Mireya Suárez y Don Eugenio: un tambo que nació para que cuatro hijos pudieran estudiar
La dueña de la fábrica de quesos de Pergamino contó cómo pasó de profesora de inglés a dirigir una empresa con nueve sucursales que ahora piensa en franquicias.

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Mireya Suárez dice que Don Eugenio es una historia de amor más que de quesos. La fábrica que hoy funciona en el parque industrial de Pergamino nació en un tambo, con un objetivo concreto: que sus cuatro hijos pudieran irse del pueblo a estudiar. En Punto Urteaga repasó ese recorrido, desde los primeros quesos hasta el proyecto de franquicias.
Un sueño para los hijos
Mireya y su esposo, Alfredo Trucchia, vivían en Conesa y tenían cuatro hijos, nacidos con dos años de diferencia cada uno. “Estábamos en un pueblo que en muchas cuestiones es hermoso, pero en muchas otras te limita. Entonces nos pusimos a pensar qué podíamos hacer para que nuestros hijos pudieran estudiar”, contó.
Ella era profesora de inglés en las escuelas secundarias de Conesa y él trabajaba en la cooperativa. En sus horarios libres tenían también algo de actividad agropecuaria. “Los dos teníamos trabajo, pero no era nada seguro para poder ayudar a la familia y cumplir el sueño”, explicó.
“Los emprendedores trabajamos por nuestros sueños. Uno de mis primeros sueños fue que los chicos pudieran irse del pueblo a la ciudad a estudiar lo que quisieran”, afirmó.
El consejo del abuelo
El nombre de la empresa es un homenaje. Don Eugenio fue el abuelo de Alfredo, un italiano que llegó al país después de la guerra. Alfredo era su primer nieto, y el abuelo le hablaba de lo que había vivido, de cómo superar la adversidad y del entusiasmo que había que ponerle al trabajo.
Cuando tuvieron que decidir qué hacer, Alfredo recordó esas conversaciones y propuso poner un tambo, porque en el campo es una de las actividades que generan dinero a diario. “El abuelo nos dijo que en el campo, para superarse, hay que agregar valor. Él decía: ‘Si vos hacés trigo, tenés que vender pan’”, recordó Mireya.
Siguieron ese criterio. “Dijimos: vamos a armar un tambo y no vamos a vender la leche fluida”, relató. Así empezaron a construir el tambo en 1996, con pocas vacas y elaborando algunos quesos.
De las aulas a los fermentos
En ese proceso, la profesora de inglés descubrió una vocación inesperada. “Ahí descubrí una pasión que tenía oculta. No sabía que me iba a gustar tanto el mundo de los fermentos, de los sabores, de los colores, de la maduración”, contó.
Al principio era un tambo fábrica, un modelo común en esa época: ordeñaban y con la leche que obtenían elaboraban los quesos. Pero el modelo tenía un límite. “No podíamos comprar leche en otro lado para producir más, por los caminos de tierra. Estábamos limitados a trabajar nuestros litros, nada más”, explicó.
Por eso, cuando les ofrecieron un lote en el parque industrial, decidieron comprarlo, aunque al principio les pareció inmenso.
De la terminal a nueve sucursales
La Municipalidad de Pergamino los ayudó con un salón en la terminal de ómnibus para vender los primeros quesos. Esa experiencia les mostró la otra parte del negocio. “Ese local en la terminal nos enseñó que teníamos que producir y también vender directamente al público nuestros quesos”, señaló. De ahí surgió la idea de abrir locales propios.
Cuando tenían tres locales en la ciudad, pensaron en abrir el cuarto en Salto. Entonces los visitó un especialista en marketing brasileño que hacía un programa sobre jóvenes emprendedores rurales y filmó todo el circuito de la empresa: el campo, el riego, el maíz, el alimento de las vacas, la fábrica y la venta. Les recomendó no irse de Pergamino, porque iban a tener gente que les comprara. “Le hicimos caso y seguimos poniendo locales en la ciudad”, contó.
Llegaron a la pandemia con cinco locales y en ese período abrieron dos más. Hoy Don Eugenio tiene siete sucursales en Pergamino, ubicadas en distintas avenidas, y otras dos fuera de la ciudad, en Rojas y en San Nicolás. En esos locales vende un alto porcentaje de lo que elabora.
