La violencia escala sin límites entre judíos y palestinos
C
uando la violencia escala a los límites del odio más profundo, se viven tragedias que impactan en gran forma. A punto tal que no hay donde esconderse de esa violencia, no hay lugares sagrados que valgan a la hora de la muerte.
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Jerusalén, la ciudad venerada por tres religiones (católicos romanos y ortodoxos; judíos y musulmanes), vivió el martes el atentado con más muertes registrado en los últimos años: el asesinato de cuatro judíos en una sinagoga por dos palestinos fuertemente armados que los balearon profusamente, y de un policía que los enfrentó.
El atentado se produjo a las 7:00, mientras un grupo de fieles rezaba en un templo del barrio ultraortodoxo de Jar Nof, del oeste de la ciudad. Las víctimas fueron tres norteamericanos y un británico que emigraron a Israel y tenían doble nacionalidad; en tanto que los atacantes fueron identificados como Uday y Ghasan Abu Jamal, dos primos del barrio de Jabel Mukaber, del otro lado de la ciudad. Cargaban armas blancas y una pistola con las que sembraron la muerte en una jornada que dejó otros ocho heridos y que se atribuyó el Frente Popular para la Liberación de Palestina. Ambos fueron abatidos al enfrentarse con la Policía, que perdió a uno de sus hombres. Uno de los sobrevivientes del ataque dijo que tras los disparos los terroristas comenzaron a correr a los sobrevivientes con hachas.
La historia de Jerusalén y las luchas por tener a esta ciudad como capital viene de siglos, y contiene serios enfrentamientos religiosos y raciales. Pero se agudizaron cuando se creó el Estado de Israel tras la segunda Gran Guerra, en 1948; la pelea con los palestinos es por la parte oriental de la ciudad, conquistada en 1967 por las fuerzas israelíes.
Para los judíos Jerusalén es una sola y su capital estatal, pero los palestinos reclaman la parte oriental de la ciudad y este problema no tiene fin.
En ese sector, Palestina pretende establecer su capital. Pero Israel considera la ciudad un todo unificado y un mismo municipio, y la declara su capital eterna e indivisible. La anexión de Jerusalén Oriental fue rechazada por la Resolución Nº 478 del Consejo de Seguridad y, en señal de protesta, los Estados miembro de las Naciones Unidas trasladaron sus embajadas a Tel Aviv.
Lo cierto es que en este conflicto, ni Europa ni Estados Unidos, ni Oriente Medio obviamente, son un público inocente sino que tienen actividad protagónica; unos ayudan al Estado de Israel y otros al incipiente Estado Palestino. Sea con fondos o con armas. De modo que al problema propio se agrega el alimento de países con fuertes intereses hacia uno u otro contendiente.
Frente al atentado del martes, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, advirtió que su gobierno reaccionará con mano de hierro y ordenó que las casas de los asaltantes sean destruidas. Pero seguramente no será sólo esa la respuesta. Sobre todo porque un atentado en un lugar de culto agrega más nafta al fuego entre dos sectores, árabes e israelíes, en particular por el acceso y uso de la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar más sagrado del Islam, llamado también Monte del Templo por la tradición judía y situado en la Ciudad Vieja.
Quienes han viajado a Israel saben que se puede visitar el Muro de los Lamentos, pero el Monte del Templo, que sostiene la pared más importante, no puede ser visitado por cristianos que exhiban rosarios, lleven biblias u otros objetos que se identifiquen con la religión cristiana, por el riesgo que se corre, aun en épocas de paz.
La situación de guerra siempre latente se agudizó en julio, cuando extremistas judíos quemaron vivo a un adolescente palestino para vengar la muerte de tres jóvenes israelíes. Desde entonces se registran enfrentamientos nocturnos cotidianos en la parte oriental y de mayoría palestina de la ciudad, donde los jóvenes se enfrentan con piedras a los policías.
A la desaparición y el asesinato de los tres estudiantes judíos en un bloque de colonias en Cisjordania le siguió la muerte de un adolescente palestino de Jerusalén Este por radicales judíos que actuaron en represalia. Una historia de nunca acabar más que en tragedia y muertes.
La violencia escaló mucho en octubre, cuando un palestino embistió con su coche una estación de tranvía y causó la muerte de un bebe de tres meses. Otros dos extremistas palestinos siguieron su ejemplo con ataques en Jerusalén y Cisjordania. También en Cisjordania, colonos israelíes le prendieron fuego a una mezquita en un acto vandálico que no dejó víctimas.
Ambos grupos, judíos y palestinos, se culpan mutuamente de las provocaciones, afirmando que los otros son las que las generan. Y lo cierto es que con la violencia tan instalada, están recogiendo ahora las tempestades de los vientos que han sembrado, puesto en palabras de la Biblia.
El ataque del martes fue festejado como un acto heroico por el movimiento islamista Hamas. El vocero Mushir al-Masri dijo que se trataba de una reacción natural en venganza por la muerte de un chofer palestino que apareció el domingo colgado dentro de su colectivo. Y como es obvio, hubo dos explicaciones del mismo hecho: para los israelíes, fue un suicidio, y para los palestinos, un asesinato.
Como es obvio aclarar, el diálogo de paz que se mantuvo mucho tiempo está suspendido desde abril pasado, cuando Estados Unidos fracasó en su mediación. A esto se sumó en junio la asunción de un gobierno de unidad palestino que acercó posiciones entre los extremistas de Hamas en Gaza y el presidente palestino, Mahmoud Abbas. Israel repudió ese acuerdo y ya nunca más se retomaron las reuniones.
Triste, muy triste.
















