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Los efectos del caudillismo o la alternancia del poder

22 de noviembre de 2017 a las 12:00 a. m.

Robert Gabriel Mugabe ya es exmandatario de Zimbabwe, tras su renuncia frente al Parlamento después de 37 años en el poder, en medio de presiones de la oposición y las Fuerzas Armadas que buscaban su dimisión.

Mugabe, de 93 años, había perdido el apoyo del partido que fundó tras la intervención militar del pasado martes, desencadenada por la destitución del vicepresidente Emmerson Mnangagwa, por haberse opuesto a la pretensión de la primera dama, Grace Mugabe, de suceder a su marido. Las Fuerzas Armadas mantenían en arresto domiciliario al mandatario, y los pedidos de renuncia llegaban desde el propio oficialismo.

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Lo que sucedió con el presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, muestra descarnadamente lo que hacen muchos años seguidos en el poder, ya que es un dictador que pasó de ser un héroe de la independencia a un represor que recurrió a fraudes y estrategias para mantenerse en el poder. Esa transformación, de un prohombre a un autoritario, se produjo en las más de tres décadas en el Gobierno. Ya anciano y sin capacidad de gestión, convertido prácticamente en un títere de personajes cómodos con esta situación, terminó siendo virtualmente derrocado, no sin antes intentar una última maniobra para asegurar que el poder quedara en manos de su esposa, para beneplácito de sus ad láteres.

Porque en estos casos, donde se llega al poder y se mantiene por décadas, hay también detrás una burocracia armada en tantos años, que presiona para que todo siga igual y puedan mantener los privilegios obtenidos. Así se trate de un presidente muy anciano o le pongan a la esposa, la cuestión es mantenerse en el gobierno.

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La realidad es que los sistemas políticos son democráticos y republicanos en la medida que tengan alternancia del poder, esto es lo que termina por garantizar la calidad del sistema. No es solo la legitimidad de origen lo que hace el sistema, no es solo que hayan sido elegidos por el voto popular o hayan llegado por consenso parlamentario para dar salida a un régimen opresivo anterior. Es la alternancia periódica de los diferentes partidos o sectores políticos en el ejercicio del poder un componente fundamental de la auténtica democracia. 

Son muchos los ejemplos en la historia mundial que han demostrado que el único camino para asegurar el desarrollo, la estabilidad y la supervivencia de un sistema político-institucional es el que asegura la existencia de dos o más fuerzas partidarias de signo diferente que sean capaces de alternarse en el ejercicio del gobierno. Esa alternancia solo estará realmente garantizada en aquellas sociedades que la hayan asumido como un rasgo natural de su cultura política. Y es, en definitiva, la valoración de la libertad que cada sociedad hace y en la cual prefiere vivir. Lo hemos visto en Estados Unidos, en los países europeos, donde hay sociedades que se hacen escuchar con toda claridad por sus gobernantes, sobre todo porque tienen la herramienta del voto y la convicción de la alternancia del poder. Está pasando ahora en Chile, sin ir más lejos, donde Piñera está en las puertas de un nuevo mandato tras dos de Bachellet. En definitiva, se le está ratificando lo antes hecho sin que esto implique que haya tenido que atornillarse. Si es bueno, el pueblo lo hará volver. Del mismo modo, el hartazgo generalizado de un pueblo debiera ser motivo suficiente para que, por el bien del mismo, un dirigente dé un paso al costado cuando le corresponde y no se interponga a los mecanismos de renovación de cargos. 

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En Latinoamérica, esta cuestión de la alternancia en el poder ha costado lo suyo para que se naturalizara, por el fenómeno del caudillismo personalista. Lo que hace difícil la convivencia entre fuerzas políticas de diferente signo. Porque el personalismo lleva –como hemos visto en la Argentina en más de una oportunidad y en otros países- a la creencia en el mandatario mágico, indiscutible, mesiánico, nacido para resolver todos los problemas por su sola voluntad y presencia. Y la realidad es que la política y la democracia no funcionan así. 

En las naciones de raíz anglosajona, los sistemas bipartidarios que se basan en un ejercicio rotativo del poder han sido consagrados por una firme tradición cultural, en la mayoría de los casos con resultados muy positivos. Sobran, además, los ejemplos del destino trágico que la historia les reservó, en cambio, a los regímenes que intentaron perpetuar en el tiempo su estilo autoritario o su identificación con las del pensamiento único (nazismo, facismo, comunismo). Regímenes que marcaron a fuego diversos países en el Siglo XX.

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Ya en la contemporaneidad, Venezuela, por ejemplo, sobrevive apenas a los estragos del pensamiento único, la persecución a quienes plantean el pluralismo democrático, las elecciones amañadas, el encarcelamiento de opositores. Mientras desde el poder no se escucha a la ciudadanía en estos tipos de regímenes, porque teniendo el poder asegurado, como sucede con Nicolás Maduro, no parece haber necesidad de atender reclamos. Y así le va a ese pobre pueblo hermano. Es más fuerte el interés personal, del mandatario y sus cercanos, que el interés por el bienestar del pueblo, lo que no les permite visualizar la alternativa de que si ellos, con todos los elementos a la mano, no pueden sacar el país adelante, es momento de por el bien de todos, procurar una salida airosa y dar lugar a otras posibilidades. Es decir, que si les va bien, se quedan por eso. Y si les va mal, también, aun cuando demuestran incapacidad manifiesta de salir del escollo. El personalismo imperante hace que tampoco desde las propias huestes se permita emerger nuevas figuras que, dentro del mismo pensamiento metodológico, aporten la alternancia e ideas renovadas.

En Latinoamérica, países como Chile, que se encamina a un ballotage en estos días, hace de la alternancia política un culto, como vemos en otras naciones de la región y en todos los casos han logrado mayor calidad en la aplicación de su sistema político. Latinoamérica en general se aleja del caudillismo del Siglo XX y se acerca a la república con todas sus consecuencias beneficiosas para sus sociedades.

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Argentina va logrando ingresar al club de los países con mejor calidad democrática, toda vez que se ha planteado la alternancia del poder. Hoy nos gobierna Mauricio Macri, ayer nos gobernó Cristina Kirchner. Y esto nos permite como sociedad exigir a nuestros mandatarios el ser escuchados, porque de lo contrario en esa alternancia de poder, en la próxima elección se votará a otro postulante. Y esa libertad que los argentinos hemos comenzado a permitirnos será la base del mejoramiento de nuestro sistema político, asumiendo una democracia más plena.

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