Los argentinos "somos así" porque creemos que todos son así
Basta con salir a la calle y ver: el conductor estaciona sobre el cordón amarillo, un cliente abre un paquete de galletitas que no pagó en un supermercado, las come y tira el paquete en la vereda, y otro viola los semáforos en rojo. Pequeñas instantáneas de nuestra vida cotidiana, infracciones a leyes de distinto calibre que se hacen al pasar, casi desapercibidamente, y cuya trascendencia, creemos, no va más allá que esos breves gestos. Si esas secuencias fueran un video que pudiéramos detener, rebobinar y volver a ver, la pregunta surgiría tan inmediata como necesaria: ¿por qué los argentinos nos especializamos en no cumplir las leyes? ¿Hay algo en nosotros, como pueblo, en nuestra cultura, que nos incita a avanzar sobre los límites de ley? ¿Qué tan fácil nos resultaría no evadirlas?
Hay muchas hipótesis acerca de por qué los argentinos en general no obedecemos le ley pero no hay nada que tenga que ver con rasgos de nuestra personalidad. De hecho, fuera de nuestro metro cuadrado, de nuestros ámbitos habituales, cumplimos con todo, sobre todo cuando estamos en otro país. ¿Entonces por qué somos así?
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Es una pregunta apasionante, y muy compleja también. El jurista Carlos Nino, en "Un país al margen de la ley", un libro publicado en los años '90, decía que en Argentina nadie puede tirar la primera piedra en su relación con la ley, porque todos estamos inmersos en un equilibro social en el que, de alguna forma, sin darnos cuenta del perjuicio que causa, violamos alguna dimensión de la ley. Por más chiquita que sea, desde el estacionamiento hasta los casos más graves de corrupción. Es decir, "todos tenemos un muerto en el placard". Nino habla de "anomia boba" para definir a esa situación en la cual hay violaciones de la ley, sin entender que eso nos perjudica a todos, que implica una serie de resultados problemáticos para el país. Entre otras cosas, no tenemos expectativas acerca de cómo se van a conducir los demás y nos decantamos hacia el "hago lo que quiero" porque "todo da igual".
Un sociólogo del derecho, argentino, Marcelo Bergman, escribió un libro titulado "Evasión impositiva y las reglas de la ley en América Latina: la cultura política de la trampa y cumplimiento en Argentina y en Chile" (2009), comparando la situación en ambos países. Podría pensarse que después de la cruentísima dictadura militar que tuvimos, ilegítima, el grado de cumplimiento de la ley de los argentinos, en un gobierno legítimo, legal, constitucional, debería haber aumentado. Y sin embargo, en relación al cumplimiento de las normas tributarias, no aumentó. En Chile, en cambio, la sociedad, en general, cumple con la ley. Y eso tiene que ver con dos cosas, dice Bergman. En primer lugar, con el origen, con el diseño institucional original, en el caso argentino. Un diseño institucional asociado a instituciones extractivas, básicamente, de la colonia, al monopolio de los españoles, y las dificultades para comerciar con otros países que ese monopolio implicaba. Muchas veces el resultado de hacer difícil el cumplimiento de la ley es que la gente la incumple, o se siente obligada a encontrar una forma de hacerlo que no sea la establecida en la ley. Por el otro lado, hay un equilibro social en el que la expectativa que cada uno de nosotros tiene es que el otro no va a cumplir con la ley. Y en ese equilibrio, aun cuando la ley sea muy buena, por más que tengas los derechos más reconocidos del mundo, los resultados del cumplimiento de la ley no van a ser efectivos. Entonces hay un problema con el origen y hay un problema del equilibrio inestable en que estamos -posiblemente perverso- del que es muy difícil salir.
Hay gente que comete pequeñas infracciones a la ley y se ampara en que "los de arriba no tampoco cumplen con la ley". ¿Cuánto tiene que ver la corrupción en las esferas de poder en que el común de los argentinos no cumplamos la ley?
