Otro índice que habla del fracaso del cepo
En noviembre, el consulado de los Estados Unidos en Buenos Aires será el segundo en el mundo -detrás de Pekín- en cantidad de visas otorgadas.
La comparación en realidad no vale porque China tiene 1.367.820.000 habitantes, y la Argentina tiene 41.450.000 almas. De modo que al jugar con las proporciones, nuestro país es el que más hace visas para ingresar el país del norte.
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El mes pasado, el consulado de Buenos Aires procesó aproximadamente 32.000 visas y la tendencia no se detiene, a pesar de las cada vez mayores trabas y encarecimiento de solventar gastos en moneda extranjera. Por eso, de cara a la temporada de verano que se avecina, las autoridades norteamericanas han decidido habilitar un operativo especial en doble turno, en la oficina de visado que funciona en el barrio de Palermo. Hasta enero, en lugar de atender solicitantes hasta las 11:30 lo harán hasta las 13:30 para así poder atender a 2.500 argentinos por día en lugar de los 1.600 habituales.
Descontando las tramitaciones de visas específicas como las destinadas a estudio o trabajo, es notoria la demanda en un momento tan particular de nuestra economía doméstica. Si tuviéramos que encontrar una explicación al fenómeno, en términos generales podríamos decir que con una buena planificación -y a veces no tanto-, viajar al extranjero puede ser más barato que elegir algún destino interno. Excluyendo el traslado en avión, los hoteles y la comida resultan más baratos allá que acá, siempre hablando de un mismo estándar de servicio. E incluso el avión no es un gran impedimento habida cuenta la extendida financiación sin interés que se ofrece en un país con alta tasa de inflación, que mes a mes corroe el valor de la cuota.
Por eso, a pesar del dólar, siguen conviniendo los precios de otros países. Y, entre ellos, Estados Unidos (y puntualmente Miami) conserva su histórico atractivo para los argentinos que, además de pasear, se encuentran con que todo lo que allí se ofrece es accesible y hasta más económico que acá.
Si bien los destinos del territorio nacional son dignos de admiración, el extranjero siempre es tentador. Y cuando se trata de infraestructura de atención al turismo, la diferencia es abismal. En general, el comentario de la gente es que si fuese mucho más caro o inaccesible viajar a otro país, no lo haría. Pero lo cierto es que no mucho más oneroso, y encima, la compra es más asequible que la de una vacación, por ejemplo, en la costa argentina, por la posibilidad de financiar todo (incluso la comida cuando se trata de los all inclusive del Caribe), de manera anticipada o afrontando los gastos de manera prorrateada al regresar (con el efecto inflación a favor en este caso. En cambio, en Argentina prácticamente no existe esta posibilidad y salir de vacaciones implica contar con toda la plata junta.
Otro factor local que incide en la decisión de querer viajar al exterior es la imposibilidad de acceder, ahorro mediante, a bienes durables que siempre estuvieron al tope de los anhelos: casa propia y vehículo. Estas metas de cualquier joven que se independiza son imposibles hoy en el corto, mediano y largo plazo. No hay margen ni vía de ahorro que preserve el valor del capital hasta acopiar lo necesario. Entonces, aparecen bienes más perennes como la electrónica o gratificantes como viajar, no sólo para darse el gusto sino también para que el dinero que se tiene no se diluya abajo del colchón. Y quienes son más avezados y hacen un poco de futurología económica advierten que endeudarse en cuotas fijas sin intereses no sólo hace posible ese placer sino que además es, en cierta forma, un buen negocio.
Como factor agregado en el caso de Estados Unidos, quien logra costear el viaje, llega y se encuentra con que artículos o experiencias por las que aquí deben pagar fortunas, allí son accesibles: ropa, cenas en lugares top, alquiler de vehículos, alojamiento en hoteles de categoría. Pongamos ejemplos: un jeans de marca internacional en Estados Unidos, cuesta 40 dólares y uno de marca local, 15 dólares. Es decir, se puede conseguir un pantalón vaquero entre 180 y 600 pesos e incluso quien tributa ganancias puede recuperar el 35 por ciento al pagarlo con tarjeta de crédito o con dólares turista autorizados por Afip. Otro caso: una cena en Puerto Madero no baja de los 800 pesos mientras que la afamada Lincoln Road, centro de la movida del South Beach, ronda los 500. Finalmente, alojarse en temporada en un hotel cinco estrellas de Argentina puede estar en el orden de los 2.000 pesos la noche contra unos 700 de un tres estrellas en Orlando o 1.000 en Miami (un tres estrellas de allá se asemeja a un cinco estrellas de acá).
Es de advertir que esta relación se mantiene hace años merced el atraso cambiario y la inflación. Y persiste la diferencia incluso cuando se implantó la percepción del 35 por ciento por compras con divisas o, su versión off shore, el dólar paralelo, un 60 por ciento más alto que el oficial. Todas estas medidas coercitivas no surtieron el efecto deseado sino todo lo contrario. Es precisamente el retraso cambiario lo que hace que los prestadores de turismo receptivo no puedan sostener las tarifas a niveles competitivos, haciendo que cada vez vengan menos extranjeros a vacacionar a nuestro país, porque somos muy caros con respecto a otros de la región y el mundo. Y, al mismo tiempo es muy caro también para los argentinos consumir turismo nacional de calidad internacional.
La cantidad de visas a Estados Unidos otorgadas en octubre, que marca un incremento de 65 por ciento respecto del total de las procesadas en el mismo mes de 2014, muestra que buena parte de los turistas argentinos logró sortear con éxito el cepo cambiario, sea porque compraron en el mercado informal o porque han ido adquiriendo dólares con el permiso oficial durante un tiempo.
Cuando se instauraron el cepo y las restricciones a las importaciones, en 2011, el objetivo fundamental era defender y frenar la caída de las reservas internacionales del Banco Central. ¿Cuán efectivo fue hasta ahora? Si juzgamos por sus resultados, no fue nada eficiente.
Lo que sucedió este tiempo con el turismo al exterior y que va in crescendo como, como lo señala el movimiento en el consulado de EE.UU., es sólo una muestra de que se logró el efecto contrario al buscado. Pero lo más grave es que, a la par se dañó severamente al mercado interno por el efecto que estas medidas tuvieron en las reservas: se prohibieron las remesas de utilidades al exterior de empresas internacionales, razón por la cual dejaron de venir inversiones y muchas de las que estaban se retiraron; se acortó la capacidad productiva por la imposibilidad de importar insumos, lo que también derivó en despidos y suspensiones. Ayer se volvió a anunciar una nueva disminución en el giro de divisas por lo se complicará la llegada de componentes de la industria automotriz, entre otras. Y, obviamente, esta decisión llevó a desdoblar el mercado cambiario entre el dólar oficial y el paralelo y -sus variantes intermedias-, generando desconcierto a la hora de cerrar operaciones y en la conformación de precios.
Es decir, ni para adentro ni para afuera, el cepo reportó beneficios sino todo lo contrario. Que hay que salir de esta situación es una obviedad, el cómo es aún un interrogante.













