Publicidad
Pergamino
La Opinión Online
LO CampoLO Sports
FúnebresLO365
Tendencias

Los peligros que corre la democracia

Argentina cumplió el mes pasado 39 años de democracia ininterrumpida. Una excepcionalidad para un país que encadenó durante toda su historia, pero sobre todo en el Siglo XX, golpes de Estado, proscripciones, violencia, desapariciones de personas, apropiaciones de niños. El país parece haber dejado atrás la violencia como método -no...

07 de enero de 2023 a las 12:00 a. m.
Los peligros que corre la democracia

Argentina cumplió el mes pasado 39 años de democracia ininterrumpida. Una excepcionalidad para un país que encadenó durante toda su historia, pero sobre todo en el Siglo XX, golpes de Estado, proscripciones, violencia, desapariciones de personas, apropiaciones de niños.

El país parece haber dejado atrás la violencia como método -no como discurso-. Aunque, por supuesto, ninguna conquista, ningún avance puede ser considerado definitivo sino un bien a resguardar.

Publicidad

En los 39 años que pasaron desde aquella asunción de Raúl Alfonsín, se sucedieron esperanzas casi siempre acompañadas por decepciones, por frustraciones populares. Las expectativas casi siempre sobrepasaron a los resultados. Sin embargo, mayoritariamente, no hubo una desacreditación del sistema ni se puso en duda -salvo excepciones lamentables- que siempre es preferible que el voto sea soberano y no ausente. Los gobiernos se equivocan, o defraudan, o eligen un rumbo contrario a los intereses generales, pero en Argentina parece existir y resistir el acuerdo de que es superador vivir en democracia.

Este último tramo hacia las cuatro décadas coincide con un tiempo particular del país, siempre afecto a sus particularidades límite. Sumido, otra vez, en una crisis económica extrema se enfrenta a una nueva decepción de gobierno pero sobre todo a un momento que algunos -los militantes y dirigentes kirchneristas- entienden como un menoscabo a la democracia ejercido a través de la condena a Cristina Fernández, vicepresidenta en ejercicio, a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Un tribunal, anatemizado por el oficialismo, la encontró culpable de defraudar al Estado en la concesión de obras durante su gobierno.

Publicidad

¿Dónde se encuentra el peligro para la democracia? En que, según el kirchnerismo, el fallo no es un pronunciamiento para impartir justicia sino un instrumento del poder real -un contubernio entre dirigentes de derecha, jueces y empresarios- para proscribir a Cristina, una líder con un porcentaje considerable de adhesiones, y evitar que vuelva al poder. Pero además no sería una sentencia solo para sacar de la escena a Cristina sino que, además, tendría un componente disciplinador: todo aquel que se atreva a gobernar en un sentido contrario a los intereses económicos de los grupos concentrados, puede ir a parar a la cárcel.

En un interesante artículo publicado en Anfibia, el filósofo cordobés Diego Tatián sostiene que el sentido último de la sentencia contra Cristina es la destrucción de la política como instrumento de una posible vida justa. "No siempre hay política. La hay -como en América Latina desde hace algunas décadas, con intermitencias- cuando se ponen en cuestión las estructuras de poder existentes y se interrumpe, al menos de manera parcial, el circuito de la dominación. La hay cuando se activan derechos (...) Las clases dominantes no hacen política; más bien la impiden", dice Tatián.

Publicidad

Esa mirada apareció corroborada por una información bochornosa que -seguramente no de manera casual- fue publicada el domingo previo a conocerse la sentencia: el viaje de un grupo de funcionarios macristas, empresarios de Clarín, jueces y fiscales a Lago Escondido para pasar unos días -de disfrute o de conspiración- en la estancia del empresario norteamericano Joe Lewis. Lo peor no fue el viaje sino el episodio posterior: los chats en los que se puso en evidencia que ese grupo no escatimó en recursos, incluso de corte mafioso, para tratar de impedir que su estadía en la Patagonia se hiciera pública.

Esa amalgama no es para el kirchnerismo un episodio más sino un síntoma: la demostración de que existe una confabulación para destruir a Cristina y lo que representa. La Justicia no es Justicia sino pelotón de fusilamiento, dijo la propia vicepresidenta. Es decir, el kirchnerismo opera a través de una deslegitimación del Poder Judicial como instancia capaz de establecer un juicio de valor sobre la conducta de la expresidenta.

Publicidad

Uno de los preceptos de la democracia es la igualdad, incluso desde el acto mismo del voto: todos valen uno, se trate de un poderoso o de un indigente. Y esa igualdad también se refleja en el tratamiento judicial de cada individuo: puede ser juzgado un pobre diablo y también Cristina.

Con un razonamiento en esa dirección, la democracia argentina no correría peligro con la causa y la condena contra Cristina sino todo lo contrario. De ahí que el kirchnerismo necesite del argumento deslegitimador de la Justicia para adjudicarle no un sentido justo sino exactamente el opuesto.

Publicidad

Esa deslegitimación se asienta sobre el desprestigio del Poder Judicial, que en las encuestas ocupa invariablemente los últimos lugares en términos de credibilidad.

La política se ha instalado tan en los extremos que los argumentos kirchneristas difícilmente sirvan para convencer a quien encuentra en Cristina a una dirigente que encarna la corrupción, los privilegios, la prepotencia. Es más un ejercicio de autorreafirmación que una construcción semántica y discursiva destinada a incrementar el nivel de adhesión.

Pero, más allá de la sentencia en sí misma y de la interpretación sobre el Poder Judicial, prevalece en el kirchnerismo una estructura de pensamiento que consiste en adjudicarle a Cristina puramente categorías positivas. Y hay dos efectos principales derivados de ese mecanismo: quien lo hace suyo abandona su actitud crítica porque no se puede cuestionar lo que es la encarnación de todo lo que está bien y, además, es víctima de todo lo que está mal; y con respecto a la propia Cristina, la reviste de un carácter ya no político sino cuasi religioso, una especie de infalibilidad pontificia.

Para la generalidad del kirchnerismo, la política es Cristina y una sentencia en su contra es la anulación de la política. El problema es que hay ahí una negación de la diversidad que necesariamente debe tener la política. Cualquier pensamiento que se aleje de los cánones fiscales y morales que establece el kirchnerismo es espurio, malintencionado: es una configuración política incapaz de concebir que alguien pueda pensar de manera diferente solo por eso, porque piensa diferente.

WhatsAppXFacebook

Comentarios

🔓

Desbloqueá los comentarios

Hacete socio LO365 y sumate a la conversación.

Cargando comentarios...