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Ni Una Menos: la tarea colectiva de no desvirtuar el objetivo

09 de junio de 2019 a las 12:00 a. m.

Hay causas de índole social que pertenecen a todos y deberían estar exentas de cualquier parcialidad que pueda desvirtuarlas. La consigna Ni Una Menos es una de ellas. Pero con el devenir de los años, desde que este mensaje en contra de los femicidios se instaló fuertemente con masivo respaldo en la agenda pública, se observa con preocupación cómo ha virado el mensaje, y cómo detrás de él se han encolumnado  intereses sectarios de algunos colectivos que con su fundamentalismo hacen que la mirada se corra de lo que deberían posibilitar las marchas callejeras de cada 3 de junio: alzar al unísono un pedido para el establecimiento de una sociedad con vínculos más genuinos donde se ponga fin a los femicidios y se termine con la violencia machista que se expresa en distintos ámbitos de la vida social.

La actividad promovida este año desde el colectivo Ni una menos se vio teñida de consignas políticas y de reclamos que ganaron el espacio público desnaturalizando la expresión de las voces de mujeres contra la violencia. El mensaje de “Ni una menos, vivas nos queremos y desendeudadas”, captó la atención de muchos en la movilización y se transformó en una clara muestra de cómo, de la mano de la politización del reclamo, se ha ido desvirtuando el motivo que dio origen a un movimiento autoconvocado y espontáneo que había conseguido aglutinar a buena parte de la sociedad detrás de una causa legítima y necesaria. Frente a este avasallamiento, aquello que fue gestado en forma espontánea y sostenido por muchas mujeres víctimas de violencia queda desdibujado.

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Las pancartas en contra del gobierno de Mauricio Macri, las críticas a la política establecida con el Fondo Monetario Internacional y el posicionamiento ideológico planteado en el documento que se leyó en la convocatoria  Ni Una Menos de este año, corrió el eje de la reflexión, en una acción discursiva que termina siendo funcional a los intereses que se repudian. Lo preocupante es que nada cambia si se segrega, un mensaje tan radical en una movilización pensada para unir, divide porque los ciudadanos que sí están a favor de este gobierno pero igualmente cuestionan las formas de expresión del machismo, no se sienten representados en una voz tan marcada ideológicamente en contra de sus propias convicciones.

¿Es la consigna Ni Una Menos una tribuna casi electoral? ¿Era ese el propósito con el que fue gestado este colectivo?

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Cómo pasa en otros órdenes de la vida social, en el Ni Una Menos también se abre la grieta. Esa que parece que el país no está dispuesto a abandonar. Quizás porque tanto como la violencia que se expresa sobre las mujeres, los enfrentamientos por posicionamientos ideológicos lesionan a la sociedad en su fibra más íntima, esa con la que se teje el lazo que conecta con los semejantes. Así se pierde sensibilidad y empatía. La “sororidad” que proclaman los nuevos feminismos queda dispersa frente al enfrentamiento y parcialidad que plantea el discurso político.

Si bien es cierto que en un contexto democrático la calle debe ser el lugar del reclamo y que este puede ser todo lo heterogéneo y plural que la propia ciudadanía se proponga, no menos cierto es que cuando un sector copta el discurso y se apropia de la voz de todos, algo de la legitimidad se pierde. Y la mirada se corre. Como si la política partidaria le hubiera ganado el lugar a los hombres y mujeres de a pie que participan de estas convocatorias sin discursos establecidos.

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Nada inhabilita que quienes se pronuncian a favor de la legalización del aborto o exigen la plena aplicación de la Educación Sexual Integral lo manifiesten en la marcha de Ni Una Menos, por la característica de una convocatoria. Ahora que eso vaya acompañado de leyendas que se pronuncian en forma unívoca contra un gobierno inhibiendo el diálogo en las diferencias, poco tiene que ver con la cuestión medular del discurso: reflexionar y exigir al poder que sea que las voces sean escuchadas para revertir el dato preocupante de que, a pesar de todos los esfuerzos y de una mayor conciencia colectiva, las mujeres siguen muriendo víctimas de la violencia. Correr el eje de esa cuestión, amenaza el sostenimiento de un espacio sin que el problema que vino a visibilizar esté resuelto.  Las cifras difundidas señalan que en 2018 hubo 278 víctimas de crímenes de violencia de género, un número sensiblemente mayor a la de años anteriores. Solo este indicador habla por sí solo de una gran tarea que es de todos y que aún está pendiente.

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