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Matrimonio igualitario, para todos y todas, en Estados Unidos

28 de junio de 2015 a las 12:00 a. m.

Una conmoción, dividida en grandes apoyos y grandes rechazos se produjo en los Estados Unidos cuando se escuchó en la sala de la Corte Suprema un fallo histórico que  reconoció el matrimonio gay en todo el territorio de la nación del norte. En la sala hubo abrazos, llantos y muestras de alegría, mientras que los conservadores no estaban contentos ya que no apoyaban la medida.

La decisión dividida (5-4) de los magistrados del máximo tribunal convirtió a Estados Unidos en el 21º país en avalar el casamiento entre personas del mismo sexo, un giro que acentuó una desigualdad global: mientras que en Europa o América se han ampliado los derechos de los homosexuales, otros países, como Rusia, los restringieron.

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Lo mismo sucede en países de Oriente Medio, donde la homosexualidad es considerada una desviación inaceptable para los cánones sociales, sustentados por fundamentos religiosos y es severamente penada.

En Estados Unidos hace unos 40 años que esperaban una decisión de estas características, por eso gran cantidad de público, dentro y fuera del tribunal, esperaba la decisión de los jueces. Y una vez conocido el resultado se produjo un festejo enmarcado de banderas con los colores del arco iris que se extendió luego a todo Estados Unidos, con una frase que se repitió todo el día en las redes sociales: #LoveWins (el amor gana).

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En un breve discurso en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, el presidente Barack Obama celebró el fallo. Dijo que era una victoria para el persistente esfuerzo de los activistas, las parejas gay y sus familias, y, también, para Estados Unidos, ya que reafirmaba el principio de igualdad ante la ley.

En esta circunstancia como sucedió en la Argentina, en España y en todos los países donde se permite el casamiento entre personas del mismo sexo, muchas parejas van a poder regularizar su situación, sobre todo en cuestiones prácticas como tener la cobertura médica por alcance conyugal o heredarse mutuamente. Por lo demás, muchos gays y lesbianas hace años que conviven, pero lo que les cambiará la situación es tener derechos civiles como matrimonio.

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Por su carácter de nación federal a ultranza, en Estados Unidos se da un fenómeno que también se explica desde su amplitud territorial. Por sus bases constitucionales (las mismas que tomó Argentina en 1853 solo que aquí de un modo mucho más morigerado), cada Estado (provincia) dictamina su propio cuadro legal, salvo en cuestiones de interés nacional, asuntos para los cuales se aplica la ley federal. El espíritu de esta modalidad es que en cada uno de estos territorios se generen leyes acordes a sus realidades. Por ejemplo, en el caribeño y soleado Estado de Florida, no tiene razón de ser un cuadro legal sobre la cacería de osos, sencillamente porque esa realidad no existe. Sin embargo, en el uso extendido de esta potestad, los Estados han reglado sobre cuestiones generales que no atañen específicamente al lugar en cuestión. De este modo, se dan situaciones controversiales como que en un Estado esté prohibido consumir alcohol hasta los 21 años y en otros a los 18, como si no se tratara de un hábito de todos los estadounidenses. Por este motivo también es común ver en las películas norteamericanas la permanente migración de ciudadanos de un Estado a otro, huyendo del alcance de la ley. Lo mismo sucede con las penalizaciones, lo que deriva que un mismo crimen puede ser sancionado con prisión perpetua en un distrito y con la muerte en otro.

Hasta el viernes, el matrimonio igualitario en el país del norte solo era reconocido en algunos Estados, razón por la cual las parejas del mismo sexo iban de aquí para allá para dar marco legal a su relación pero, a la postre, de acuerdo con donde residieran, su enlace ante la ley podría no tener los mismos efectos. Es decir que aquel homosexual nacido u habitante de un Estado de los más conservadores, como Michigan o Kentucky, por el solo hecho de residir allí no tendría los mismos derechos que otro homosexual de un Estado más liberal, como Nueva Jersey o Nevada.

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Claramente, es un federalismo mal aplicado porque, como decimos más arriba, el sentido de que cada distrito pueda legislar es brindar respuesta a sus particularidades y no aplicar imprimir un criterio propio a cuestiones generales como lo son la identidad sexual o el consumo de alcohol, que trascienden lo territorial para ser inherentes a la ciudadanía en general.

Por eso este fallo de la Corte Suprema vino a poner unidad y equidad a un asunto para el cual había diferentes respuestas según la división territorial.   

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Como sucede también en todos los países donde se ha establecido esta norma, el fallo, además al mismo tiempo que eliminó las divisiones distritales, dejó al descubierto la división política que genera el matrimonio gay. Los demócratas se unieron a Obama en la celebración, mientras que los republicanos, incluidos los dos candidatos presidenciales moderados del partido, Jeb Bush y Marco Rubio, lo criticaron. 

