Nelson Mandela. Traer hasta aquí un pedazo de su muerte
Nunca una muerte tan repugnante, tan insípida de torturas iguales repetidas de un continente a otro, los que eran, los que somos diferentes apenas si entendieron los pájaros torvos del amanecer que llegan desde lejos a matar, que llegan a concluir el banquete de almas y luego a digerir las consignas brutales. “¡Que muera Mandela!” Una vez y otra vez hasta que no se pueda morir más allá de esa blancura atroz de los dientes y las uñas “cuando en la dentadura tengas en arma”, dijo José Hernández en el poema a su hija recién nacida. Pero Mandela lo hizo a propósito cuando guardó sus blancos dientes para una resolución de látigo, sombras, oraciones escondidas en las chozas de los vencidos, sangre cubriendo el rostro, más potente esa sangre que el color vibrante de los cuerpos morenos.
¿Y yo qué hago en medio de esta multitud de llanto y esperanza? ¿Qué les digo a los otros, a los pequeños habitantes del alba que van hacia sus salarios de esclavitud y muertes cotidianas? ¿Quien era yo, con mi mirada crepuscular sobre un mundo erosionado, lleno de restos insignificantes, el sonido de un “chelo” lejano, país de la horca y de los terribles ajusticiados de la noche del Ku Klux Kant, repetidas hasta el infinito, si vengo a mi casa y está el almuerzo merecido, la ropa limpia y “calles con faroles que iluminan dulces borrachos viudos y ruidos de zapatos.?” ¿Cómo hago para decirle a este hombre, a esa sonrisa genial repartida en toda la escasez humillante del destierro? ¿Cómo hago para decirle que dentro mío hay una criatura oscura y terrible que quiere aprehender la voz de la justicia, el código de los débiles jamás se ha abierto en mis manos una rebanada de pan, jamás me han dicho, ésto también es un derecho, ésto también es la canción del ahorcado?
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Mandela fue grande, no por la posibilidad de que instaurara un mundo donde la religión, la política y el gobierno pudieran confluir armoniosamente sobre la tierra que es de todos y cuando llora lo hace con lágrimas tremendas. Mandela, en nombre de todos, de la pasión, del rostro desolado de la injusticia y de la reducción de la palabra. Mandela único, haciéndose modelo de barro y espinas, en este mundo donde yo creía que el heroísmo era poca cosa o yacía en las tres monedas que tiramos como salivando en las paredes que nos rodean. Haber creído que el heroísmo era escribir sobre estas cosas, limarlas, hacerlas gelatina de la historia, ahogar el grito como ese muerto que se va a su casa de belleza, habiendo pasado ya los días del dolor y arrodillándose manso sobre los jazmines que gente como yo está poniendo sobre sus huesos.
¡No! ¡Mandela no ha muerto! Si lo creyera, bastaría con terminar el poema aquel que decía “Porque no hay mayor dolor/ que el dolor de estar vivo/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente y me arreglaría para pergeñar tres o cuatro palabras de esas que bastan para dar el pésame o indican que la vida sigue su curso. Porque hay hombres y mujeres que rompen ese destino atroz de los pobres, los analfabetos, los opacos y todavía están gritando lo que yo apenas oigo.
¡Mandela ha muerto! Ojalá una parte de esa barca que tal vez hoy tripula, alcance para un minuto de piedad y desprecio al crimen de los “apartheid” y uno cualquiera pueda extender la mano y saber que prestamente otro la estrechará. ¡Se nos ha muerto, sí desde Pergamino hasta Sudáfrica se nos ha muerto! Sería triste no comprenderlo así.










