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Perfeccionamiento permanente y evaluación docente

13 de septiembre de 2016 a las 12:00 a. m.

Se celebró el Día del Maestro y el 17 de este mes se hará lo propio con el Día del Profesor. Son los momentos en los cuales sale a la luz los sentimientos de quienes enseñan, hablan de la pasión que implica, del orgullo que sienten por la tarea que realizan, del lazo único que se establece con los niños y los adolescentes. Y es importante que así sea, que quienes educan sientan profundamente la labor, siendo una de las más importantes que se pueda realizar con grandes implicancias en las vidas de todos y en la sociedad en su conjunto. Ayudar a la formación de las futuras generaciones es tener entre manos el material y el activo más importante del país, que es el humano en etapa de aprendizaje.

Vista la profesión educativa desde este punto de vista, no podemos dejar de preocuparnos por las problemáticas graves que se atraviesan en la Argentina por problemas de infraestructura, de salario, pero sobre todo de calidad educativa. Lo hemos planteado en anteriores comentarios como un fenómeno multicausal. Son todas aristas que requieren una “cirugía mayor” y generalizada, pero por ser un tema tan sensible todo llegará con cierto gradualismo, debiéndose empezar por lo más acuciante que es, sin dudas, la calidad metodológica y de contenidos. En este punto hay un aspecto que trae no pocos debates y es el perfeccionamiento docente como uno de los caminos para mejorar la experiencia educativa y ligado en forma indivisible la evaluación del docente.

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El Gobierno promoverá la creación de un Instituto de Evaluación Educativa nacional para analizar la preparación de los docentes, el conocimiento de los alumnos y el nivel del sistema en general. No es el perfeccionamiento el problema, ya que tal como se expresa en la Ley Federal de Educación, desde 1993 “los docentes podrán acceder a una formación continua” sobre la que analizaremos la implementación. 

Lo que ha generado resistencia es la decisión del Gobierno de crear un Instituto de Evaluación Docente, una experiencia que se llevó adelante en la Ciudad de Buenos Aires y se pretende trasladar a todo el país.

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El proyecto es definido como un mecanismo de “análisis de rendimiento en el sistema educativo provincial que incluya desde alumnos hasta funcionarios”. Y aclararon desde el oficialismo que no es un planteo para castigar a los docentes sino “para saber en qué fallamos, los alumnos, los docentes, los directivos, también en qué fallamos en infraestructura, en las políticas públicas, y en qué fallamos los funcionarios que estamos conduciendo este proceso”. 

Es claramente interesante en términos teóricos. Decimos esto porque hemos visto desfilar tantas propuestas educativas que en su declamación parecían la resolución de todos los males y luego en su implementación todo languidece y no se soluciona nada.

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La primera meta que se ha planteado es tan elemental que parece fácil pero no lo es: que los chicos que entran a la universidad comprendan textos que leen y que los que salen de la primaria lean de corrido. Tan sencillo… pero con la actual manera de hacer las cosas no se está logrando este objetivo de mínima. Triste que hayamos llegado a estos niveles de expectativas.

Recién luego se podrá pensar en impulsar la calidad educativa a la que aspiramos, que implica objetivos más elevados que este piso.

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Frente a esta iniciativa, que además de necesaria es ampliamente utilizada en todos los trabajos y con más razón en los que están en juego las relaciones humanas, algunos gremios docentes se han manifestado en contra. Todavía no se giró la ley pero ya hay resistencia a la medida. Los sindicalistas consideran que antes hay que solucionar problemas de salarios y de infraestructura. Puede ser, o no. Depende de las prioridades, de lo más urgente, de lo que es posible empezar a solucionar ya. Al fin, por alguna de las tantas puntas de esta problemática hay que empezar. 

Lo de las reticencias a la evaluación no es una novedad; cuando el Gobierno porteño que encabezaba Macri anunció su creación en la Ciudad se generó una gran polémica y resistencia por parte de la oposición y de dirigentes gremiales. Sin embargo se aprobó en 2014 y se puso en marcha.

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Si se logra crear este Instituto, se podrían ver, entre otros, los resultados del Acuerdo de Perfeccionamiento Docente Federal, esas jornadas de capacitación que cada tanto convocan a los docentes fuera de las aulas, de las cuales no es cuantificable su eficacia. Si lo vemos por la realidad, nada ha mejorado sino todo lo contrario, o sea que es presumible que no están cumpliendo su cometido. 

Si bien el Instituto de Evaluación de la Calidad Educativa estará en la órbita de la Nación,  el ministro bonaerense Alejandro Finocchiaro manifestó que la Provincia se apoyará en ese organismo ya que por ahora el Estado provincial no cuenta con fondos suficientes para elaborar el propio. 

Suteba y el sindicato a nivel nacional Ctera salieron al cruce y lanzaron que “la mejor educación para nuestros niños, niñas, jóvenes y adultos requiere de inversión educativa y no solo de mecanismos de control como el que expresa este instituto ‘decretado’ por el gobierno macrista”. Afirman que “la mejor educación requiere de inversión” y “por esa razón es que presentamos en el Congreso de la Nación el proyecto para una nueva ley de financiamiento educativo que lleve la inversión del 6 al 10 por ciento del PBI”. Tampoco es solo una cuestión economicista o de recursos, porque de ser así, la educación tendría que haber mejorado notablemente sus estándares en el kirchnerismo, que aumentó un dígito la erogación presupuestaria para Educación. Con más dinero y mismas formas, todo seguirá igual. Eso ya lo hemos comprobado. Por eso, y sobre todo porque la sociedad ha cambiado y los contenidos y formas de la educación no, es que tal vez sea el momento de empezar por acá, por la capacitación y evaluación de la calidad docente.

Como oposición los gremios dicen: “La educación de calidad no se consigue con medidas punitivas sino con una inversión adecuada que garantice las mejores condiciones laborales”. La diferencia está en que los sindicatos toman estas evaluaciones como medidas punitivas, de castigo y persecución, cuando en realidad, lo que pretende el Gobierno (siempre en el plano teórico en ambas partes) es lograr las mejores estrategias para saber en qué fallamos para que nuestra educación se vaya deteriorando año a año. 

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En este sentido, el docente es un efector clave de la educación y de la implementación de las evaluaciones, para ver cómo impacta el perfeccionamiento continuo que el Estado sostiene todos los años, no parece a priori una mala medida, sino una interesante salida para ver dónde está la problemática más seria. 

Veremos cómo se van desarrollando los acontecimientos, porque aquí ya no se trata de teorías, sino de comenzar un camino de realizaciones concretas.

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