Nada será igual después de Trump
El partido de Lincoln ha pasado a ser el partido de Donald Trump. El abrasivo magnate que aspira a ganar la Casa Blanca se ha convertido oficialmente en el hombre más poderoso del Partido Republicano tras la convención de delegados electos, y lo ha hecho muy a pesar de los grandes jerarcas de la vieja formación política, a los que Trump se ha enfrentado en varias ocasiones, abriendo un cisma que para muchos analistas es casi irreparable.
El rival de Hillary Clinton por la presidencia en las elecciones del 8 de noviembre ha hecho del insulto y del nacionalismo la base de su mensaje electoral, y se ha llevado por delante a todo el que se ha puesto en su camino, incluidos muchos donantes. Sus hipérboles veraces, como él mismo las califica (dice que la gente quiere escuchar que algo es lo más algo: lo más grande, lo más malo, lo más espectacular) y sus agresivas declaraciones le han proporcionado un lugar privilegiado en el tratamiento periodístico. Ya se sabe: la mala prensa es, al fin, prensa. No es de extrañar entonces que las grandes marcas comerciales hayan huido de la convención republicana estos días por miedo a que se las relacione con un candidato tóxico pero la gente no habla de otra cosa. El aura de ganador del exitoso empresario también ha concitado la atención de un electorado renuente a participar de la votación por su presidente.
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Esto sucede en las calles, pero en el microclima político, su incursión (más allá del resultado de noviembre) ha resultado ser un cisma, especialmente dentro del Partido republicano. Su lema, Hacer de Estados Unidos un país grande otra vez, ha pasado a un segundo plano. Hoy el debate interno es el apoyo o no a Trump y desde ese punto se toman todas las decisiones y se determinan las estrategias de campaña. Hacia adentro, el Republicano es un partido quebrado y lo único que verdaderamente une a los delegados es el resentimiento hacia la candidata demócrata, que, según todas las encuestas, gana a Trump por entre dos y seis puntos.
Están los delegados que apoyan sin retaceos al empresarios, los que lo defenestran y los que se posiciona tras él siguiendo un criterio oportunista, solo porque no quieren que la Casa Blanca sea ocupada por cuatro años más (sería el tercer mandato seguido) por los demócratas.
Durante la convención republicana de Cleveland que acabó el miércoles, el único momento de unidad de ese piano desafinado que es el Partido Republicano llegó a la hora de criticar a Clinton. El neurocirujano Ben Carson, excandidato republicano a la presidencia durante las elecciones primarias, la llamó Lucifer.
Pero no fue el único ni el más duro. El gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, arengó a aquellos que en la convención piden que Clinton vaya a la cárcel por la reciente denuncia que recibió Hillary de haber utilizado un servidor privado y un mail particular para comunicar acciones oficiales cuando era secretaria de Estado. No podemos tener como comandante en jefe a alguien que ha puesto el país en peligro con su mal juicio, señaló Christie, quien dijo que la demócrata es culpable y debe ir a prisión por el apoyo a la apertura de relaciones con Cuba, su trabajo como secretaria de Estado en Oriente Medio y por poner secretos nacionales en peligro.
Más allá de Clinton, el partido está totalmente fracturado, algo evidenciado no sólo por el hecho de que las grandes figuras no han querido ir a la convención. Durante la votación para ratificar a Trump como candidato, 721 delegados votaron en contra de la nominación. En total, Trump logró el apoyo del 69,8 por ciento de los 2.472 delegados. Semejante ola de rechazo a un candidato no se veía en el partido desde 1976, en la convención en la que Gerald Ford se impuso a Ronald Reagan. Cabe señalar que en las primarias y caucus, los ciudadanos eligen a estos electores que luego nominan el candidato en la convención, pero lo hacen sabiendo de antemano a qué precandidato de la interna referencian. Por eso la elección en la convención es solo un acto formal de designación de quien, ya se sabe por cómo votaron en cada Estado, será el candidato del partido.
En el pleno de la convención, la coronación de Trump era todo menos universalmente celebrada. Muchos delegados aplaudieron por cortesía tras la victoria y unos pocos se esfumaron rabiosos del recinto. Estoy decepcionado, pero es lo que es, dijo el senador de Utah Mike Lee. Esto muestra, como decimos, que sin negar que Trump ha cosechado la sincera adhesión de muchos electores , otros tantos se encolumnan por interés partidario y soportan que el empresario sea el candidato para no debilitar más al republicanismo y perder nuevamente la presidencia.
Ya resignada, la élite del Partido Republicano ha puesto su mirada en las elecciones de 2020. Por ello, quien fue el gran rival de Trump en las primarias, el senador Ted Cruz, no ha hecho otra cosa estos días que verse con grandes donantes y activistas. Pero antes Clinton tiene que derrotar a Trump, ese candidato cómico por el que nadie daba nada cuando se presentó a las primarias en 2015, con su discurso demagógico lleno de insultos y propuestas polémicas, como la construcción de un muro en la frontera con México. Aquel cómico es hoy jefe del partido de Lincoln.
Los candidatos, el republicano Donald Trump y la demócrata Hillary Clinton, van cabeza a cabeza en la campaña por la presidencia, ambos rechazados por muchos electores, cuya confianza se deteriora, principalmente con relación a la exsecretaria de Estado, afectada por el caso de los e-mails que se destapó hace unas semanas. Y en el caso del magnate, por su bocota. Recientemente dijo, con arrogancia y nuevamente recurriendo a una hipérbole: Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos.
En nuestro país, declaraciones de este tipo o acciones como la de Hillary desactivarían al instante cualquier candidatura, pero estamos hablando de Estados Unidos, un país donde el voto es voluntario por lo que, la primera acción necesaria es despertar el interés para que la gente vaya a votar. Y eso lo logran tanto apelando al amor y el voto a favor como odio visceral y el voto en contra de.
La incertidumbre seguirá por unos meses más, también el show y seguramente más frases polémicas que se potenciarán a medida que se acerque el día de las elecciones, el próximo 8 de noviembre. Hasta esta fecha seguramente los dichos y los gestos irán en una pirámide ascendente. A punto tal que algunos analistas evalúan que un ataque terrorista en el propio territorio de Estados Unidos sería la coronación indiscutida de Donald Trump. Queremos creer que ni el magnate ni nadie en su entorno anhela que esto suceda y lo propiciará. Por el lado de Hillary, el golpe de gracia podría venir de la mano del anuncio de su vice: se especula con que la exprimera dama convoque a un republicano disidente. Nosotros ya lo hemos visto, recordemos la fórmula Kirchner-Cobos, pero que lo estemos considerando para un país estrictamente bipartidista como Estados Unidos, es, por lo menos insospechado y marcaría el acabose de la política del norte como la conocemos hasta hoy.
Como vemos, el epicentro del mundo democrático también tiene sus chicanas.
















