Ni una menos
Multitudinarias marchas en todo el país se realizaron pidiendo la aplicación sin excepciones de las leyes vigentes contra la violencia de género y por una mayor protección de las víctimas por parte del Estado.
La marcha porteña fue realmente gigantesca, mujeres, pero también hombres reclamando ante el Parlamento una salida a la gravedad de la situación.
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La consigna fue Ni una menos, una frase que demuestra un sentir profundo de mujeres y hombres que no quieren más muertes, que repudian la violencia con quien es más débil, que detestan ese machismo acendrado que empieza con un no reconocimiento de la igualdad ante la ley y en dignidad y termina con el femicidio.
Las muertes de jóvenes y mujeres adultas, en nuestro país, dicen las estadísticas no oficiales, ya que no hay oficiales, se producen cada 31 horas.
¿Cómo llegamos a esto?
La pregunta debería ser respondida por sociólogos y psiquiatras, porque la violencia tiene raíces a veces muy hondas que hay que desentrañar.
Esta cifra no sólo es escalofriante sino que habla de un proceso de deterioro de las relaciones humanas entre mujeres y hombres. La droga viene también haciendo lo suyo para que las situaciones terminen en muerte.
Normalmente cuando se produce un femicidio hubo primero violencia psicológica, ejercicio del control del hombre hacia la mujer, menosprecio, descalificaciones, todo para bajar las defensas del otro hasta llegar a un punto de obtener una total sumisión condicionada por la amenaza constante. Es la violencia imperceptible a los ojos, que solo seres muy cercanos pueden advertir por el cambio de conducta de la víctima pero que generalmente no tienen condena social sencillamente porque todo sucede en la intimidad. El argumento económico es también el arma elegida por quienes son abastecedores en el hogar; el temor a quedar en la calle y que los hijos pasen carencias suele ser motivo de tolerancia hasta límites insanos. Tal vez, aunque suene contradictorio, esta sea la violencia más peligrosa, porque es invisible y se ejerce por años sin que nadie se alerte y vaya en socorro de la víctima. Los golpes dejan huellas que hacen perceptible la violencia y provoca que, a raíz de la mayor conciencia social que ahora hay, el entorno se active y se propicie la denuncia.
Puede haber excepciones pero en general el camino es el mismo y comienza por la naturalización de estas situaciones de opresión, el aislamiento de familiares y amigos, hasta llegar a los golpes, y en muchos casos, a la muerte de una mujer, al femicidio de una jovencita, de una adulta. A quitarle lo más valioso que tiene: su vida. Primero le quitó su identidad, su círculo familiar y afectivo, luego su autoestima y al fin, no conforme, el agresor se lleva su existencia.
No hablamos de una problemática sencilla de revertir; hay raigambre cultural en el asunto, mandatos, educación y otros factores que por años avalaron (por cuanto sabían de su existencia pero no se percibían como delito y no se denunciaban) relación de perversa desigualdad entre el hombre y la mujer. El hablar y exponer, como el miércoles, sirve mucho, lo mismo que mantener activos dispositivos estatales que amparen a la víctima y den soluciones integrales. Por ejemplo, no se puede pedir a la mujer agredida que deje el hogar sin ofrecerle dónde ir ni puede perdérsela de vista una vez hecha la denuncia porque hablamos de personas enfermas que no acatan medidas restrictivas y van por su presa sin medir consecuencias. Pero aun con leyes y Estado presente, el cambio cultural requiere de tiempo, de la llegada a la adultez de una nueva generación que ya vendrá con paradigma distinto respecto de derechos y dignidades de hombre y mujer.
Hasta que esto suceda, solo queda prevenir con información y atender desde la esfera pública a todo signo que pueda delatar una situación de violencia: en hospitales, salas de salud, escuelas; el comportamiento de los niños suele ser un gran revelador de lo que ocurre en casa.
Pero más que nada el principio de toda solución es la propia mujer, que no tema, que denuncie y ahí deberá estar el Estado que la proteja en su camino de salida del infierno.
No hay otro modo. Hoy existen los botones antipánico que se le entregan a la mujer atemorizada; números de teléfonos especiales para llamar de urgencia. En Pergamino y en muchos puntos del país hay un refugio cuya dirección se mantiene en secreto para la mujer y sus hijos que deciden dejar el hogar y no tienen dónde ir. Y para cuando la localidad no cuenta con un servicio de estas características, existe un trabajo en red que posibilita el traslado a donde puedan ser alojados.
Así y todo, aunque hoy hay mucho y antes no había nada, ni siquiera se les tomaban las denuncias a las mujeres en las comisarías, las muertes se han acrecentado.
Y como decíamos, pese a que no hay estadísticas oficiales sobre la violencia contra las mujeres en Argentina, especialistas sobre esta problemática advierten que, lejos de disminuir, la cantidad de femicidios en el país igualaría o incluso superaría lo registrado en 2014: 277 mujeres y niñas murieron por cuestión de género.
El dato se desprende del informe de 2014 elaborado por la Asociación Civil La Casa del Encuentro.
También afirman que en los últimos siete años, hubo 1.808 femicidios registrados, lo que no implica que sean los únicos. Además hay mujeres desaparecidas, con presunción de muerte, que engrosan la lista. Casos muy dolorosos como el de María Cash, cuyo padre murió en un accidente en la ruta buscándola por todo el país; allí donde había un dato iba. Y aún no sabemos, y quizá no lo sepamos nunca, qué sucedió con la joven diseñadora de ropa.
Como se ve hay además daños colaterales dolorosísimos, hijos que quedan sin madre, familiares deshechos en lágrimas.
A modo de doloroso recordatorio, mencionamos a las mujeres víctimas de femicidio en Pergamino en los últimos años, no son las primeras y quizá tampoco las últimas; 2001, Emilia Robba; 2004, Nancy Ricci; 2007, Antonia Rivadaneira; 2009, Noelia Mc Allister; 2010, María Rita Genitrini; 2011, Anahí Jésica Gutiérrez y en 2012 Marcela Rita Silva.
No son muertes por la inseguridad, ninguna fue atacada por robo, son mujeres que perdieron la vida por su condición de género. Son nuestros femicidios, que no debemos olvidar para recordar y estar atentos porque al lado nuestro, aunque sin moretones, una vecina puede estar padeciendo violencia. Nuestro rol es en estos casos inducir su decisión a denunciar y alertar a los dispositivos públicos para que se acerquen a ella porque si hay una muerte que entre todos podemos evitar es el femicidio.
De la violencia de género se puede salir, lo importante es que entendamos como sociedad que tenemos que lograr que este tema forme parte de la agenda de las políticas públicas de actuales funcionarios y de quienes pretenden serlo, que en el presupuesto municipal de cada año nuestros concejales certifiquen que no falten partidas de recursos para este fin, que las autoridades provinciales aborden el tema desde la educación y que los legisladores nacionales no escatimen rigor en la generación de leyes que condenen al agresor.
Y que en cada hogar se erradique la violencia en cualquiera de sus formas. El niño de hoy será el hombre, padre y esposo de mañana. Más que en la escuela, aprenderá a llevar una familia en el seno de la suya; lo que allí vea, replicará como conducta natural.
Es decir, la solución de fondo está en manos de todos.

















