“Laudato sí”, la encíclica papal más esperada de la historia
Pese a que nadie voluntariamente llenaría su hogar de gases y emanaciones tóxicas, no prima la misma consideración cuando se trata de cuidar el espacio común, el ambiente, nuestro hábitat.
Los intereses económicos son tan fuertes y quienes los defienden tan poderosos, que fracasan todos los intentos de imponer condiciones para una producción más amigable con la naturaleza. En las cumbres mundiales sobre la materia, es Estados Unidos el país más reactivo a aceptar pautas en este sentido, porque de allí son los capitales de las empresas que más comprometidas están con el daño ambiental. Lo curioso es que estas industrias no se encuentran mayoritariamente en su territorio sino diseminadas en países del llamado Tercer Mundo. Es decir, provocan el daño pero no lo padecen en lo inmediato ni in situ, aunque finalmente las consecuencias se hacen notar. Porque muchas de las tragedias naturales que agobian al planeta no surgen de la nada sino como correlato de lo que la basura de la industria provoca en el clima.
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Y una vez más es el Papa Francisco el que puso el dedo en la llaga; siempre atento a la realidad, en su primera gran encíclica llama a escuchar el clamor de la Tierra como el clamor de los pobres. Nos insta al cuidado de la casa común. No es un tema menor sino que es un gran problema que por momentos pasa desapercibido o subestimado frente a otros asuntos acuciantes pero que de repente se hace notar por alguna fatalidad. Aunque en realidad, si se lo piensa detenidamente, el llamado de atención es diario porque el cambio climático que se vive (como el calor que tuvimos en Argentina hasta fines de mayo) y la proliferación de enfermedades raras y mortales, encuentran su origen en la mano del hombre, ya sea en los métodos productivos que aplica como en el avance sobre la naturaleza, como la tala indiscriminada de árboles, que son finalmente quienes intervienen en el sistema renovando el oxígeno.
Francisco hizo un llamado a una conversión ecológica, y volvió a denunciar un sistema mundial sin ética dominado por poderes económicos, ya que son grandes empresas las que no se avienen a cuidar el ambiente produciendo de una manera más amigable aunque de seguro también más onerosa.
Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional. El sometimiento de la política a la tecnología y las finanzas se muestra con el fracaso de las cumbres mundiales sobre medio ambiente, dice el Papa en la encíclica, de 187 páginas, que según el propio Vaticano fue el documento papal más esperado de la historia.
Es un tema de enorme actualidad, y el Papa demostró con un exhorto tener pleno conocimiento de la temática y de las razones que han llevado a que lleguemos a dañar la naturaleza de un modo drástico y que recibamos a cambio su furia.
Claro que este documento no es vinculante, es decir que no obliga per sé a nadie a acatar el pedido. Pero lo bueno es que al expresarse Francisco, el tema queda puesto en el tapete por al menos un tiempo y seguramente será utilizado por las organizaciones ambientalistas de todo el mundo como un respaldo a su constante labor.
El Papa no usó eufemismos para sindicar el origen del problema: Los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, en el que priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad y el medio ambiente, advirtió, y le dio una trascendencia moral al sostener que de ese modo se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas.
La encíclica cayó como balde de agua helada sobre sectores conservadores de Estados Unidos, que son quienes ayudan a que fracasen las conversaciones ecológicas mundiales, defendiendo el poder de las empresas. Pero el texto recibió elogios de los científicos, las Naciones Unidas y los activistas ambientales. Habida cuenta que el contenido se había filtrado a la prensa unos días antes, el Santo Padre aclaró antes de su divulgación oficial que no se trataba de un ataque al capitalismo en sí mismo. Como todo líder de masas, se expresó en términos generales; habrá excepciones, como es ley, pero quien se sienta aludido, será porque se encuadra con rigor en las disquisiciones de la encíclica.
También el Papa invita a todos, no solo a los católicos, a una valiente revolución cultural que implique un cambio radical en el comportamiento de la humanidad, con un estilo de vida más sobrio, solidario y menos consumista. Porque si las industrias deben producir cada vez de manera más voraz es porque la demanda crece de manera abrupta. Es una situación que se retroalimenta: los que producen lo hacen a sabiendas que tendrán respuesta y el consumidor no controla su impulso adictivo de querer tener siempre más, llevado por otra industria que ayuda en esta macabra relación: la publicidad.
Sobriedad, sencillez, solidaridad pidió Francisco a la gente; tan difíciles de lograr como que el empresario produzca de manera más amigable. Tal el estilo de vida que él mismo practica. Esto lo destacamos porque no es lo mismo hablar desde el púlpito cuando se lleva una vida contraria a la que se predica a ser un ejemplo de lo que se dice.
Y dice además otras verdades: La salvación de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene futuro y que sólo podrá generar nuevas crisis después de una larga, costosa y aparente curación, advierte, al aludir a la crisis financiera.
Citando la exhortación apostólica Evangelii gaudium (La Alegría del Evangelio), el documento programático de su pontificado, Francisco también pone en tela de juicio el laissez faire (dejar hacer) de nuestros días. Hoy, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertido en regla absoluta. De este modo considera que ante el agotamiento de algunos recursos naturales, éstos sean motivos de nuevas guerras encubiertas bajo supuestos nobles propósitos, cuando en realidad se declaran al sólo efecto de quedarse con ese recurso natural que es escaso.
La problemática que plantea el Papa es más profunda ya que trata a la humanidad como familia y a la naturaleza como su casa común, ya no se trata sólo de ecología sino de intereses, de conductas que hacen a la ética personal y pública.
Con gran terrenalidad, plantea lo posible y aclara que no pretende volver a la época de las cavernas, pero sí pide aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles y, a la vez, recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano.
Esta encíclica muy esperada en todo el mundo, se ha dado en llamar Laudato sí (Alabado seas), y allí se marcan claramente las raíces humanas del deterioro ambiental de nuestro planeta. Esto es resultado de la revolución primero industrial y luego tecnológica, que ha provocado un calentamiento global que puede llegar a ser catastrófico, según la mayoría de los científicos, y cuyos efectos devastadores castigan a los más pobres del planeta. Además es claro que en poco tiempo no será a los más pobres, sino a todos a quienes castigue.
Ecuanimidad, sensatez, terrenalidad; nuevamente el mayor orgullo argentino puso un hito en la historia con su prédica ejemplar.














