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Los abusos en Pensilvania: el Vaticano debe ir más allá en este asunto

17 de agosto de 2018 a las 12:00 a. m.

La Corte Suprema de Pensilvania publicó este martes un informe en el que un gran jurado señala que unos 300 sacerdotes católicos son responsables del abuso sexual de más de 1.000 menores en seis diócesis de ese estado en Estados Unidos.

Un horror que lleva décadas y décadas de silencio y encubrimiento. No es la primera denuncia de estas características y por lo que se ve tampoco será la última.

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Hace muy poco la Iglesia de Chile –por intersección del Papa Francisco que primeramente había minimizado el tema- suspendió a 14 sacerdotes por supuestos abusos sexuales a menores y jóvenes en medio de un escándalo de gran difusión en todo el mundo católico. A partir de la admisión por parte de Francisco de la veracidad de los relatos de las víctimas, que antes habían sido ocultadas por el clero chileno, comenzó una exhaustiva investigación que llevó en días pasados al allanamiento del Tribunal Eclesiástico y la sede del Obispado castrense.

En el caso de Pensilvania, donde viven más de tres millones de católicos, el reporte indica que algunos de los menores fueron violados en diversas forman detalladas en el informe de más de 1.300 páginas que documenta los presuntos abusos. De acuerdo con el texto, las víctimas fueron mayormente varones, aunque también hubo menores de sexo femenino, adolescentes y preadolescentes.

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El fiscal general del estado, Josh Shapiro, destacó que el reporte detalla “un encubrimiento sistemático por altos cargos de la Iglesia en Pensilvania y en el Vaticano” durante los casi 70 años de presuntos abusos que cubre la investigación. Como consecuencia del presunto encubrimiento, casi todos los casos son demasiado antiguos como para ser juzgados, ya que la mayoría son anteriores al año 2000. También sucede que muchas de las víctimas y de los victimarios han fallecido.

Por demás, en ese estado existe un “estatuto de limitación” que impide que las víctimas de abusos sexuales en la infancia presenten demandas civiles contra la Iglesia después de cumplir 30 años. Lo que demuestra cómo se articuló toda una estructura legal destinada a proteger a los curas pedófilos. No obstante, el jurado anunció que emitió acusaciones formales contra un sacerdote de la diócesis de Greensburg y otro de la de Erie, quienes presuntamente abusaron de menores en la última década.

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Según Shapiro, funcionarios de la Iglesia describieron de manera rutinaria y deliberada las denuncias de abusos como “juegos bruscos”, “peleas” y “conductas inapropiadas”. Era el lenguaje pensado para el encubrimiento, porque no era ninguna de esas cosas. Era abuso sexual infantil, incluida la violación, esta es la cruda realidad. Este “manual” de cómo proceder ante una denuncia, en este caso utilizando eufemismos para minimizar los hechos, fue también parte del andamiaje pergeñado por la propia Iglesia para tapar los delitos.

Hoy la interpretación veraz de esas expresiones permite saber que más de 300 sacerdotes fueron acusados oportunamente por el abuso de más de 1.000 menores y que sus dichos fueron desestimados. El jurado detalló que para elaborar este documento investigó y escuchó el testimonio de decenas de testigos y revisaron medio millón de páginas de documentos internos de las diferentes diócesis durante casi dos años.

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Como resultado, las autoridades judiciales consideraron que se trata de la investigación más amplia realizada hasta el momento por una agencia gubernamental en Estados Unidos sobre abuso sexual infantil en la Iglesia católica.

Sin dudas que el estilo de silencio de las décadas pasadas se prestaba en muchos distritos, puede ser Pensilvania Estados Unidos o en pueblos de Chile, para el ocultamiento de abusos; niños con temor a hablar, hombres de Dios infieles y perversos y familias no muy dispuestas a creer que esto podía suceder bajo sus propias narices, eran el combo perfecto para la impunidad. También es dable concluir, porque miserias humanas hay en todo el mundo, que la cifra de Pensilvania, un pequeño territorio norteamericano, o lo sucedido en Chile, es replicable a todos los países. Por eso, esta proyección, no deja lugar a dudas de que el cura Ilarraz, recientemente condenado en Entre Ríos, no es el único que perverso, que ha de haber más, y muchas víctimas que no tardarán en revelar su historia. Porque estas situaciones cartárticas tienen un gran poder imitativo; es decir, cuando se ve que alguien lo hace y obtiene el resultado deseado, otros que han pasado por lo mismo se encuentran con el coraje suficiente para salir a la luz. Lo estamos viendo, sin ir más lejos, con las denuncias de corrupción, tras años de temeroso silencio.   

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También sucede que hoy este tipo de silencio es cada vez menor cuando no inexistente, porque hay muchas y muy profusas formas de comunicación por donde se pueden filtrar actos como los abusos, más temprano que tarde. Si alguna ventaja tiene el Siglo XXI es el cambio de paradigma respecto del secretismo, que permitía el ocultamiento de estas acciones en el pasado. Porque no nos engañemos: en muchos sectores de la Iglesia estaba bien visto no investigar mucho estas denuncias para que murieran allí, sin levantar polvareda. Hoy una víctima ni siquiera debe ir a las autoridades para sentirse segura, basta con la difusión de los hechos por redes sociales para sentirse al amparo de una sociedad empática. Aunque también es un arma de doble filo, porque no faltan quienes utilizan la misma herramienta para la difamación.

Decimos al comienzo que no es la primera vez que surgen denuncias que involucran a sacerdotes de la Iglesia Católica, hemos visto que sucedió en Irlanda por ejemplo, así como en otras zonas de Estados Unidos fuera de este caso de Pensilvania.

Es una situación, esta del abuso de menores, que se repite y que muestra un patrón preocupante, habida cuenta que los sacerdotes son por norma de la Iglesia solteros, a diferencia de los pastores de todas las otras religiones cristianas a quienes se les permite tener una familia.

Es quizá interesante destacar que los pastores casados y con familia, si bien no se dedican las 24 horas del día a Dios (que es uno de los motivos por los cuales los católicos romanos no pueden casarse), no suelen tener denuncias por perversidades con menores de ambos sexos. Y quizá llegó la hora de revisar algunos aspectos normativos de nuestra Iglesia, estando más atentos con nuestros sacerdotes, viendo la realidad y no buscando, como se venía haciendo, el ocultamiento, para que los curas perversos puedan seguir operando con impunidad. Al fin, con décadas de abusos, en más o en menos, el escándalo termina por estallar, cuando hay miles de víctimas y llenan de vergüenza a toda la Iglesia.

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Más allá de separar de la Iglesia a estos obispos o sacerdotes infieles y pedófilos, el Vaticano debería buscar una solución un poco más de fondo para evitar la repitencia. Francisco ayer dijo sentir vergüenza y dolor por lo sucedido en Pensilvania y se puso, obviamente, del lado de las víctimas. Pero quizá un paso adelante más, pensando en el matrimonio para sacerdotes, podría ayudar.

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