La última semana
Los días del presidente Mauricio Macri en la Casa Rosada ingresaron definitivamente en una cuenta regresiva que llegará a cero el próximo martes 10 de diciembre, cuando asuma como nuevo jefe de Estado Alberto Fernández.
Macri transita por su última semana de Gobierno, aunque a decir verdad, ya ejerce por estas horas un poder testimonial, casi virtual, en el corolario de una gestión de cuatro años en la que si bien logró equilibrar las cuentas públicas, a fuerza de políticas de ajuste, largamente fracasó en su objetivo de combatir la inflación, reducir la pobreza y reactivar el aparato productivo nacional. Seguramente no hubo mala fe en la gestión y actuaron con la honestidad de que estaban haciendo lo correcto, pero sí que fue de una impericia fenomenal. Política, comunicacional, negligente, en la selección de sus colaboradores y en abandonarse a la capacidad de Marcos Peña, otro desastre.
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Macri alentó el sí se puede pero sin saber cómo. No se reunió con sus opositores ni con los cerebros más lúcidos del país y del extranjero para asesorarse. Más en un país como el nuestro que está en crisis desde hace un siglo. A la Argentina la arreglamos entre todos o no la arregla nadie dijo paradójicamente Perón, porque tampoco los peronistas admiten el consejo ni la ayuda ajena, contrariando a su líder. Es decir, es un mal del argentino, corporativo, revanchista y soberbio, esto de no aunar voluntades entre los mejores, entre los que más capacidad tienen, sin condicionar su afiliación, credo o ideología.
El poder real parece haberse mudado en estos días a las oficinas de Fernández en Encarnación Ezcurra al 300 en el barrio de Puerto Madero, a unas 15 cuadras del Balcarce 50: allí, el mandatario electo aún teje la conformación de su Gabinete, mientras lleva adelante una intensa agenda de reuniones con dirigentes de distintos sectores de la sociedad.
El próximo viernes Fernández debería presentar a sus ministros y demás colaboradores en vísperas de su asunción, pero hasta el momento solo está confirmada la designación de Marco Lavagna al frente del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), en reemplazo de Jorge Todesca.
Aún se desconoce a ciencia cierta quiénes lo acompañarán en su gobierno, más allá de ese puñado de nombres que ya parecen haberse asegurado un lugar en la mesa chica del albertismo, como Santiago Cafiero, ocupando el rol de jefe de Gabinete, Eduardo Wado de Pedro y Matías Kulfas. La rosca de los últimos días en torno del armado del equipo de asesores de Fernández, conjuntamente con la danza de apellidos desatada horas después de que el Frente de Todos revalidara en las elecciones del 27 de octubre pasado su victoria de las Paso del 11 de agosto, deja traslucir cierto conflicto de intereses dentro de ese espacio o, al menos, que la agenda que maneja el mandatario electo difiere de la que pretende llevar a la práctica la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Si bien el bolígrafo para rubricar las designaciones lo tendría que empuñar Alberto Fernández, que incluso el mes pasado había afirmado que Cristina iba a tener cero injerencia en el armado del Gabinete, quién podría dudar el poder de veto de la vicepresidenta electa a estas alturas de las negociaciones previas al anuncio formal del viernes que viene.
En este sentido, los gobernadores peronistas y el Frente Renovador que lidera Sergio Massa parecen haber quedado relegados en el reparto de puestos centrales del próximo Gobierno, mientras sectores del sindicalismo insisten con su cabildeo en pos de que sea nombrado un dirigente del palo en las áreas de Trabajo, Transporte y en la Superintendencia de Servicios de Salud.
Asimismo, algunos caudillos gremiales verían con buenos ojos la posibilidad de que Héctor Capaccioli retomara las riendas de la Superintendencia de Servicios de Salud, el órgano de control de las estratégicas obras sociales sindicales. Le debe sonar el nombre, estimado lector; en efecto, se trata del mismo operador político y exhombre de confianza de Alberto Fernández que está procesado por su presunto rol de recaudador de la campaña presidencial de Cristina y el radical Julio Cobos en 2007.
El éxito que alcancen las gestiones de los cabecillas gremiales con mayor poder de lobby para ubicar a dirigentes afines en determinados puestos podría resultar determinante para el grado de resiliencia del movimiento obrero durante el tramo inicial del próximo Gobierno: es decir, la duración que pueda llegar a tener la luna de miel entre el sindicalismo más combativo y Fernández luego de su asunción.
Sabido es que Macri finaliza su labor con un país en crisis e incluso referentes sindicales, como el camionero Pablo Moyano, reconocen que se vienen tiempos complejos para la Argentina. En este contexto, está por verse si Fernández conseguirá o no llevar rápidamente alivio a la población. Y si lo hace, ¿a qué costo futuro? Si hay crisis, hay que transitarla con el espíritu acorde y no maquillarla para hacer de cuenta que estamos mejor. De ese modo, nunca estaremos mejor.














