Periodismo y poder: la necesidad de un diálogo plural y honesto para fortalecer la democracia
Durante 2023 han sido múltiples las reflexiones formuladas en torno a los 40 años de democracia ininterrumpida en el país. El tránsito por este período institucional ha sido la variable de análisis desde distintas aristas. Hoy, en el inicio de un nuevo gobierno, el diálogo sobre el rol de la prensa aparece como una conversación necesaria, atendiendo a que esta alternancia en el ejercicio presidencial se inaugura en un momento muy sensible de la historia, amenazada por un clima de fragilidad social inmenso que exige de la comunicación no solamente pericia, sino prudencia y responsabilidad para no vulnerar el derecho de la ciudadanía a estar bien informada y preservar la convivencia democrática.
En cuatro décadas se le ha pedido al periodismo que sea custodio y garante de la democracia. También se lo ha cuestionado por sus abusos y sus tentaciones "militantes", que en más de una ocasión han transformado la información en propaganda.
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Federalismo y libertad son consignas que se imponen en este tiempo por venir en el que los medios tradicionales han quedado insertos en un universo sustancialmente distinto al que existía cuando se recuperó la democracia. Hoy, diarios, radios y canales de televisión compiten no solo con redes sociales, sino con plataformas tecnológicas de todo tipo que imponen otros usos de la comunicación. En este escenario, todas las estructuras informativas, independientemente de los soportes y formatos, están llamadas a poner en práctica las técnicas primarias de la tarea periodística para pasar por el tamiz de la honestidad intelectual todo aquello que circula a una velocidad descomunal.
A lo largo de estas cuatro décadas los medios de comunicación han contribuido a ayudar en la toma de conciencia de la gente sobre sus derechos y han luchado contra todo tipo de discriminación. Han sido testigos y protagonistas de cambios sustantivos en el modo en que la sociedad se para frente a lo que considera justo.
Hay por delante un sinnúmero de desafíos en torno a ponderar el valor de lo local por sobre lo global, en salir del egocentrismo para tender verdaderos canales de comunicación que resulten transformadores de realidades que agobian.
Cualquier inventario sobre el rol del periodismo en estos cuarenta años de democracia resultaría incompleto y más allá de cualquier crítica, han respetado su obligación de develar las malas prácticas, los negociados del poder y han propiciado que no se invisibilizaran cuestiones graves como la corrupción. Han ayudado en el entendimiento de fenómenos complejos, dando contexto y dando voz a las víctimas.
Como contracara de ello, también han incurrido en errores propios de cualquier actividad y en algunas ocasiones, caído presos de los males de esta época como son la desinformación y la infodemia, prácticas que corroen la esencia misma de la labor y la someten al riesgo de perder el principal capital que puede tener un periodista o un medio de comunicación: su credibilidad.
También en estas cuatro décadas el periodismo sufrió intentos de coptación por parte del poder, y se estableció un sistema de premios y castigos con la pauta oficial. A uno y otro lado de la grieta se construyeron gigantescos aparatos comunicacionales al servicio del poder. Ni hablar del acoso judicial o el uso de servicios de inteligencia para espiar periodistas.
Son muchos y diversos los males que dañaron no solo la tarea individual de quienes se dedican a comunicar, sino que tuvieran consecuencias graves para las instituciones democráticas.
En tiempos en que los discursos aparecen polarizados, en términos políticos y sociales, el periodismo debe abrirse paso a la pluralidad. De lo contrario corre el riesgo de desnaturalizarse.
Evitar la tentación del sesgo en el tratamiento de la información es vital en épocas en que la democracia está frente a una de las pruebas más duras de su historia reciente: legitimar en la vida social lo que ha elegido con el voto.
Como nunca antes, periodismo y militancia serán en este tiempo cuestiones contrapuestas. Argentina estrena un nuevo período democrático y eso confiere al conjunto de la sociedad y a sus instituciones una oportunidad de refundar sus prácticas.
El país ha salido de un proceso electoral y de varios años en los cuales las reglas entre información y propaganda se desdibujaron. La grieta no resultó ajena a la conversación pública ni a la actividad periodística. Es innumerable el cúmulo de actitudes de intolerancia al disenso, la crítica y la pregunta que podrían referirse en este comentario. Y en el inicio de una nueva etapa, el modo en que funcionará la dinámica de la comunicación pública, es aún una incógnita.
Los riesgos, las amenazas y las oportunidades del periodismo son las mismas que tiene la democracia. Una cosa no puede escindirse de la otra por el enorme valor social que tiene la tarea periodística. Son dos caras de la misma moneda. La libertad de prensa es el predicado de la democracia, pero también es un presupuesto. No hay democracia sin libertad de prensa, no hay libertad de prensa sin democracia. La salud de la libertad de expresión es uno de los mejores termómetros para medir la salud institucional de una sociedad.
Quizás como nunca antes en estos cuarenta años de historia, cobra vigencia esa frase que señala que una de las funciones fundamentales del periodismo es iluminar esas zonas oscuras donde los poderes buscan ocultar algo. Alcanza con revisar los 40 años de democracia para comprobar que esta función ha sido honrada en muchos momentos de la historia. Las claves del buen periodismo cobran un sentido sustancial en el presente. Rescatar el rol que el periodismo tiene en la intermediación entre los representantes políticos y la ciudadanía resultará vital.














