Política paranormal: todo puede suceder
Como ocurrió en las Paso, esta vez las predicciones tampoco se cumplieron y las elecciones se apartaron bastante de la normalidad. Al menos en la primera vuelta no funcionó en Argentina el voto de castigo a los oficialismos, tan presente en prácticamente toda América Latina. Tras el repetido fallo de...

Como ocurrió en las Paso, esta vez las predicciones tampoco se cumplieron y las elecciones se apartaron bastante de la normalidad. Al menos en la primera vuelta no funcionó en Argentina el voto de castigo a los oficialismos, tan presente en prácticamente toda América Latina.
Tras el repetido fallo de la mayoría de las encuestas y los pronósticos, volvió a estallar la sorpresa en las elecciones argentinas. Sin saber exactamente a qué atribuir la victoria de unos o la derrota de otros, lo cierto es que en esta ocasión ni "fue la economía, estúpido" (¿o sí?), ni la corrupción ni tan siquiera la inseguridad ciudadana. Para muchos votar fue un renovado acto de fe.
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Sergio Massa ganó la primera vuelta porque esta vez el andamiaje territorial peronista (gobernadores e intendentes) funcionó a la perfección y cada cual cumplió con gran eficacia con su obligación. También, porque el candidato peronista supo resaltar las amenazas que la candidatura de Javier Milei suponía para lo público (enseñanza, salud, transporte, ciencia y tecnología, entre otros temas) y para algunas libertades recientemente conquistadas, como el matrimonio igualitario y el aborto.
Fue precisamente en torno a esas cuestiones donde la tercera en discordia, Patricia Bullrich, no supo identificar a su enemigo y erró frontalmente en su estrategia. Se olvidó de Milei, con quien inicialmente no quiso confrontar, y de recordar a la gente-sus potenciales votantes- todo lo que podían perder si ganaba el candidato ultraliberal. Y dejó ese trabajo en manos de Massa, quien sí supo sacarle un excelente partido. Desde ese punto de vista, su lectura de la coyuntura política fue mucho más comprensiva y también la que más réditos proporcionó.a
Tampoco se debe olvidar que la candidatura de Bullrich venía muy golpeada desde su propia concepción. Se equivocó seriamente el expresidente Mauricio Macri cuando favoreció el enfrentamiento con Horacio Rodríguez Larreta, que desembocó en un feroz combate interno que acabó con "Juntos" maltratados y desunidos.
Con independencia de quien resulte ganador, se avecinan tiempos complicados para Argentina. Para comenzar, la incertidumbre del próximo mes agudizará las tensiones de una economía tironeada desde todos sus extremos. Cuantos menos brotes inflacionarios o menos sorpresas con el dólar, mejor para uno o peor para el otro. La sorpresa ya saltó en las dos ocasiones previas de este proceso y nada ni nadie (menos las encuestas) pueden garantizar que no se repita.
Una vez conocida la identidad del nuevo presidente y hasta el 10 de diciembre, fecha del comienzo de su mandato, tampoco las cosas serán fáciles. Pero, las verdaderas dificultades comenzarán a partir de entonces, en unas condiciones muy difíciles, por no decir imposibles, para garantizar la gobernabilidad. Con la irrupción de La Libertad Avanza (LLA) el Parlamento ha quedado aun más fragmentado. Y la crisis intestina de "Juntos" seguramente tendrá su capítulo en las Cámaras. Conseguir mayorías para aprobar las leyes y convalidar decretos requerirá artes negociadoras de excepción.
Hasta ahora, alcanzar consensos era complicado en un panorama dominado por la "grieta" (polarización). La gobernabilidad de los próximos años también dependerá del futuro de las principales fuerzas políticas, comenzando por el sentido de la renovación del liderazgo peronista/kirchnerista y la propia supervivencia de Juntos por el Cambio. ¿El kirchnerismo mantendrá su predominio en el peronismo, especialmente tras su triunfo en la provincia de Buenos Aires, o Massa se hará cargo del partido, sin delegar sus responsabilidades? Por otra parte, ¿seguirán juntos macristas y radicales, o todo el andamiaje, costosamente estructurado en el pasado reciente, saltará por los aires?
