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Le tendríamos que tener más miedo a nuestros políticos que al FMI

20 de mayo de 2018 a las 12:00 a. m.

Desde que Mauricio Macri informó que la Argentina recurriría por financiamiento al Fondo Monetario Internacional (FMI), la reacción del argentino de a pie fue el rechazo; los economistas en general también criticaron al presidente, aunque debieron reconocer que conseguir dinero en préstamo al 4 por ciento es altamente beneficioso, por lo que pasaron a centrar sus consideraciones negativas ya no en el paso de ir al Fondo sino en toda la mala praxis previa de la política económica, concluyendo finalmente que para tal desastre, la opción de Macri era la más apropiada.

¿Se sobreactuó respecto del impacto de un pedido de ayuda al FMI? Posiblemente haya algo de eso, pero cada uno tuvo sus razones para esta reacción. El hombre de a pie tiene malos recuerdos de su paso por el Fondo, un organismo que no ha tenido aciertos en nuestro país ni en otros del planeta respecto de los programas de ayuda que brindó en su momento. También es cierto que siempre fuimos nutridos con la máxima de que acudir al FMI es sinónimo de resignar soberanía, lo cual no necesariamente es así sino que depende con qué mirada se vean las condiciones que pone el organismo para prestar su financiamiento. Mucho menos es así si, como veremos, se prescinde de ir al Fondo para tomar otro tipo de deuda. Precisamente, si algo nos beneficia es que quien nos preste dinero se interese en que se haga una correcta administración -aunque esta implique medidas dolorosas- en lugar de dar el dinero sin más y dejarnos a los argentinos a merced de las decisiones –no siempre acertadas- del gobernante de turno.

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Los economistas saltaron abiertamente contra el pedido al Fondo, no porque lo consideraran un paso en falso, eso lo reconocieron, sino porque aprovechaban el mal humor social que su mención genera, para facturar al Gobierno por haber usado el “gradualismo” al que la mayoría de los ortodoxos se oponen. Pretendían políticas de shock, cuyo resultado hubiese sido un verdadero desastre probablemente. No se puede racionalmente dejar afuera a casi la mitad de la población con medidas radicales como pretenden. Y esa es una de las cuestiones que se le debe reconocer al Gobierno, el que eligió un camino más dificultoso, pero que al fin traería menos penurias.

Y mientras acá se debate sobre lo positivo o negativo de ir en ayuda al FMI, el organismo indicó que el programa económico que acompañará la línea de crédito stand by que solicitó la Argentina estará integralmente concebido por el gobierno de Mauricio Macri, y respaldó la idea de contemplar entre los objetivos, además de un ajuste fiscal, la protección del crecimiento de la economía, el empleo y la población más vulnerable. Una declaración que el Fondo no hubiese hecho hace 20 años, por lo que a priori debemos afirmar que el organismo ahora toma otros recaudos a la hora de imponer políticas de ajuste a los países a los que ayuda.

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Luego de semanas de azote del mercado, la titular del FMI Christine Lagarde dijo que la Argentina enfrentaba una “volatilidad financiera significativa”, en parte debido al cambio en las condiciones financieras internacionales, más duras que antes por la suba de la tasa de interés de largo plazo en Estados Unidos, pero, también, por la sequía que dañó la producción agrícola, y drenó la oferta de dólares.

La nueva modalidad del Fondo de no interferir directamente en los planes económicos del Gobierno no implica que la Argentina no deba hacer ajustes, que no tenga que resolver los enormes problemas estructurales que la ha llevado a gastar más de lo que tiene y produce durante décadas y décadas. Esta economía debe ser saneada, tengamos monitoreo o no del FMI, y eso hay que tenerlo en claro. Y en todo caso, dadas las experiencias previas sobre la discrecionalidad en el uso de fondos de nuestros gobernantes, el monitoreo es prácticamente una garantía. Si no, recordemos lo que pasó previamente: durante la presidencia de Néstor Kirchner, se decidió pagar al FMI toda la deuda que nos quedaba. La movida tuvo un enorme impacto político porque fue anunciada como una recuperación de soberanía. El ciudadano entonces celebraba que nos habíamos sacado de encima un organismo incómodo, que siempre pedía ajuste más ajuste. También influía que estaba muy fresco lo que le hicieron a Fernando de la Rúa, al que dejaron caer por mil millones de pesos que se negaron a mandarle, porque querían que la Argentina fuera “el ejemplo” en Latinoamérica de lo que les sucede a los países que no hacían bien los deberes. Mientras tanto rescató con muy buenos préstamos a Brasil y Uruguay que tenían problemas también. Pero lo que no dijo en ese momento Néstor Kirchner es que Argentina iba a seguir recurriendo al financiamiento externo y, por las dudas, también seguiría abonando la membresía del FMI. Así, al mismo tiempo que Argentina pasaba a ser un país “libre del FMI”, el presidente Kirchner comenzó a pedir ayuda financiera a Venezuela que, en aquellos años chavistas, nadaba en una montaña de petrodólares. A diferencia de las beneficiosas tasas de un dígito del Fondo, Venezuela nos prestó al 14 por ciento anual. Usura pura pero con un gran beneficio… para el gobierno: nadie monitorearía y condicionaría lo que Kirchner hiciera con esa plata. Es de decir, dinero caso y para uso indiscriminado. Con las malas prácticas de nuestros gobernantes, vistas hoy en perspectivas, fue como darle una navaja a un mono, utilizando el conocido refrán. Son cosas que no se ven, que no se dicen y que, por ende, se festejan porque son “vendidas” como grandes logros. Por eso hubo grandes festejos en las calles y en la Plaza de Mayo, como si hubiéramos ganado una guerra por la independencia, cuando en realidad estábamos entrando en un mercado usurario del que mucho nos costó salir, que tuvo como “mecenas” a Chávez primero y a los fondos buitre después. Son decisiones, en fin, pero decisiones que invariablemente pagamos todos. Por eso, insistimos, que el FMI controle que el gobierno de Macri se ciña a un plan de saneamiento de la economía está lejos de ser una mala noticia. Y los ajustes que este plan conllevará, ya lo hemos planteado, no son una exigencia caprichosa del organismo sino que se trata de medidas que, tristemente, corresponde hacer después de haber cometido una serie de errores, antes, durante y después de la “década ganada”. Entonces, si ahora hay que sindicar un “cuco” por lo que se nos viene, no lo busquemos precisamente en el FMI; hubo otros…

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Aun con la ayuda del FMI, a tasa tan barata, hay acechanzas, porque nunca en los últimos 60 ó 70 años hemos bajado el gasto público, más que unas chirolas poco significativas. No sabemos si las provincias harán el ajuste, lo que hasta el momento parece más bien lejano, y tampoco vemos claro si la Nación achicará gastos. No pretendemos ser agoreros pero la política no ha dado hasta ahora muestras de austeridad ninguna, mientras el esfuerzo de salir de los subsidios los estamos haciendo los ciudadanos. Y la verdad es que si somos serios, debiéramos temerles más a nuestros políticos que al Fondo Monetario, porque quienes nos terminan dejando en la ruina, por acción o por omisión, una vez y otra también son ellos.

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