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Magdalena Diguero, una mujer que supo sobreponerse a la adversidad

06 de octubre de 2013 a las 12:00 a. m.

 Magdalena Diguero, en la calidez de su casa, recreó diversos aspectos de su vida.

(LA OPINION)

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Amenudo el hogar es el espacio que más dice de las personas. Allí están las marcas de la vida cotidiana, las huellas de la convivencia con los otros. La esencia. La casa que Magdalena Luján Diguero, viuda de Echeverría, comparte con su hija Angie y su nieta Lucila es cálida. Como ella, que recibe la entrevista con la disposición de quien no tiene dobleces ni teme contar sus secretos.

Es elegante. Se abre a la charla maquillada y perfumada. Pero apenas avanza el diálogo confiesa que eso no forma parte de la preparación para un reportaje, sino que es la constante de cada uno de sus días. Hace de su cuidado personal un ritual del que disfruta. “Lo primero que hago cuando me levanto es bañarme y maquillarme, me gusta estar arreglada, siempre fui muy coqueta”, señala.

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El 9 de noviembre cumplirá 83 años. No los representa en su aspecto físico. Sí, en la profundidad de su pensamiento y en la claridad de las ideas. Tiene el temple que dan los años.

Las primeras referencias que hace en el diálogo tienen que ver con la infancia y con el barrio en el que vivió “desde siempre”.

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“Nací en el barrio Acevedo, a pocas cuadras de aquí, en una casilla que estaba al lado de las vías, porque mi mamá era ferroviaria”, cuenta. El recuerdo de sus padres Angelina y Alberto está presente, lo mismo que el relato de anécdotas que tienen como protagonistas a sus hermanos: Carlos, Héctor, Rubén, Juan.

“Juan y Rubén viven, los otros dos fallecieron”, agrega y comenta que ella es la mayor y por tal la encargada de cuidarlos.

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“Tengo muy lindos recuerdos de mi niñez, recuerdo casi todo, nací donde están las vías, en aquel tiempo había una casilla en la que vivíamos porque mi mamá atendía las barreras del ferrocarril, un puesto que había heredado de su padre”, cuenta y enseguida menciona a su papá, que era oficial albañil.

“Teníamos una vida sencilla, algunas veces era yo la que estaba en la barrera, aunque por ser la mayor me dedicaba más a cuidar a mis hermanos, tenía que hacerme cargo de ellos”, continúa.

Los recuerdos la llevan hasta la Escuela Nº 22, donde hizo hasta tercer grado. “Después no pude ir más porque tenía que cuidar a mis hermanos”, señala. 

En el tono del relato se nota que tomó cada circunstancia de la vida con naturalidad. Así fue creciendo. A los 15 años en un baile de disfraces del Club Douglas Haig conoció a Hipólito Echeverría, se pusieron de novios y se casaron cuando Magdalena tenía 22 años.

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“Me gustaba ir a bailar, lo hacía hasta que me puse de novia, después ya no”, ríe.

Ya casada decidió quedarse a vivir en el barrio y estableció su casa en San Lorenzo y Chiclana.

“Mi esposo era chapista, tenía el taller pegado a la Clínica Pergamino, por calle Rivadavia, en sociedad con Dall’Asta”, cuenta.

Aunque Magdalena nunca trabajó en relación de dependencia, siempre encontró formas de estar en actividad. “Fui ama de casa siempre, pero además trabajé en casa, tuve peluquería, kiosco, mercería, aprendí cosmetología, hacía limpiezas de cutis y masajes”.

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Inquieta y emprendedora, también tuvo una peluquería en la ciudad de Colón. “Esa experiencia me dejó lindos recuerdos”, señala.

“Una prima mía había estudiado en Buenos Aires y me vino a ofrecer que trabajáramos juntas, llevé mis elementos para allá y viajé dos años, fue una experiencia muy linda, de la que tengo los mejores recuerdos”, agrega.

“Desde que era chica aprendí corte y confección, cosía para afuera, tejía para afuera, bordaba para afuera; hice de todo”. 

 

La adversidad

A lo largo de su vida Magdalena tuvo que sortear no pocas dificultades. Sin embargo, nunca perdió su optimismo. “Con mi esposo tuvimos dos hijos, Carlos y Angie. Carlos falleció hace diez años, fue la experiencia más difícil que me tocó vivir, no hay palabras para definir lo que significa la pérdida de un hijo”, refiere mientras fluye la charla. A pesar del reconocimiento de ese dolor, no hay en el tono ninguna queja. 

