Periodismo y Justicia, un camino que se oscurece
El periodismo argentino atraviesa una etapa espinosa, de cierta pérdida de identidad, que comenzó a ser evidente con la grieta y que se profundizó con el papel que está jugando en el tratamiento que hace de las causas judiciales que por estas horas se investigan en Comodoro Py, algunas de índole penal económica y otras criminales.
Cuando comenzó a abrirse la grieta, los periodistas se dividieron irremediablemente entre quienes apoyaban al anterior Gobierno y quienes lo atacaban. De este modo se generó una divisoria de por sí negativa entre periodistas militantes y periodistas opositores; en medio el verdadero periodista, que es el independiente, debe navegar en estas aguas revueltas.
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La llegada de Mauricio Macri al poder no logró que esta grieta se achicara sino más bien se amplió, si esto era posible. Así, hoy están los colegas que justifican todo lo que ha sucedido en la administración pasada y los que atacan -sin real dimensión del alcance de lo que dicen- a todo el kirchnerismo por los casos de corrupción que se ventilan.
Hasta aquí nada que no sepamos, que no hayamos visto u oído en esta actualidad tan politizada y tan contaminada que vivimos.
Sin dudas el periodismo de investigación ha cumplido un importante rol en la búsqueda y descubrimiento de hechos de corrupción de gran impacto, los que se transformaron en denuncias y la Justicia debió dejar de pisar causas y se puso a trabajar, cambiando radicalmente la velocidad que llevaba. Sin embargo -y aquí ingresamos al asunto que es materia de este comentario-, una vez que la Justicia comenzó a trabajar seriamente en las denuncias de corrupción que durante la era K decidió ignorar, cierto periodismo no pudo quitar el pie del acelerador de la información y es el día de hoy que, en vez de colaborar con el esclarecimiento de hechos dudosos en el manejo de los fondos del Estado, está directamente obstruyendo la labor judicial.
Y es así cómo se va perdiendo el rol periodístico en pos de unos puntos más de rating y se termina perjudicando a la misma sociedad a la que se pretende beneficiar. Un claro ejemplo de este comportamiento es el de periodistas que, en la desesperación por la primicia, anticipan medidas judiciales, incluso hasta los allanamientos que se van a realizar en días posteriores. Lo que claramente termina por constituir un delito, porque cuando se allana un predio lo que vale es el efecto sorpresa y ningún funcionario judicial puede anticipar y menos a la prensa (ni hablar a los afectados) que se va a revisar su vivienda. ¿Qué esperan encontrar en la casa de Julio de Vido, sin ir más lejos, cuando se anunció con tres semanas de antelación que irían a su departamento? Estas actitudes no resisten el análisis y complican claramente el avance de las causas, donde los argentinos esperamos condenas y soñamos con ver retornar a las arcas del Estado el dinero robado. Directamente, terminan invalidando las medidas de prueba, ya que los abogados defensores cuentan con todos los elementos para argumentar errores procedimentales. Así es como la prensa, en lugar de ayudar a esclarecer, termina complicando la resolución de los expedientes y, a la postre, beneficiando al inculpado y perjudicando a la sociedad.
Tampoco es positivo y puede llevar a nulidades los allanamientos televisados, como si se tratase de una serie de televisión, como se efectuó en Santa Cruz. Ese material periodístico que generó importante rating televisivo y que tanto interesó a los televidentes, porque somos una sociedad morbosa, no vamos a negarlo, fue un error que embarró la causa.
El audio donde se escuchó la semana pasada al fiscal Guillermo Marijuan afirmando: Decile que la dejo a la expresidenta al borde de la detención, que debe presentarse a tribunales y se le prohíbe la salida del país, palabras más palabras menos, le valió una denuncia para ser apartado de la causa, que finalmente fue improcedente pero que revela hasta qué punto el periodismo comparte información sustancial de los procesos y cuán fluido es el contacto con los protagonistas. El periodista Luis Majul salió a aclarar públicamente que el fiscal hablaba con una productora de su programa y ese decile que generó todo tipo de especulaciones y sospechas de conspiración judicial, estaba dirigido a él. Otro grueso error: la Justicia no debiera avisar a la prensa cada paso que dará y menos por teléfono porque genera la sensación de una persecución judicial que ayuda a los K a victimizarse, y llega un momento en que el ciudadano de a pie ya no sabe si creer o no en la Justicia, algo que no debiera estar en tela de juicio ni mucho menos compartir esa credibilidad con la prensa.
Pero el desbande más grande en que ha caído el periodismo últimamente es hacerles el juego a probados delincuentes. Tal vez nuestros colegas consideren que lo suyo es un gran logro personal o de su producción, pero lo cierto que están siendo usados para una estrategia judicial y de apriete. O tal vez lo sepan, y se presten a ese juego. Entrevistar por televisión a sujetos que niegan información a la Justicia, como si fueran expertos en temas de corrupción, cuando en realidad son protagonistas de los hechos es una práctica sumamente cuestionable. Pasó con Leonardo Fariña, el arrepentido de la Ruta del Dinero K; pasó con Martín Lanatta, el que se fugó de la cárcel donde estaba detenido por haber sido el autor del triple crimen de General Rodríguez y pasó recientemente con Ibar Pérez Corradi, el presunto autor intelectual del triple crimen, extraditado a la Argentina no hace ni dos meses.
Todos estos delincuentes salen reporteados como si fuesen estrellas de televisión, y no presidiarios peligrosos, dándoles credibilidad a sus dichos, cuando lo que importa es lo que declaren delante de los jueces, no ante las cámaras. Y la verdad es que salvo Fariña, que ofreció datos comprobables de la corrupción de Lázaro Báez, todo lo que hablan en la televisión estos personajes nefastos luego lo niegan en los tribunales. Sistemáticamente. Tiran datos que no constan en las causas, mencionan a personas que luego niegan conocer e involucran a otras que ni siquiera son parte del expediente. Luego se desdirán pero el daño ya habrá sido hecho. En casos de tan alto voltaje, de poder, crimen y política, es evidente por qué Fariña, Lanatta y Pérez Corradi recurren a la prensa: se están creando un escudo de protección. Pero, ¿los medios y sus periodistas? ¿Todo vale por un punto de rating?
Este afán, mezclado con la necesidad de llenar el aire entre 18 y 24 horas, ha degradado el valor de la información hasta límites peligrosos. Las noticias, y en el caso que nos ocupa las causas judiciales, son muy manoseadas. Del otro lado, la Justicia tampoco guarda su lugar porque informa a los periodistas de lo que hacen y de lo que harán, todo lo que llevará a nulidades, a que haya causas que no tengan el avance natural que debieran tener y al fin cuando entre el periodismo y la Justicia se terminen por arruinar los objetivos que todos los argentinos esperan, en la lucha contra la corrupción, la sociedad no creerá ni en la Justicia (lo que ya está sucediendo) ni tampoco en el periodismo (lo que empezará a suceder).
La profesión periodística debe retornar a los valores que le han dado sentido, debe informar y comentar pero preservar la ética que en ningún caso debe ser canjeada por unos puntos de rating.















