Las heridas sociales de la pandemia aún siguen abiertas
En el universo de lo cotidiano hay hechos que pasan desapercibidos y suelen considerarse cuestiones mínimas al momento de introducirse en la conversación pública. Sin embargo, hay otras cosas que, aunque podrían parecer anecdóticas, irrumpen y cobran una relevancia superlativa. Suele suceder con aquello que toca una fibra realmente sensible...

En el universo de lo cotidiano hay hechos que pasan desapercibidos y suelen considerarse cuestiones mínimas al momento de introducirse en la conversación pública. Sin embargo, hay otras cosas que, aunque podrían parecer anecdóticas, irrumpen y cobran una relevancia superlativa. Suele suceder con aquello que toca una fibra realmente sensible de la sociedad. Hace algunos días se conoció la noticia que refiere que durante la pandemia de Covid-19, cuando todo el mundo se veía imposibilitado hasta de despedir a sus muertos, la ministra de Salud de la Nación, Carla Vizzotti, valiéndose de su poder y de ciertas influencias intermediaba para conceder privilegios a algunas personas para que pudieran visitar a sus familiares internados.
Lo más impresionante es que esto se conoció sin que nadie se ruborizara, en un acto público, donde se hacía el balance de su gestión al frente de la cartera sanitaria. Fue en el Centro Cultural Kirchner, en medio del fervor militante, cuando habló Sylvia Brunoldi, titular de la Liga de Protección al Diabético, y agradeció a la ministra por su ayuda y su "empatía". En su alocución quedó nuevamente expuesta la trama del sistema de privilegios que funcionó en la pandemia. Enseguida la noticia cobró importancia porque fue leída ante la mirada atónita de una sociedad que aún experimenta los efectos colaterales y duela aquello que perdió durante la emergencia sanitaria.
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Nadie sabe si la mujer que se expresó conmovida en el acto sabía la dimensión que tenían sus palabras y la gravedad de los hechos que describía. Lo cierto es que las justificaciones que inmediatamente llegaron por parte de la titular de la cartera sanitaria nacional y otros voceros no alcanzaron para acallar lo que ya había sido expresado. No resultó un argumento válido el detalle sobre las fechas del decreto que habilitó las visitas en establecimientos de salud, ni las explicaciones que se intentaron. Lo dicho, dicho estaba. Y en el imaginario colectivo lo sucedido había hecho irrumpir nuevamente los fantasmas de la pandemia y esa sensación de desazón y orfandad que causó el hecho de descubrir que quienes emitían las normas e imponían prohibiciones eran los que, por otros canales, actuaban en sentido contrario y hacían valer su poder para otorgar privilegios. Quizás por esa razón es que el hecho tomó enorme trascendencia pública; y tal vez por la misma causa fue que todo el mundo recordó al padre de Solange Muse, ese hombre al que nadie escuchó en su desesperado pedido de poder ver a su hija enferma de cáncer por última vez. La señora que le agradeció el "buen gesto" a la ministra de Salud perdió a su esposo algunos días después del fallecimiento de esa joven a quien su papá no pudo despedir.
Resultan incomprensibles las desigualdades y se vuelven imperdonables en situaciones como las que se vivieron durante la emergencia sanitaria. Son los emblemas de aquellos días de arbitrariedad los que obligan a no dejar pasar estos relatos, a volver sobre ellos para entender que en muchos aspectos se le faltó el respeto a la ciudadanía.
Según Pablo Sigal, periodista del diario Clarin, que se comunicó con Sylvia Brunoldi, ella no conocía a Vizzotti, pero la ministra supo de su caso y la contactó. También dijo que cuando llegó al Sanatorio Anchorena, gracias a este permiso especial, vio que ella no era la única visita y que había otros familiares con más pacientes, y que a partir de ahí ella pudo visitar a su marido varias veces.
El Ministerio de Salud negó haber dado la autorización a pesar de que cuando la mujer lo dijo públicamente delante de la propia ministra Vizzoti, ella no lo negó. Es más, todos la aplaudieron.
Salud dijo que en realidad las visitas se estaban dando de hecho en muchas instituciones y por eso salió luego el decreto. Dijeron que "cada institución, a través de sus autoridades, analizando cada caso particular, otorgaba autorización y generaba el protocolo".
La sucesión de estos argumentos no alcanzó para minimizar el impacto que tuvieron las palabras de esta mujer genuinamente agradecida. Ella no es el problema en esta historia. Sus palabras, sin saber, tocaron una herida social que aún está abierta. Porque nadie puede olvidar los atropellos que hubo durante la pandemia. Y no se trata de poner en tela de juicio las legítimas decisiones tomadas para preservar la vida y la salud de la población en general y los equipos sanitarios en particular. Aquí se está hablando de otra cosa. Lo que indigna es la trampa, la picardía que estuvo a la orden del día entre quienes debían predicar con el ejemplo.
Oficialmente el decreto que habilitó las visitas en establecimientos de salud con su correspondiente protocolo se emitió el 20 de agosto, tras 164 días de cuarentena. El esposo de la señora Brunoldi ya había fallecido para entonces, igual que Solange. Todo lo demás es discurso e intento de tapar una vez más el sol con la mano, ante la mirada implacable de una sociedad que tras lo vivido no está dispuesta a olvidar el vacunatorio vip, el destrato que recibieron los familiares que acercaron piedras a la Plaza de Mayo en memoria de sus muertos y fueron avasallados por el poder y acusados de militantes opositores al gobierno. Tampoco está dispuesta a olvidar la fiesta de cumpleaños en Olivos, cuando el común de los argentinos no podía visitar a sus enfermos ni despedir a sus muertos. Y esa determinación colectiva, basada en el dolor, sencillamente no tiene vuelta atrás y todo lo que contradiga ese sentir, será leído por la opinión pública como una nueva falta de respeto y una afrenta.