“Hoy Carlos tendría 60 años, hace diez que falleció, luego de dos años de haber estado enfermo”, señala con la precisión de un hecho que marcó un antes y un después en su vida.

“Se sobrevive, con un poco de voluntad, se consigue, además tenés que pensar que hay otros que te necesitan, pensando en ellos es que salís adelante”, afirma convencida de que en el amor está la clave.

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“Igualmente para mí, mi hijo no murió, está siempre conmigo, acá hablamos de él como si estuviera presente”, afirma y reconoce que una pérdida de ese tipo “es lo peor que te puede pasar; se te puede morir tu esposo, tu mamá, pero un hijo no, no estamos preparados para que eso ocurra”.

 

La enfermedad

“Además de la muerte de mis hijo, arrastro el venir operada de dos cánceres, uno de intestino y otro de mamas, pero logré salir adelante y superar esa experiencia”, refiere en otro momento de la entrevista.

“El primer diagnóstico fue antes de lo de Carlos y el otro, después”, apunta y confiesa que “siempre lo tomé como una enfermedad común.

“Jamás digo que he tenido cáncer con temor, para mí es una enfermedad común frente a la cual tenés que poner voluntad, porque si te anticipás pensando en lo que puede pasar más adelante, es más difícil; yo soy una mujer de fe y nunca le tuve miedo a la enfermedad, eso me ayudó mucho a superarla.

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“La enfermedad no me ha cambiado para nada”. Considera que para enfrentar el diagnóstico de una patología oncológica “hay que tener confianza en vos misma y pensar siempre que vas a salir adelante”.

 

Los afectos

Además de su carácter, el entorno afectivo es el que tal vez le haya permitido a Magdalena sobrellevar y reponerse a cada obstáculo. “Vivo con Angie y con Lucila, su hija y mi nieta, somos tres generaciones pero nos llevamos muy bien”, cuenta.

Su contexto afectivo se completa con sus otros nietos: Melisa, Jimena y Nicolás; su bisnieto: Alvarito a quien define como “un diablito hermoso que me lleva loca”; y su nuera Stella, que está en pareja con Luciano García. 

“Los amo profundamente y llenan mi vida”, confiesa.

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Haciendo

Magdalena asegura que en la actividad hay una clave para sentirse bien. “A mí me gusta hacer de todo, manualidades, tejer al crochet y con dos agujas, cartapesta, lo que venga; también me gustan las plantas y disfruto de arreglar el jardín”, confiesa. 

“Hice de todo y por suerte hago de todo, digamos que los objetivos de mi vida los tengo cumplidos, aunque espero tener más”, confiesa y el horizonte de los proyectos se abre hacia cosas sencillas. “Me gustaría cantar, pero no puedo hacerlo por una secuela que dejó la quimioterapia.

“Igual no me lamento, utilizo mi tiempo en cosas productivas, tengo Facebook, correo electrónico, siempre estoy conectada con amigos; no tengo una vida social demasiado intensa porque me gusta mucho estar en mi casa”, asevera. 

En su presente la amistad ocupa un lugar importante de su vida. Aunque prefiere no dar nombres para “no olvidarme de nadie”, se siente acompañada y querida por amigos entrañables.

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“Soy una enamorada de la vida y del amor y te diría que soy una persona optimista que desea terminar sus días bien”, señala.

Se define a sí misma en ese optimismo y en el coraje. “Creo que no soy una persona jodida”. Tiene un diálogo joven, y una mentalidad abierta.

“Soy una optimista desde siempre, lo que me propongo, lo consigo, le veo siempre el lado positivo a las cosas y nunca digo, esto no se puede hacer”.

Tiene rutinas simples,  hábitos saludables y rituales cuidados como el del buen desayuno. “Ahora estoy escribiendo mi historia, lo hago para mí, como algo reservado que tiene que ver conmigo y de paso ejercito una tarea que siempre me gustó, que fue escribir”, confía.

En el living de la casa, en el espacio contiguo al de la charla, está la computadora. La usa para comunicarse con su gente. Seguramente con ese ordenador y en los cuadernos que están cuidadosamente guardados va ensayando el relato de una historia de vida, la propia. Tiene para hacerlo las mejores herramientas: la inspiración de quien ha transitado el camino plenamente; el bagaje que dejan las experiencias vividas; la capacidad de no haberse cerrado ante el dolor; y el optimismo que permite tener una mirada esperanzada del futuro.

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