La pregunta relacionada con esta cuestión nos lleva a una situación que planteamos más arriba y es por qué esos mismos argentinos, cuando viajamos a Alemania por citar el ejemplo típico- cumplimos con la ley sin ningún problema. No hay nada que tenga que ver con rasgos de nuestra personalidad. A veces escuchamos decir "Los argentinos somos así", y no tiene que ver con eso, y tampoco tiene que ver necesariamente con la calidad de la ley en sí misma, con su diseño y contenido, sino que tiene que ver con el contexto cultural, donde "cultural" quiere decir un conjunto de prácticas sociales y expectativas que tenemos acerca de cómo nos comportamos nosotros. Y es cierto que en ese contexto, cuando los ciudadanos ven los casos de corrupción más fuertes, piensan en que hay impunidad. Es decir, hay un contexto cultural en el que es más costoso cumplir la ley que violarla. Porque el costo de violarla es chico, en la medida en que no haya una sanción efectiva, y que no haya incentivos para cumplirla.
En Estados Unidos -por citar otro caso donde los argentinos nos portamos "bien"- también se viola la ley, y mucho. Lo que ocurre es que es posible el ciudadano que comete alguna infracción de ese tipo sea socialmente reprochado. En cambio cuando estás en un contexto, en un equilibrio, en el que eso no ocurre, no porque seamos malas personas sino porque no está mal visto violar la ley, no hay sanción social para este tipo de conductas. Tiene que ver con los incentivos que tenemos para cumplirla y con rasgos de nuestra cultura, que están presentes en algunos países y en otros no.
¿Cómo salimos de esto?
El liderazgo es fundamental. Un ejemplo: Bogotá, una ciudad que hace unos años estaba en una Colombia muy violenta y tuvo un alcalde, un jefe de gobierno, Antanas Mockus, que tomó una serie de medidas, sencillas, para generar conciencia en los bogotanos acerca de la importancia de cumplir con la ley. Tuvo algunas estrategias muy prácticas, que funcionaron. Por ejemplo, en los retenes policiales, rotar permanentemente el personal. Se trata de lograr que las personas que están sujetas a una situación en la cual pueden tentarse con la violación de la ley tengan un costo mayor por hacerlo. Hay soluciones -y ejemplos exitosos de su aplicabilidad en el mundo, solo es cuestión de mirar el país correcto- para romper este equilibrio perverso en el cual el costo de cumplir con la ley es más alto que el beneficio de hacerlo.
¿Imponer penalidades más costosas en todo sentido? En España, por ejemplo, si no te ponés el cinturón de seguridad en un taxi pagás una multa.
Esa sería la solución ideal. Pero todas las infracciones de tránsito tienen, en general, una multa. La pregunta es por qué, aun así, no se cumple; por qué eso no es un incentivo suficiente para que la gente cumpla con las normas, o por qué estas no generan prevención por vía de la disuasión (aunque deberían ser el sentido común y el instinto de supervivencia los factores incidentes). Y la respuesta es porque no hay expectativa de que esa norma vaya a ser cumplida. En pocas palabras: no pasa nada si no lo hace.
No hay control del Estado, aunque de a poco se van tomando medidas, como ubicar cámaras en el tránsito, por ejemplo. Pero hecha la ley, hecha la trampa: mucha gente sabe dónde están las cámaras. Hay formas de incentivar el cumplimiento de la ley, pero lo importante es cambiar esa percepción social de que el costo de cumplir con la ley es más alto que el beneficio.
Si vemos el problema en perspectiva, hay que valorar que hace 35 años atrás no estábamos en democracia. Hemos cambiado, en términos históricos, de un régimen político que se interrumpía constantemente por golpes militares a un régimen político con muchos problemas que sufrimos todos pero con muchas cosas buenas: tenemos democracia, discutimos, tenemos marchas masivas, es un país en el que el derecho, para bien o para mal, tiene un papel muy importante. Cuando la Corte dictó el fallo del 2 por 1, hubo una marcha multitudinaria: 500.000 personas en la calle por un fallo de la Corte Suprema. No sé si hay otro país del mundo donde eso ocurre. Hoy vivimos en democracia. Discutimos acerca del alcance de los derechos. De acá a 10 años, las nuevas generaciones van a tener el beneficio de vivir en una sociedad en la cual el respeto a los derechos sea lo más básico que haya. No estará la herida abierta con el temor cercano a perderlos y entonces el esfuerzo estará dado por perfeccionar su ejercicio y, junto con ello, la internalización de las obligaciones que conllevan, ese perfecto equilibrio instaurado en nuestra Constitución, que es un instrumento sin fisuras para lograr una convivencia republicana.















