Lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos volver a ser
Hay cuatro clases de países: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón, y la Argentina". Esta frase es de SimonKuznets, Premio Nobel de Economía en 1971. Nuestro país era tan particular que tenía una categoría propia en la clasificación de este economista. ¿Por qué? Porque la Argentina era, tal vez, el único caso de un país que tuvo un desarrollo avanzado en la década de 1920 y, a partir de entonces, se "subdesarrolló".
¿Cuál es la razón de nuestro fracaso? ¿Cómo llegamos a ser un país marginal? La Argentina pasó de ser un país que volaba alto en el concierto de las naciones a ser uno emergente para, finalmente, convertirse en un submarino.
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La Argentina democrática y republicana también se quedó a mitad de camino. Es democrática porque hay elecciones libres, pero es una democracia tramposa donde todo vale para llegar al poder, trucos y corruptelas varias incluidas.
¿Cómo llegó el país a ser faro de Sudamérica a fines del Siglo XIX e inicios del XX? Posiblemente la transformación del país comience con la llegada al poder de Bartolomé Mitre. Con él comienza la llega al gobierno de una sagade hombres con una educación sobresaliente; políticos con una enorme preparación, una visión de futuro y carisma de estadistas. La Argentina potencia coincide también con aquella que recibió el aluvión inmigratorio. Nadie que busca mejorar las propias condiciones migra a países pobres y nadie llega sin ansias de progreso y predisposición a ganarse un lugar en un mercado laboral que le es impropio. Es decir, había potencialidades de un lado y una enorme predisposición al esfuerzo por el otro.
Entre 1871 y 1914 la Argentina fue la economía que más creció y hubo convergencia con las economías más avanzadas. Además, el país estaba entre los más ricos del mundo por su PBI per cápita, codeándose con países como Estados Unidos y Gran Bretaña y por encima de Francia Alemania e Italia.
Las distancias existentes entre los líderes de entonces, o sus aspiraciones personales, no minaron el futuro de nuestra nación. Una prueba fue la Ley Nº 1420, base educativa de todo el crecimiento económico posterior. A pesar de las diferencias y el encono existente entre Roca y Sarmiento, trabajaron en conjunto para dotar al país de una ley de educación antes que muchos países europeos. Las intrigas, las grietas, las traiciones existieron, pero nunca fueron más importantes que el bienestar de la Argentina.
La falta de ese tipo de líderes que guíen a la nación a un futuro deseado es algo que el país sufre desde hace tiempo. Vivimos en un cortoplacismo que nos frustra. En nuestra historia prevalecen las dicotomías: federales o unitarios; Braden o Perón; dictadura o democracia; radicales o peronistas; liberales o nacionalistas; kirchneristas o el resto del mundo. Las grietas nos hunden cada vez más.
"Cuando un pueblo se arrastra por los siglos es porque faltan hombres ejemplares", dijo el filósofo español José Ortega y Gasset. Las naciones, según Ortega, se hunden víctimas de los particularismos y ahí es donde el bien común desaparece. Entonces, ¿qué hace falta para salir del círculo vicioso en el que el país está entrampado? Primero, líderes que inspiren y que nos lleven por una senda de crecimiento. Crecimiento no solo económico, también de valores republicanos, que solventaron nuestra propia nacionalidad. ¿Hace falta algo más? Según Ortega, la unidad es crítica: "La idea de grandes cosas por hacer engendra la unificación nacional".
¿Existe hoy un proyecto común? ¿Existen líderes que generen proyectos que nos hagan trascender como sociedad?
Otras sociedades han podido superar esta carencia. En 1977, en plena transición española, Adolfo Suárez llamó a los principales actores sociales para acordar algo más que una simple declaración de principios. Hablamos del Pacto de la Moncloa que, cada tanto, surge como idea en los políticos argentinos.
Por las grandes dificultades que vivía España luego de la muerte del general Franco, había que pensar más allá de la identidad de un gobierno: se trataba de encontrar una nueva identidad para un país que estaba fragmentado. Todos los actores que participaron del pacto tuvieron que resignar cosas.
Cuando hablamos del Pacto de la Moncloa hoy, hablamos de un marco de consensos básicos y miradas de largo plazo para que el país funcione unido y no fragmentado. La famosa grieta de la que todos discutimos es simplemente la falta de un proyecto común de largo plazo.
Cuando los liderazgos fallan, la sociedad se empobrece, no solo económicamente sino en ideas, y entra en un círculo vicioso de desencanto. ¿Qué necesitamos entonces para generar un pacto de consensos básicos? Líderes generosos que miren más allá de su propio ombligo para proyectar la grandeza del país. Pero ¿cuán lejos estamos de tener estadistas con una mirada de largo plazo y una visión de país que trascienda su propio gobierno?
Así como a nuestros jóvenes, hay que educar también a la dirigencia embrutecida, para que levante la cabeza y pueda mirar más allá de su metro cuadrado. Necesitamos intelectuales que ayuden a conformar una dirigencia política, económica, social, a la altura de los desafíos que tenemos. En 1939, Ortega y Gasset visitaba la Argentina por segunda vez. En esa visita dictó una conferencia en la ciudad de La Plata. Allí pronunció por primera vez aquella frase que se volvería célebre: "¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas, directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva ". Más de 80 años después, este discurso sigue describiendo nuestra realidad.
En el Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la Academia Española del año 1919, se sostenía en la entrada correspondiente al país: "Todo hace creer que la República Argentina está llamada a rivalizar en su día con los Estados Unidos de la América del Norte, tanto por la riqueza y extensión de su suelo como por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible".
Pareciera que hablan de otro país, el que se quedó a mitad de camino entre una potencia y lo que somos hoy, una nación que tiene más fracasos que éxitos para contar. Ojalá algún día volvamos a la senda de crecimiento donde la educación sea una política primordial para todos, donde haya políticas de Estado y donde la pelea entre los políticos se dé en el campo de las ideas y las estrategias para sacar al país adelante. Para esto es necesario que aparezcan líderes, mientras más mejor, con ganas de debatir el futuro, un futuro mejor para todos. Hoy empieza la campaña electoral y sabemos porque no hay nadie nuevo en las listas, solo cambios de lugares y de sellos- que nada de lo aquí mencionado es encarnado por algún candidato. No hay generosidad, entrega y en algunos casos ni siquiera capacidad intelectual. Honestidad y responsabilidad tampoco sobresalen, pero nosotros, como pueblo soberano, asumamos que tampoco lo hemos sido como votantes. De hecho, si están ahí, candidateándose a un nuevo cargo o a una renovación, es porque antes, alguna vez, nuestro voto los ubicó en ese sitial de privilegio (dicho esto en todos los sentidos).
Una vez más tendremos la chance de hacer nuestra parte; seamos visionarios y miremos más allá de la grieta. No miremos este terrible presente sino que focalicemos en el país que podemos llegar a ser. Ya estuvimos ahí y tenemos el potencial para volver pero nos faltan los líderes que nos inspiren a la luz de un norte, un proyecto viable, y nos convenza al punto de soportar todos los esfuerzos y ajustes que -todos sabemos- se deben realizar. Seamos responsables a la hora de elegir, no demos todo por perdido y asumamos que no será fácil.














