Los agentes de salud: ni héroes ni demonios, apenas trabajadores de un sistema deteriorado
La pandemia abrió las puertas de las instituciones de salud y mostró el trabajo que allí realizan los agentes sanitarios del mundo. En Argentina también expuso las deficiencias estructurales que afectan el funcionamiento del sistema agobiado con viejas sobrecargas y una precarización laboral que en la emergencia quedó en evidencia,...

La pandemia abrió las puertas de las instituciones de salud y mostró el trabajo que allí realizan los agentes sanitarios del mundo. En Argentina también expuso las deficiencias estructurales que afectan el funcionamiento del sistema agobiado con viejas sobrecargas y una precarización laboral que en la emergencia quedó en evidencia, mostrando la capacidad infinita de hombres y mujeres de aprender, vencer temores y afrontar el hecho de tener que realizar su tarea en un contexto de incertidumbre sin precedentes.
En pleno confinamiento, cuando las calles estaban vacías y todo un país abrazaba la convicción de que el cuidado era una acción colectiva, los trabajadores de la salud se transformaron en héroes. Y cada noche a las 21 horas se estableció el ritual de aplaudirlos en un gesto de gratitud reconfortante.
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Por aquellos días, la mirada social estaba puesta en las terapias intensivas de instituciones públicas y privadas de la salud que desplegaban todo su potencial para salvar vidas en una sociedad atravesada por la muerte y el desconcierto. La Covid-19 causaba enfermedad grave y tensaba el sistema de salud que, con todas sus dificultades, respondió mostrando flexibilidad y una gran capacidad de adaptación.
Con el correr de los meses, la situación se fue naturalizando y los aplausos desaparecieron. Solo quedaron algunas muestras de apoyo y solidaridad cuando esos mismos héroes comenzaron a sentir el agotamiento físico y emocional de haber estado en la primera trinchera de la atención desde el minuto cero e hicieron público su descontento por situaciones laborales, presiones y falta de reconocimientos estructurales.
La tercera ola de Covid-19 llegó de manera casi inesperada. Las nuevas variantes del virus alcanzaron está geografía cuando todo estaba dispuesto para disfrutar de un verano con pocos sobresaltos. Solo el sistema de salud permanecía atento, aunque ocupado de otras situaciones que habían quedado postergadas durante la emergencia. Pero el abrupto aumento de los casos puso el peligro una vez más en el centro de la escena y nuevamente esos agentes sanitarios que desde el comienzo habían trabajado sin descanso volvieron a estar en el centro de todas las miradas. El carácter benigno de la variante aplacada por la eficacia del plan de vacunación y algunas otras variables que la ciencia estudia, hicieron que los casos llegaran con un virus que genera en la gran mayoría de los casos enfermedad leve. Con calles que ya no están vacías, con protocolos que casi no se cumplen y sin ningún tipo de restricciones, la ola llegó y comenzó a demandar una vez más al sistema de salud. No tanto aún en las unidades de cuidados críticos, sino en las guardias y en los dispositivos de atención prehospitalaria. También para tensionar el sistema de testeos y para mostrar la cara de una sociedad que ya no parece considerar héroes a los hombres y mujeres que conforman los equipos de salud. Por alguna razón que cuesta comprender esos mismos profesionales aplaudidos y alentados se transformaron en demonios a los que se cuestiona duramente en su accionar y a quienes se les demanda más de lo que humanamente pueden dar.
En las últimas semanas la violencia en los espacios de atención de salud volvió a expresarse y se transformó en la moneda corriente de la crónica cotidiana. No es algo nuevo ni producto de la pandemia. Es una vieja problemática conocida que transforma a las guardias de clínicas y hospitales en la caja de resonancia de estados de ánimo y problemáticas sociales complejas no resueltas por años.
Lo que expone la violencia cada vez que irrumpe en espacios que deberían estar resguardados de tamaño atropello es la dimensión del daño que sufre el tejido social. También muestra y cuan deteriorado está ese sistema de valores que dejó de ver a los agentes sanitarios como esenciales al momento de contener y asistir cualquier circunstancia que ponga en riesgo la salud.
Cualquiera podrá esgrimir quejas sobre el funcionamiento del sistema en estas circunstancias y justificar la violencia en cualquier posible destrato. Nada justifica la falta de respeto y mucho menos el agravio gratuito. Ninguna espera debería motivar tamaña reacción. No hay convivencia sana que pueda darse en el seno de una sociedad que encuentra en el golpe o el insulto el instrumento de expresión de su malestar.
Los agentes de salud nunca pretendieron ser héroes ni promovieron esa calificación. Fue la propia sociedad la que les confirió esa condición y es parte de esa misma sociedad la que cambió su consideración y torció la actitud hacia un extremo peligroso, mostrando la peor cara de lo que también somos en un momento de profundo dolor social, consecuencia de una pandemia que lejos está aún de tener terminado.












