Las costumbres que se perdieron
El crecimiento de las ciudades trajo aparejado la pérdida de ciertos hábitos característicos de la vida en los barrios, como la solidaridad entre vecinos y la predisposición para ayudar al prójimo. La emergencia sanitaria -que obligó a imponer el distanciamiento social para evitar la transmisión del virus- contribuyó, en gran medida, a debilitar los lazos sociales entre las personas que comparten esos espacios.
Las personas con más experiencias en la vida aseguran que la idea que sostiene que todo tiempo pasado fue mejor tiene como mejor aliada a la imperfección de la memoria, que hace que el ser humano -por una cuestión de supervivencia y de salud mental- empuje al olvido todos, o casi todos, los acontecimientos malos de los tiempos vividos. Pero reflexionar sobre los buenos hábitos de otros tiempos no implica, necesariamente, poner todo en una misma bolsa.
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Hay muchas costumbres de la vida en los barrios que se perdieron, como el saludo al vecino con el que uno se cruzaba todos los días en el comercio más cercano, la tranquilidad de saber que existía cierta disponibilidad para ayudar a resolver un problema, las charlas sin apuros o, si se prefiere, la comunicación entre personas que compartían mucho más que un espacio geográfico. ¿En qué momento se perdió todo eso? ¿Cuándo comenzaron a transformarse esos lazos sociales en la ciudad?
En las ciudades del interior la apacible vida en los barrios donde la gente sabía los nombres de todos los que vivían en la misma cuadra sufrió cambios drásticos a tal punto que hoy mucha gente ni siquiera se habla con el vecino. Es probable que la inseguridad haya sido un factor que, en gran medida, contribuyó al distanciamiento, aún antes de que llegara la pandemia.
En ese sentido, hay quienes observan, por ejemplo, que también se produjo una lenta desaparición del hábito de sacar unas sillas y compartir mates en la vereda. Esa pérdida gradual de contacto social entre los propios vecinos afectó no sólo las relaciones entre adultos sino también entre los más chicos, a tal punto que hoy casi no se escuchan voces de pibes corriendo y jugando en las calles.
No existe más ese salir a jugar mientas dura el sol como dice la letra de la canción Bombitas de agua, del compositor e intérprete bonaerense Germán Barceló que se viralizó este verano y que describe aquella época de televisión en blanco y negro, calles de tierra, los inolvidables juegos infantiles, las jugadas heroicas de los potreros, el asado del domingo, el almacén de la esquina y la infaltable diversión de los carnavales con coloridas chupitas en un fuentón.
No se trata aquí de promover la nostalgia, sino de rescatar lo mejor de ese pasado en estos tiempos difíciles. Algunos estudiosos de la planificación y ordenación de las ciudades y del territorio sostienen que los barrios cerrados de tipo privado fomentaron el individualismo y debilitaron el vínculo social entre vecinos. Puede ser. Pero también en los barrios tradicionales se observa ese fenómeno. Excepto en algunas localidades pequeñas donde, afortunadamente, todavía se respira esa vida de verdaderos vecinos.
No estaría mal que, con los cuidados que exige hoy la emergencia sanitaria, comiencen a recuperarse esos hábitos poniendo en práctica un cotidiano ejercicio de buena vecindad. Al fin y al cabo, gracias a la revolución cognitiva que el homo sapiens experimentó hace 70 mil años fue posible que el ser humano estableciera lazos de cooperación incluso con desconocidos para hacer cosas juntos y mejorar la comunidad.
Ojalá que estos días de distanciamiento obligado para evitar la propagación del virus sirvan también para reflexionar sobre la necesidad de recuperar aquellos pequeños grandes gestos y las buenas costumbres de otros tiempos.
Todo sin dejar de lado los beneficios que nos da la tecnología, porque si bien es otra gran responsable de tanto distanciamiento entre las personas, también es justo decir que ya no es imaginable un mundo sin conectividad que pueda vincular de manera virtual a las personas. La irrupción de las redes sociales a través de las cuales cualquier persona puede relacionarse de manera remota y al instante con otras ubicadas en diferentes lugares del planeta, es una maravilla que hace apenas dos décadas formaba parte de la ficción. Y eso llevó, por ejemplo, a que nos anoticiáramos más rápido de lo que pasaba en China, Europa o Estados Unidos, que lo que estaba sucediendo en la equina de nuestra casa. Los pros y los contras de la modernidad aparecen aquí en su versión más ilustrada.
Por eso, sin dejar de lado tantas bondades que dan acceso a la interrelación virtual y a la información, sería interesante al menos para aquellos que alguna vez experimentaron esa instancia de la relación cara a cara, que se vuelvan a esas prácticas con las que, en general, se disfrutaban momentos de felicidad.