Pero lo cierto es que el matrimonio homosexual es desde el viernes legal en todo Estados Unidos. Para ello no se sancionó una nueva ley sino que fue por “default”: el Tribunal Supremo, máxima instancia judicial en este país, declaró ilegales las leyes que en los 14 Estados aún prohibían el casamiento entre personas del mismo sexo. Tras décadas de lucha, en pocos años los estadounidenses y sus líderes, contrarios hasta hace poco a la equiparación de los derechos de gays y lesbianas, han dado un giro irreversible. La decisión, comparada con la que en 1954 ilegalizó la segregación racial en las escuelas, cierra una era de discriminación. Aunque, cierto es reconocerlo, no siempre se lo vio así sino que se ha producido en los últimos 20 años un cambio de mentalidad paulatino y generalizado en la sociedad mundial, solo falta que poco a poco los cuadros legales se vayan adaptando a este pensamiento. Venimos de tiempos de tapujos -en que ni siquiera quienes padecían Sida se atrevían a decirlo- que se han ido superando.

El caso Obergefell contra Hodges, director departamento de Sanidad de Ohio,  pasará a los libros de historia con otros casos como Brown contra el Consejo educativo de Topeka o Roe contra Wade, que han transformado a EE.UU. James Obergefell y los otros demandantes que pedían al Supremo que ilegalizase las leyes que, en Michigan, Kentucky, Ohio y Tennessee, definían el matrimonio sólo como la unión entre hombre y mujer.

El tribunal dio la razón a Obergefell. Anthony Kennedy, el juez centrista que suele desempatar en las decisiones reñidas y que redactó el fallo, argumentó que las leyes de estos cuatro Estados vulneran la 14ª enmienda de la Constitución, que consagra la igualdad ante la ley y, según el fallo, “exige al Estado que case a dos personas del mismo sexo”. “Piden una dignidad igual a los ojos de la ley”, escribió Kennedy en referencia a los demandantes. “La Constitución les garantiza este derecho”.

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Automáticamente, la decisión sobre los cuatro Estados demandados se aplica a los 10 que solo permitían casarse a un hombre con una mujer. De golpe, el matrimonio homosexual, hasta ahora legal en 36 Estados, lo es en los 50 de la Unión, sin excepción.

La primera potencia, la democracia más poderosa, un país con un largo historial de discriminación pero también de batallas por los derechos civiles, propicia el mayor avance en décadas, quizá en la historia, de los derechos de gays. Quienes se oponen al fallo de ayer tiene poco margen para revocarlo. Deberían enmendar la Constitución o lograr que los jueces —los actuales u otros más conservadores— dictasen otro fallo que anulase el actual. El juez conservador Antonin Scalia describió la decisión, en un voto particular, como un “golpe de Estado judicial” y dijo que el Tribunal Supremo es una amenaza a la democracia estadounidense. El argumento de la minoría conservadora es que los jueces se han excedido al intervenir en un asunto que debería decidir el pueblo.

Hace medio siglo, todos los Estados de EE.UU. menos uno (por esta cuestión de las leyes estatales) criminalizaban la homosexualidad, y la Asociación Psiquiátrica Americana la calificaba de enfermedad mental.

Hace solo 10 años, el único Estado en permitir las bodas entre personas del mismo sexo era Massachusetts. Mientras que el Tribunal Supremo se lavaba las manos y descansaba en un abuso de federalismo al expresar que cada Estado debía decidir por su cuenta. “Mis creencias religiosas dicen que el matrimonio es algo santificado entre un hombre y una mujer”, decía Obama en 2004, cuando aspiraba a ser senador por Illinois. Todo ha cambiado en pocos años: las Fuerzas Armadas aceptan a gays y lesbianas, el Gobierno federal ya reconoce a efectos administrativos a los matrimonios homosexuales y Obama se ha sumado al movimiento.

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Precisamente el fallo de la Corte demostró además el peso que han ganado los movimientos sociales. Esto va produciendo cambios que los progresistas aplauden y los conservadores rechazan. Sin embargo la sociedad tiene reclamos que en los últimos años vienen siendo escuchados.

Lamentablemente, en todo el mundo (y bien lo sabemos en Argentina) estos procesos que se dan en la sociedad civil tienen una réplica mucho más lenta en el ámbito jurídico, mientras que en el ámbito político, siempre van pendientes de los intereses de los gobernantes de turno: si sirve en términos electorales, el tema es embanderado; si resta, es cajoneado hasta un nuevo gobierno o turno comicial. Es parte del juego de la representatividad.

Pero lo positivo a rescatar es que, tarde o temprano, la voz del pueblo es escuchada. Y en que suceda más temprano que tarde, el activismo social con sus movimientos juega un papel fundamental. 

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