Posiciones radicalizadas que dan la espalda al futuro
El Gobierno Nacional acordó en China emplazar en Río Negro la quinta central de energía nuclear de Argentina. Su construcción será en 2020, anunció el gobernador rionegrino Alberto Weretilneck en su cuenta oficial de Twitter, el 15 de mayo de este año desde el mismo país asiático.
Por la misma vía, el mandatario se congratulaba con esta inversión que implicaría la contratación de unas 4.000 personas, entre las cuales habría solo unos 800 operarios de otros países del mundo; el resto serían argentinos. Cómo no estar feliz con esta posibilidad de generar tanto empleo para sus gobernados como nuevas radicaciones en la zona.
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Toda aquella algarabía sucumbió ante los conflictos provinciales e interprovinciales. Porque mientras la presión interna crecía incluso entre dirigentes del oficialismo como la senadora nacional Magdalena Odarda, el mandatario de Chubut, Mario Das Neves, decía a quién quisiera escuchar que no permitirá la obra en el distrito vecino bajo ningún punto de vista.
Lo que anteponen todos los actores son los problemas ambientales que se podrían generar, el mismo motivo, planteado en las represas santacruceñas cuya construcción se encuentra detenida. Incluso a mitad de año Das Neves hizo un congreso ambientalista en su provincia, donde obviamente se generó un clima totalmente hostil a la instalación de la central nuclear en territorios vecinos. Ocurre que la locación que cuenta con mayores probabilidades para que en 2020 comience la obra es Sierra Grande, al sur provincial, a escasos 130 kilómetros de la chubutense Puerto Madryn y en una zona donde ambas provincias comparten las aguas del Golfo de San Matías.
Quienes defienden la inversión afirman que la planta será segura porque hay rigurosas normativas internacionales que se deben aplicar en su construcción y funcionamiento, al tiempo que dicen que la opción nuclear es la más limpia y la menos contaminante.
La nuclear es la energía que se está imponiendo en el mundo; ya hay 430 plantas de estas características. Estados Unidos tiene 100, Francia 50, con la que producen el 80 por ciento de su electricidad. Hay en el mundo además 61 reactores en construcción en China, Rusia, Finlandia, el Reino Unido y Brasil. Y crecerá un 14 por ciento en los próximos años.
No se trata tampoco de un problema donde se pueda colar fácilmente la grieta, porque la central nuclear data de un acuerdo firmado en 2014 por el Gobierno de Cristina de Kirchner con la República Popular de China, acuerdo que fue refrendado por el Congreso, de modo que el problema es más con los ambientalistas que con los sectores políticos sean K o macristas.
Estamos hablando de una inversión de 8.000 millones de dólares, y se pensó en Río Negro por ser pionero en el desarrollo de energía atómica y en la formación de físicos nucleares. El desarrollo de la energía nuclear en el país surgió en Río Negro en la década del 40 con el gobierno de Perón, motivo por el cual entiende que hay condiciones objetivas para la instalación en la provincia.
Se trata de inversión, desarrollo y trabajo, esta es la realidad. Que el rubro sea la energía nuclear, conlleva una carga negativa porque se la relaciona con armas y bombas, pero no es el caso. De hecho la energía nuclear tiene amplia incidencia en la medicina, en el abastecimiento energético, es decir en salud, calidad de vida y progreso. O más que progreso, provisión de un insumo indispensable del presente. Los efectos ambientales que muchos esgrimen no parecieran ser un problema real en aquellos puntos donde funcionan centrales desde hace más de 40 años, por lo que es más una lucha retórica y radicalizada que con fundamentos. Y la verdad es que, a la luz de lo que sí sucede en Argentina, cualquier otro tipo de industria está generando en estos días más problemas ambientales que las plantas nucleares. Fábricas de alimentos, curtiembres, de plásticos, no cuentan con las fiscalizaciones y requisitos de calidad que sí están presentes en las centrales nucleares, lo que redunda en una contaminación cierta y diaria, desde hace décadas, de aire, tierra y cursos de agua. Definitivamente será más seguro una central nuclear construida sobre la base de normas internacionales que la enorme y flagrante falta de controles que tenemos en nuestras industrias que contaminan todo, sin que hagamos nada al respecto. Ni siquiera podemos poner freno al modo en que se fumigan los campos, siguiendo los protocolos mundiales al respecto porque cuando el sistema anticontaminación es caro para las empresas, los funcionarios terminan mirando para otro lado, evitando conflictos. Y la gente calla para no perder su fuente de trabajo.
Un poco de investigación y análisis desprovisto de intereses particulares inclinarían la balanza para que la sociedad vea con beneplácito la instalación de una nueva central nuclear. Que a nadie le guste que esté semejante estructura al lado de su casa, puede ser. Como sucede con cementerios, comisarías, caniles pero son espacios que toda sociedad necesita.
Más allá de la pelea entre quienes están a favor y en contra en la provincia de Río Negro, lo que queda claro es que la billonaria inversión involucrada fomentará el desarrollo. Y además la Argentina necesita de las fuentes renovables (que son fuentes limpias, pero interrumpibles) y de otras fuentes, como la nuclear (que es fuente limpia y no interrumpible). Las diversas fuentes de generación no compiten entre sí. Se complementan, de manera de aprovechar lo mejor de cada una de ellas en una matriz confiable y diversificada.
Puede comprobarse los efectos de las centrales nucleares viendo lo que ocurre en el lago de Embalse (Córdoba) o en el río Paraná (Buenos Aires) donde ya hay centrales nucleares en operación y jamás hemos tenido denuncias respecto de incidentes o enfermedades que eventualmente pudiesen haber surgido por la presencia de estas plantas, las que además y esto no es menor- no emiten gases contaminantes como otras industrias que tenemos radicadas en la Argentina desde siempre. Sí en cambio se dan este tipo de denuncias en torno a otro tipo de industrias. Y ni hablar por la contaminación transitiva que estas generan, por ejemplo cuando tiran desechos a cursos de agua.
Son grandes beneficios que trae a la región donde se instala. La central nuclear que se consideraba instalar en Río Negro será financiada por un crédito externo que comenzará a pagarse ocho años después de iniciada la construcción. No la pagará el contribuyente sino la empresa operadora, con lo que facture por la venta de energía. Y el impacto más importante se mide en el desarrollo que una inversión de este tipo trae. Una central nuclear emplea en el pico de su construcción unas 4.000 personas, y luego -de manera permanente- generará empleo directo a 800, muy bien capacitadas y remuneradas. Si sumamos los servicios indirectos, más de 1.500 familias podrán desarrollarse en la zona a partir de los empleos genuinos incorporados por esta actividad. Y con el tiempo, se creará también un círculo virtuoso para que otras actividades se instalen en la zona.
La radicalización de la protesta ambientalista y su incidencia social parecen haber torcido tanto la decisión el gobernador rionegrino Alberto Weretilneck en estos tiempos electorales como el destino de la provincia y de todo el país. El gobernador de Río Negro terminó desdiciéndose de todos los beneficios antes expresados y ahora el Gobierno debe salir a buscar un nuevo territorio donde instalar la planta nuclear, con el agravante que tras las protestas en la provincia, es probable que cuando encuentren otro espacio se produzca el efecto contagio lleve a que haya también conflicto y manifestaciones en contra.
En estos asuntos escuchamos a todas las voces, desde los ambientalistas hasta quienes quieren que el paisaje se mantenga incólume, pero el desarrollo que también tiene sus voces, en función de pensar un futuro con desarrollo, inversión, empleo y energías alternativas como es este caso. Darle la espalda al futuro y a las necesidades del presente no parece ser la salida.














