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Los liderazgos del Siglo XX versus los equipos actuales

23 de septiembre de 2018 a las 12:00 a. m.

La historia política va marcando etapas, tanto en el pensamiento como en la acción y, por supuesto, en el tipo de liderazgos que en cada tiempo buscan y aceptan los pueblos.

En este esquema, las últimas décadas en que se registraron líderes mesiánicos que infundieron su carisma en el mundo, algunos claramente positivos y otros negativos, surgieron en las décadas del ‘40 y 5’0 del Siglo XX. La Segunda Gran Guerra ayudó a que esos liderazgos se engrandecieran en la consideración de sus pueblos. Ya los que vendrían después resultaron ser más auto pretendidos que genuinos.

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Winston Churchill era el típico héroe inglés, astuto como gobernante y militarmente. En el Reino Unido lo vivaban, sin embargo fue la transición, porque perdió la elección de la post guerra.

Charles De Gaulle fue el líder de la Francia libre, la que logró zafarse del yugo de la Alemania nazi. Era considerado el dueño de los valores franceses y en quien depositaron toda la confianza.

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Benito Mussolini en Italia y más aun Adolfo Hitler en Alemania fueron dos líderes impresionantes, pero sumieron a sus países en la desgracia más absoluta. Italia conoció el fascismo y la derrota y Alemania lo que era tener un líder genocida y extravagante que los llevó a la peor humillación de su historia.

En este escenario de liderazgos tan fuertes es que en la Argentina surge Juan Domingo Perón, el que fue considerado “el hombre del destino”, un líder de masas que supo crear en aquellos años el movimiento más grande de América Latina. El culto a la personalidad, la pareja del poder (junto a Eva Duarte), eran características que marcaban la época. Todo en ellos era visto, en la óptica de las masas, como positivo, incluso la ostentación que solían mostrar era considerada no un factor disonante por las clases bajas sino como un modelo aspiracional.

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Como dato adicional, las elecciones de Estados Unidos de 1940 dieron al presidente Franklin D. Roosevelt un tercer periodo presidencial, como jefe del Partido Demócrata, situación única en la historia de Estados Unidos.

Lo cierto es que la política ha ido evolucionando y aquellos líderes únicos, a los que se seguía como parte de un culto, fueron desapareciendo a lo largo del siglo pasado y ya en este Siglo XXI son otros los estilos, aunque siempre hay sectores aferrados a esas épocas y, sobre todo, dirigentes que pretenden erigirse como aquellos que contaban con la adhesión incondicional del pueblo. Claro que en un contexto tan diferente, esos modelos son irreproducibles. No obstante, siempre está la apelación a la añoranza como recurso.

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Una sociedad con más acceso a la información ha permitido, para bien y para mal, humanizar a quienes ostentan el poder, dejando al descubierto aquello que antes se mantenía en reserva, se ocultaba, se omitía decir o se maquillaba. Dicho llanamente, las miserias humanas que todos portamos.

No obstante persiste en sociedades como la nuestra, que estuvo bajo los influjos de un líder mesiánico, una tendencia a buscar la solución a todos los males en una persona, más que en un equipo y un plan de acción.

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En este sentido, somos anacrónicos; nos aletargamos en cada paso que damos por focalizarnos en las figuras mientras que el mundo todo –incluso en el sector privado- se buscan equipos, se piensa en modelos de gestión, en ideas, más allá de sus ejecutores.

En la Argentina actual, decíamos, hay un sector del peronismo que mantiene ese estilo de entronizar líderes, a los que se considera mesiánicos, como sucedió con otra pareja del poder: Néstor y Cristina Kirchner. Es un movimiento con mística, tiene historia y un pasado que muchos consideran heroico a pesar de que, merced a esta apertura que ahora tenemos a la información, ha quedado demostrado que su heroicidad fue meramente discursiva. Hoy los liderazgos, si bien necesitan de un discurso carismático, no se pueden sostener si no van acompañados de hechos congruentes. Si no hay coherencia entre dichos y hechos (incluso de la órbita privada), los liderazgos pierden a poco de andar a la ciudadanía autóctona, al pueblo independiente, para quedarse solo con un nicho de popularidad que los convierte de líderes a simples representantes de un sector que, las más de las veces, sostiene su adhesión no por convicción sino por interés, tal el caso del kirchnerismo, el chavismo. O bien por defecto, es decir por no encontrar en otra figura a un “mesías”. Por eso, si no emerge otro dirigente con el suficiente carisma, el anterior, aunque caído, seguirá conservando cierto beneplácito electoral. Es lo que sucede con el Partido Justicialista, en cuyo seno todavía -y a pesar de la gran desilusión que causó la aseveración de un desfalco del Estado- es el kirchnerismo el que concentra más votos dentro del movimiento. Al igual que sucedió con Perón, al que por generaciones se lo mantuvo en lo más alto a pesar de gruesas equivocaciones entre otros acierto, un presente económico adverso revaloriza un mayor bienestar anterior, aun cuando la tormenta que hoy atravesamos se estuvo preparando durante los años K. Pero como nunca asomaron durante la administración y, en cambio, muchos recuerdan las bondades de los servicios baratos, el mercado interno en movimiento y las paritarias codo a codo con la inflación, se engrandece el mito de que Cristina traería con su sola presencia la prosperidad. Muy al estilo del Siglo XX, nadie analiza los modelos y sus perspectivas sino las figuras que los aplican.

En la vereda opuesta Cambiemos tiene una estructura más moderna, rechaza la idea del líder que todo lo sabe y que con su sola presencia resolverá los problemas del país.  Habla de equipo, de la tarea en conjunto, de la política como herramienta de cambio. Sin embargo, así como los K padecen con la corrupción, los macristas y los radicales no saben cómo defender la larga lista de errores económicos en que ha caído el Gobierno. La recesión golpea, las Pymes y las clases medias padecen, la inflación y el dólar se disparan. No es un escenario para exhibir como logro.

El problema que supone la realidad Argentina camino a las elecciones del año que viene es qué tipo de modelo político se va a sostener en las urnas porque, digámoslo descarnadamente, de cómo se barajen las cartas en 2019 será el modelo económico que imperará. ¿Primará la percepción de bienestar sobre una economía socavada o la aceptación de tiempos difíciles como costo hacia una economía saneada? ¿Asumir alguna forma del populismo que ha demostrado ser pan para hoy y hambre para mañana o apostar a que este cambio que, por ahora trajo crisis, llegue a algún puerto de desarrollo sostenible?

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No será sencillo ni para los candidatos ni para la ciudadanía desprenderse de viejos tabúes, así como de nuevos miedos que supone la crisis en que estamos inmersos, y pensar el voto sobre la base de alguna perspectiva de futuro. Que alguna vez podamos votar en positivo y no solo por rechazo a la otra u otras opciones.

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