A eso se suma la venta mayorista: un camión de la empresa sale todos los días por las rutas hacia San Nicolás, Colón, Rosario y San Pedro. También tienen vendedores que recorren Pergamino, San Nicolás y Rojas para ofrecer sus productos.
La pandemia y la pérdida de Alfredo
Durante la pandemia, Don Eugenio se volvió un negocio de cercanía. “Siempre pienso en los clientes, en lo que Pergamino nos da y nos devuelve”, dijo Mireya. Organizaron pedidos y repartos sin costo para que los clientes, muchos de ellos jubilados, no tuvieran que salir. También desarrollaron la leche fluida y sumaron productos para ampliar la oferta de los locales.
Ese período también fue el más duro para la familia. “La pandemia se llevó a Alfredo. Fue algo muy fuerte, muy duro, un golpe grande para la familia. De ahí en más, retomamos con fuerza en su memoria”, contó.
Hacerse cargo no le resultó ajeno. “Alfredo se ocupaba más de otros temas, y en la fábrica siempre estuve yo. Tuve que aprender todo lo relacionado con la elaboración y el mundo de los quesos, porque a él no le interesaba tanto. Entonces no me costó tanto hacerme cargo de la fábrica”, explicó.
Una familia ligada a la empresa
El primer sueño se cumplió. Los cuatro hijos se fueron a estudiar, se recibieron y volvieron. Hoy están casados y Mireya tiene nueve nietos. “Cuando la última se recibió, dije: ‘¡Ya está!’. Pero después surge otro sueño”, contó.
Cada uno trabaja desde su lugar. Una de sus hijas es diseñadora gráfica, tiene un estudio en Junín y se ocupa del diseño de la marca. Otros participan en la administración y en el día a día de la empresa. “Cada uno es económicamente independiente en su vida, pero todos están ligados a Don Eugenio de algún modo”, resumió.
Franquicias, un día a la vez
La empresa atraviesa un proceso de crecimiento en la producción y la red de locales propios empezó a ser un límite. “Ya no podemos atender todo lo que cada local reclama. Entonces pensamos que ese modelo de venta lo deberíamos hacer crecer a través de franquicias”, explicó.
“Ese es un mundo desconocido para nosotros, pero ya no nos asustan los mundos desconocidos. Elaborar quesos también era desconocido para mí y lo pude hacer”, agregó.
Por ahora, el foco está en la mudanza del local de Rojas a un espacio más grande y cómodo. “Hoy estamos enfocados ahí. Un día a la vez”, dijo.
De familia emprendedora a pyme
Mireya recordó que fue el municipio el que, cuando los conoció en el campo, les dijo que eran una familia emprendedora. “Uno está todo el tiempo enfocado en lo suyo, luchando por lo suyo, y no se da cuenta”, señaló. Lo mismo le pasó años después: “Un día nos preguntaron: ‘¿Ustedes son una pyme?’. Y no te das cuenta, porque vas sumando esfuerzos, sumando desafíos, cumpliendo sueños”.
Suele dar charlas en escuelas a alumnos que terminan la secundaria. Su consejo es el mismo: “Que sueñen, aunque parezca grande, aunque parezca difícil, aunque parezca lejano. Hay que soñar en grande, trabajar y levantarse cada día pensando en qué te vas a enfocar para cumplir tus sueños. Cuesta y es difícil, pero no es imposible”.
También insistió en cambiar la mirada sobre las dificultades: “Tratemos de que cada problema deje de ser un problema y pase a ser una oportunidad. A veces se gana; otras veces, se aprende”. Hoy ya no elabora ni etiqueta quesos, pero sigue en la fábrica: “Ese es mi lugar. El buen líder es el que enseña”.
Lo que dejó Alfredo
Sobre su esposo, eligió una palabra: admiración. “Amé a Alfredo y tuve la suerte de tener un matrimonio hermoso, pero creo que lo admiré más. Admiraba la forma en que encaraba las cuestiones, cómo iba hacia adelante, cómo averiguaba. Eso me enseñó”, dijo.
Mireya Suárez es la invitada de Punto Urteaga, la columna gastronómica de Juana Urteaga en LA OPINION PLAY.



























