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Los productores del campo que tuvieron que reconvertirse por las erróneas políticas del Gobierno

04 de octubre de 2015 a las 12:00 a. m.

Más de un ciudadano alguna vez ha ansiado contar con un pedazo de tierra para producir y así olvidarse de sus zozobras económicas. El chacarero en 4x4 es envidiado por muchos que viven de un salario o de la ganancia que le deja un pequeño comercio. Pero pocos sopesan los riesgos que significa vivir de una industria a cielo abierto. El productor invierte y realiza su trabajo como todos, con la diferencia de que en pocas horas, sin posibilidad de evitarlo, un fenómeno climático puede dejarlo en la ruina. Así como mucha gente, el Gobierno suele olvidar este factor exógeno y minimizar el costo y el riesgo que implica hacer crecer el “yuyito”, como la presidenta se refirió alguna vez a la soja.

Las cuestiones climáticas y la presión impositiva han sido los motivos centrales para que muchos productores tuvieran que dedicarse a otras profesiones, oficios o empleos. Todos ellos fueron expulsados del campo en los últimos años y ahora hacen cosas completamente distintas. Debieron reinventarse en otras actividades porque la situación del campo los llevó a la ruina.

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Inundaciones, sequías, granizadas no afectan ni remotamente en la misma medida a quien fabrica zapatillas que a quien siembra un campo. Para un productor agropecuario estos fenómenos significan cosechas perdidas que lo llevarán, en el mejor de los casos, a endeudarse para volver a comenzar la campaña siguiente. Si a esto le sumamos la presión impositiva que no cesa sino a lo sumo se posterga cuando el Gobierno declara -en casos extremos- una emergencia, es sencillo advertir que este sector no está siendo comprendido en sus necesidades e importancia. Porque lo que sucede cuando al campo le va mal, afecta a todos pero en primera medida al propio Estado, que ve diezmado sus ingresos por los tributos a la comercialización. En segunda instancia, el comercio de zona agrícola se reciente. Y finalmente, todas grandes ciudades que empiezan a colmarse de los trabajadores rurales que buscan empleo allí donde hay más oportunidades. 

La presión impositiva es cada vez más asfixiante, existen trabas a la comercialización y a una falta de políticas que lo rescaten cuando atraviesan situaciones dificultosas. Concretamente, cuando una zona es considerada en emergencia por un desastre natural, se le traslada el pago de impuestos por un plazo pongamos, por ejemplo, dos años. Pero para quienes han padecido varios problemas climáticos y ya están endeudados, como sucede hoy día que el cereal sin cosechar ya está comprometido para el pago de los insumos utilizados, esa extensión del pago de impuestos no implica un rescate al productor, porque llega cuando igual no puede pagar esas cargas y tampoco tiene para una nueva siembra. Estos parches ya no sirven. Los reclamos del agro no pueden circunscribirse a la rebaja del precio del gas-oil, a la eliminación del impuesto a los intereses o el de la renta presunta. Hacen falta cambios macroeconómicos de fondo porque sin ellos la inmensa mayoría de los productores agropecuarios –que son los pequeños y medianos- continuarán condenados a navegar a bordo del Titanic. Y algunos ya se hundieron. Los que pudieron alquilaron su campo y otros directamente se vieron obligados a venderlo para meterse de lleno en actividades desconocidas para ellos, a fin de poder generar dinero.

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Según un informe del Instituto de Estudios Económicos y Negociaciones Internacionales de la Sociedad Rural Argentina, entre 2002 y fines de 2015 unos 95.343 productores habrán dejado de serlo. Es una cifra apenas menor a los 100.000 que se perdieron en los 90.

El dato surge de los censos agropecuarios de 2002 y 2008 y de proyecciones sobre la base de una fórmula de cálculo que realizaron en la entidad y que permite llegar a los 95.343 productores menos. Así, a fines de 2015 serán 202.000 las empresas agropecuarias que quedarán en pie.

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Según el estudio de los ruralistas entre 2002 y 2008 se perdieron unos 7.700 productores por año, unos 21 productores por día.

Hay en el mundo una tendencia a la concentración, es decir que sobreviven los grandes propietarios en detrimento de los pequeños y medianos. Y en Argentina, en una esgrimida lucha para combatir estos pooles de siembra, se han venido aplicando políticas que ni siquiera los rozan; es más, terminan beneficiándolos, porque al dañar severamente a los productores de pequeñas extensiones (insistimos: la mayoría en este país), el pez gordo termina devorándose al más chico y haciéndose precisamente más gordo.
Es tal la desprotección que generan las actuales políticas agropecuarias al campo, que han acelerado la concentración con la salida de los pequeños productores del negocio. 

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Las retenciones, la falta de competencia en los mercados por trabas a las exportaciones, la falta de ajuste por inflación, la ganancia mínima presunta, la distorsión de precios relativos y altos costos del transporte, son un cocktel que sólo grandes productores pueden enfrentar.

Desde 2002 hasta la actualidad, uno de cada 20 productores que salieron de la actividad son productores tamberos. Esto tuvo un impacto social importante por ser mayormente empresas familiares. Son más de 5.000 familias o 15.000 personas que dejaron la actividad. Esto se nota mucho en la provincia de Santa Fe que es una cuenca lechera importante en la región. Y que desde hace años vienen reclamando atención respecto a las pocas probabilidades que tienen para sostenerse, sin que se los haya escuchado.

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Si bien las razones por las cuales hay productores que han abandonado la actividad, una carga de frustración se llevan consigo, porque en la gran mayoría de los casos habían recibido el campo de abuelos y padres y allí habían pasado buena parte de su vida. No pensaron jamás en dedicarse a otra actividad y la vida (en realidad las medidas económicas) los sorprendió para mal.

Mientras tanto el sector sigue sufriendo la crisis que lo aqueja, por la pérdida de rentabilidad y la presión impositiva y hasta que no llegue diciembre y se anuncien nuevas medidas, no hay expectativa de cambio alguno, mientras se mantenga la actual administración, con quien el campo ha tenido una mala relación que se ha transformado en nula.

Hoy con cien hectáreas la escala productiva, por ejemplo, no permite ni criar animales ni sembrar con ganancia. Por eso esas parcelas terminan a la venta o siendo alquiladas por quienes trabajan campos más grande. Porque, como hemos dicho, el que está desapareciendo es el pequeño productor.

El contexto internacional tampoco es beneficioso como en épocas de la gestión de Néstor Kirchner, cuando los vientos de cola permitían pagar la carga impositiva, seguir sembrando y tener ganancia. Hay un contexto internacional desfavorable, y las retenciones se tornan en este momento, una carga demasiado pesada de sostener. Y si a esto le agregamos cualquier problema climático del que ningún productor está exento, es la ruina. Porque ante cualquier imprevisto (sequía, granizo, inundación) no hay créditos para la siembra y además hay que afrontar las deudas. Es aquí donde el Estado está completamente ausente, mientras que está presente para cobrar las retenciones, de allí que los productores afirmen, como decíamos al comienzo, que es un socio en las ganancias, pero no en las pérdidas.

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