y claramente electoral. Fue un acto proselitista enmascarado de fervor patriótico. Causó desagrado en general, por fuera de la militancia, que se haya aprovechado un acto patrio, sobre el que no hizo mención alguna, dejando que la fecha quede sólo en los afiches de propaganda de la jornada.

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