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No será tan fácil como nos dijeron

31 de julio de 2016 a las 12:00 a. m.

Ingresamos en el segundo semestre y, como era de esperar para quienes miran la realidad con sentido pragmático implacable, no se produjo ningún alivio en una economía sino todo lo contrario: estamos en plena crisis. La diferencia, lo que hace que este momento tenga algo de auspicioso, es que todo lo malo que estamos viviendo se inserta en un proceso, doloroso pero necesario, que es la transición económica. 

Contra todos los pronósticos, pasamos por una exitosa transición política, algo que nos es difícil de valorar por la ausencia de contra factores. De haber sucedido lo que muchos presagiaban, respecto de un sector político concentrado que iba a permanecer agresivamente activo tras 12 años de acumulación de poder, fagocitando todo tipo de agitaciones sociales y utilizando las calles de trincheras, hoy estaríamos añorando la estabilidad que, gracias a la maduración de nuestra joven democracia, disfrutamos como cosa natural.

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La transición económica se plantea con muchas más dificultades y en ese trance estamos y todo indica que llevará un par de años lograr un nuevo modelo sustentable, con pleno empleo y baja de la pobreza estructural, siempre y cuando se trabaje sobre una misma línea económica y se lleguen a cumplir metas en cada etapa: bajar el déficit fiscal para acorralar la inflación, equilibrar la balanza comercial, ampliar nuestros horizontes en el mercado comercial global, lograr que vengan capitales para que se genere empleo genuino de calidad, salir del atolladero en que estamos inmersos en materia de energía e ir logrando que el salario acompañe los incrementos de tarifas necesarios para equilibrar la ausencia de subsidios en los servicios públicos.

Posiblemente, como el traspaso político fue más tranquilo de lo esperado y merced a los demasiado ambiciosos anuncios de campaña de Macri, las expectativas de todos fueron altas y hoy impera la frustración generalizada. Aquellos que no pasan necesidades diarias y su preocupación va más hacia la proyección pueden entender este momento como una transición e ir amortizando los golpes hasta que llegue el camino ascendente. Es decir, entienden que estamos en una transición. 

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Si hacemos corta memoria, la incertidumbre generalizada en diciembre era cómo iba a reaccionar el kirchnerismo, más que la cuestión económica. Sin embargo, luego de la despedida muy populosa que protagonizó Cristina en su despedida, Mauricio Macri y su gabinete no tuvieron problemas para instalarse en el poder e ir haciendo las auditorías necesarias para saber con qué se encontraban en cada área. Y lo destacamos porque el traspaso del poder entre el Frente para la Victoria y Cambiemos tuvo su escalada verbal e institucional, y la política ingresó en una zona de las pequeñas reyertas y maniobras, que no duró más que una semana. La novela de la entrega de atributos presidenciales, el faltazo de Cristina para entregar el poder, Federico Pinedo que tuvo que ser presidente por un día, puso en evidencia los movimientos políticos que procesó el peronismo que se encontró con una derrota inesperada.

Pero, al fin, pese a estos escollos más parecidos a caprichos que a conflictos reales, dieron paso a una transición política normal, en un país como la Argentina donde la normalidad cuesta tanto.

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Con la economía, y esto no debe sorprender, la situación viene siendo más difícil en esta transición. Y aunque parezca ilógico, lo cierto es que fue más sencillo y exitoso resolver cuestiones internacionales de vieja data como pagar a los fondos buitres, para poder abrirnos a otros mercados en el mundo, que solucionar un problema tarifario interno. Lo mismo con la salida del cepo cambiario, tras el cual no vino la tormenta eléctrica ni el huracán catastrófico que anticipaba el kirchnerismo. Incluso la llegada de Mauricio Macri a la Presidencia ya generó un cambio de imagen de la Argentina a nivel mundial muy rápido e interesante, si es que el país logra aprovechar los gestos amistosos que ha exhibido la mayoría de las naciones occidentales, desde Barack Obama de Estados Unidos a Angela Merkel de Alemania, por mencionar solo algunos mandatarios.

Estos primeros éxitos se vieron opacados, esmerilando la imagen presidencial, cuando la economía tuvo que hacerse cargo de la transición doméstica, el mercado interno, el problema de las tarifas, las paritarias, y sobre todo el aceleramiento de la inflación (empujada también por las tarifas). Las primeras medidas, como la liberación del cepo cambiario y la baja de retenciones al campo fueron muy bien recibidas, no así la quita de tributos a las mineras, una medida que no se explicó ni se entendió y lo mismo vale para las continuas subas de los combustibles, que quedaron muy por encima de los valores internacionales.

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Y en esta transición económica pesan las visiones diametralmente opuestas entre Cristina Kirchner y Mauricio Macri, ya que de un modelo claramente intervencionista pasar a un modelo neoliberal necesita de importantes ajustes. Sobre todo en un tema tan sensible como las tarifas que durante 12 años estuvieron congeladas, sostenidas por enormes subsidios estatales. Pero si bien la mayoría de los argentinos tenían asumido que había que ir blanqueando el valor real de la energía que consumimos, la mala praxis de pretender aplicar incrementos de hasta un dos mil por cientos cuando los salarios no acompañan este aumento, trajo como resultado picos de mal humor social y la judicialización de las tarifas de luz, agua y gas. Un tema que aún no se cerró y generó todo tipo de amparos y que terminará dando la puntada final la Corte posiblemente el mes que viene.

Evidentemente acomodar la economía doméstica es más difícil que hacer una transición política e incluso que reubicar a la Argentina en el concierto del mercado internacional.

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Quizá, si los tiempos se hubiesen manejado con más acierto, es decir planificar las paritarias antes que los tarifazos, por ejemplo, las medidas no se hubiesen visto judicializadas y el humor social no hubiera cambiado, pasando por el desconcierto que actualmente existe respecto a qué vamos a terminar pagando por los servicios.

Hoy estamos en el peor momento desde que asumió Macri, con una obra pública que aún no se puso en marcha, salarios retrasados, inflación acelerada y una visible caída de la actividad industrial. Lo que implica menos empleo y más recesión.

La esperanza que sobrevuela al hombre de a pie es que todos estos reacomodamientos por los que ahora padece, terminen por beneficiarlo en el mediano plazo. Al fin, por poner un ejemplo práctico y ciudadano: ¿conviene pagar tarifas subsidiadas y soportar cortes de luz y de gas en forma permanente? Lo ideal sería pagar tarifas con costos reales y que los servicios mejoren visiblemente. Siempre teniendo en cuenta que los salarios deben acompañar este proceso, que es lo que apuntan los economistas que se debe hacer para que los cambios encarados se puedan seguir llevando a cabo.

Pasados los primeros meses de Macri hay claroscuros, temas exitosos y malas praxis, nada fuera de lo normal para una administración nueva que se encuentra con los conflictos irresueltos del gobierno anterior.

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