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Ni bueno ni malo, inevitable

02 de agosto de 2019 a las 12:00 a. m.

Hace dos semanas, a través de un comunicado, la empresa Univisión confirmó lo que ya era un rumor: la posibilidad de su venta. Se trata de la cadena pionera de la televisión en español en Estados Unidos y, junto a Telemundo, una de las dos pantallas que se disputan el público hispano en ese país. Más allá de los elementos puntuales, entre los que destaca una deuda millonaria, la gran pregunta es si realmente existe alguien interesado en comprar hoy en día un canal de televisión abierta. ¿Para qué?

Desde hace años, la aparición de Internet, los cambios en las plataformas comunicacionales y las consecuentes variaciones en los hábitos de consumo de las nuevas generaciones han terminado produciendo una revolución involuntaria: es una transformación radical y casi inesperada, sin dirección política, sin otro sujeto protagonista que la tecnología. De pronto, el poder pasó de la pantalla a los usuarios. El control sobre lo que puede o no se puede ver cambió de manos.

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No es aventurado afirmar que en el futuro, la palabra “televisión” dejará de existir. Se quedará sin referencias. Tan sola e inútil como la palabras “long play”, “tocadiscos” o la palabra “cassette”. Un cambio tecnológico ha producido una crisis en una de las industrias aparentemente más sólidas y bien cimentadas. No se trata de dilucidar si el cambio es bueno o malo. Simplemente es inevitable. No está en crisis el relato. Todo lo contrario. Lo que está en crisis es su forma de producción, distribución y consumo. El televisor y la industria que respira tras él de repente comenzaron a convertirse en una antigüedad. Y de eso no tiene culpa un gobierno ni sus medidas. Todo lo contrario: es ante estos cambios que los gobiernos deben espabilar y actuar de inmediato, generando el marco legal para las nuevas formas, de manera que no se produzcan más desventajas que las de por sí genera la extinción de una industria. Lo hemos planteado innumerables veces en esta página: legisladores, basta de hacer politiquería y a trabajar en sus bancas, a crear las nuevas leyes que necesita la sociedad.

El día a día, con su urgencia de llenar 24 horas de programación, tal vez no permite mostrar tan nítidamente lo radical que en el fondo está siendo el cambio. La tele abierta tenía un poder casi absoluto. La única defensa posible ante ella consistía en apagarla. No había más opciones. Desde su trono emisor, administraba y distribuía no solo la sentimentalidad y la moral sino que, incluso, también organizaba los tiempos del gusto y de la angustia, los horarios para reír o para informarse. Era el centro de la casa. Y muchas veces lo era de manera literal, física.

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Ahora somos los usuarios quienes podemos elegir y decidir qué, cómo y cuándo consumir los contenidos audiovisuales. Ya hace dos años, una encuesta mostraba cómo el 72 por ciento de los jóvenes ven más YouTube que televisión. La migración de la audiencia hacia las plataformas de transmisión en línea ha producido un cambio vertiginoso e irreversible. No solo se trata de un asunto de ratings y de ventas. El propio contenido que definía la ficción audiovisual también ha cambiado.

La telenovela fue el género emblemático de la televisión abierta latinoamericana. Está ligada genéticamente a ella, tiene que ver con su origen, con su naturaleza. Ese folletín cotidiano e interminable, ese culebrón de la mujer pobre que se enamora de un hombre rico fue durante años el producto estrella de la TV latinoamericana con epicentro en México pero que en Argentina tuvo un desarrollo descomunal, desde María Herminia Avellaneda y Migré hasta Estevanez. Hoy en día los culebrones son animales en vías de extensión. No el melodrama sino a esa forma específica de melodrama, ese formato de largo aliento asentado sobre estereotipos y desarrollado narrativamente bajo la premisa de la reiteración y del falso suspenso. Ninguna de las plataformas (Netflix, a la cabeza) que definen hoy el mercado está buscando una “María la del Barrio” de 150 horas.

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No solo es un tema de contenidos. También como objeto la televisión está muriendo. Cada vez más, los jóvenes consumen el contenido audiovisual a través de sus teléfonos. El futuro está en esa pantalla que también es una extensión de la mano. Es una nueva TV, tan personal que te la llevás al baño o te la guardás en el bolsillo. Su relación con el cuerpo crea incluso una intimidad y un poder que antes no existía. De pronto, incluso las pantallas planas, de última generación, comienzan a parecer dinosaurios lejanos e inútiles.

Por supuesto que en los contextos latinoamericanos, donde la pobreza y la de-sigualdad sigue definiendo drásticamente la realidad, este proceso avanza con más lentitud y dificultades. Pero, en general, la vida de la tele abierta parece tener sus días contados. Su margen de acción se va estrechando. Quizás pronto llegue el día en que la política sea la única ficción que se transmita por la televisión abierta. Y mientras nuestros políticos se siguen “matando” por estar en esas pantallas del 13, el 11, el 9 y el 7, la vida pasa por otro lado. Vaya analogía: ellos en la tele y la sociedad en otro lado. Ellos debieran estar ocupándose de generar las condiciones propicias para las nuevas formas de negocios, para que las empresas en  lugar de cerrar y dejar gente sin trabajo, se puedan reconvertir. Porque si bien es la preferencia del consumo la que mata una industria y no un gobierno, es éste el que finalmente debe “atajar” los heridos. Por eso es menester que antes de llegar a ese punto, prevenga, oriente, acompañe e inste a la reconversión.

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