Massa dijo que su triunfo permitiría cerrar la grieta. La cuestión es si podrá cumplir con una promesa (nadie resiste un archivo en ese país y esta semana revivimos hasta el cansancio aquella otra promesa incumplida de "sacar a los ñoquis de La Cámpora), promesa que Alberto Fernández fue incapaz de honrar. Claro que si gana Milei la sensación de vértigo será aun mayor, salvo que para poder alcanzar la victoria se convenza (ya ha mostrado indicios de eso) de que con sus actuaciones, estridencias y salidas de lugar no basta. Que necesita cambiar su discurso y articular un programa con propuestas concretas. Por eso, sea Milei o sea Massa el elegido en unas nuevas elecciones paranormales, lo más complicado está por llegar, en una coyuntura donde los dos candidatos se han mostrado admiradores del pensamiento mágico y de los espejitos de colores.
Dejando el futurismo de lado y volviendo a lo ocurrido el domingo, dado el escenario que tenemos y lo conservadora que es -en general-, la sociedad argentina, Bullrich emergía como la gran opción, pero también hay que decir que su campaña fue muy errática y poco seductora.
Massa es un político habilidoso pero resbaladizo, un profesional del poder, sin ideas propias distinguibles porque ha abrevado en todo el espectro ideológico, él primero y luego su partido. Pero su campaña fue precisa, clara y sostenida sin fisuras. La idea de un candidato que se presentaba, al mismo tiempo, como sostén del gobierno presente y paladín de su renovación parecía absurda y destinada al fracaso, pero Massa tuvo el mérito de hacerla viable. Cristina tenía razón cuando dijo que esta elección se ganaba con un piso alto y no con un techo alto. A Massa le alcanzó con retener el voto kirchnerista y sumar el de otros sectores del peronismo tradicional y el de independientes no afines al macrismo pero que tampoco simpatizan con las locuras libertarias. Su techo no es muy alto pero la gran paradoja es que la candidata que tal vez hubiera tenido un techo más alto, porque recogía el menor volumen de oposición absoluta, fue la que tuvo menos votos de los tres.
Bullrich se desgastó demasiado en mostrar lo que no era, en que quedara claro a qué se estaba oponiendo, pero no fue lo suficientemente eficaz en explicar cómo iba a ser su gobierno. La aparición de Milei en las Paso como un tercer tercio competitivo la desdibujó y le fue muy difícil encontrar un lugar propio. No estuvo cómoda en el lugar del medio, en el de la moderación. Fue muy explícita en su desprecio por todo lo que tenía que ver con el kirchnerismo, aunque no tanto con su otro rival. El apoyo a Milei, aun cuando no implique por el momento un acuerdo político, parece confirmar esa tendencia. Bullrich lo justificó desde la imposibilidad de mantenerse neutral frente a la posibilidad de una continuidad del kirchnerismo en el poder.
Es cierto que la perspectiva de un gobierno de Massa, para la mayor parte de los votantes que eligieron a Bullrich, está llena de sombras y malas vibraciones, que incluyen la supervivencia de los peores vicios del kirchnerismo. Pero también es cierto que la idea de Milei en el poder está muy lejos de lo que Juntos ha venido representando en cuanto a valores democráticos, formas de ejercer la política, respeto institucional y en concepciones humanistas. Si la intención era mantener la unidad de la coalición, si el camino era seguir defendiendo las ideas y las convicciones más allá de la derrota electoral, lo que Bullrich debió haber hecho era dejar en libertad de opción a sus votantes, no apoyar a un candidato sobre otro, concentrar las energías en la autocrítica interna, en la reconstrucción de los lazos rotos entre los partidos y los dirigentes, en empezar un nuevo camino para convertirse nuevamente en una opción democrática.
La gran paradoja es que Bullrich termina apoyando precisamente al candidato cuya irrupción fue tal vez la que le impidió convertirse en presidente. Es posible que su obsesión por terminar con el kirchnerismo termine siendo la que le dé una sobrevida que ni sus propios simpatizantes imaginaban hace pocos meses.















