La tragedia después de la tragedia
Cuando todas las variables de la economía muestran claro retroceso y la inflación es la más alta del mundo, lo peor que se puede hacer es acelerar sobre la base de las mismas premisas. Es lo que viene sucediendo en Venezuela, donde Nicolás Maduro sigue aplicando un supuesto plan socialista que ha quebrado al país y cada vez sumerge más a la gente en la desesperación. De allí el éxodo cada vez más importante de ciudadanos a los países de la región, como Argentina, donde muchos están hoy trabajando de lo que sea o, con suerte, desarrollando su profesión, o en Brasil, donde en estos días son recibidos a piedrazos y palazos por la población civil de menos recursos. Estas son las dos caras de la inmigración: la de clase media-alta vino más a nuestro país y la de clase menos pudiente, fugó por las fronteras amazónicas hacia Brasil, donde se vive un drama que ha requerido la presencia de ayuda humanitaria en los pasos migratorios.
Mientras tanto en Venezuela, en medio de una huelga opositora en contra de las nuevas medidas económicas, y tras un feriado financiero obligado el lunes, el Banco Central de Venezuela publicó en su página Web las cotizaciones de las monedas internacionales con respecto al nuevo Bolívar soberano (con cinco ceros menos). Las cifras muestran una devaluación del billete nacional del 96 por ciento.
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Ante una inflación espectacular, estimada por el FMI en 1.000.000 por ciento anual, el gobierno de Maduro anunció la semana pasada la segunda reconversión monetaria en 10 años. Por este mecanismo, se suprimieron cinco ceros al Bolívar fuerte, para convertirlo en el nuevo Bolívar soberano, que comenzó a circular ayer. Es la tragedia después de la tragedia, cada vez más hundidos, más quebrados y con mayores sufrimientos para el pueblo venezolano, tanto que estudios sanitarios internacionales afirman que el promedio de la población viene bajando de peso.
Esta reconversión económica es parte de un plan más amplio de medidas que incluye un incremento en el precio de la nafta, la liberación del mercado cambiario y un drástico aumento del salario mínimo nacional a partir de septiembre, pasando a 1.600 soberanos, unos 26,6 dólares; hoy es de menos de un dólar. La oposición ya bautizó este programa y lo llama el Maduronazo.
Mientras Maduro se vanagloriaba durante el anuncio de las medidas de que el Fondo Monetario Internacional no estaba involucrado, los aspectos de ellas se asemejan mucho a un ajuste económico ortodoxo clásico, como veremos en detalle.
El valor del nuevo Bolívar estará vinculado a una moneda encriptada, el Petro, que está respaldado por petróleo crudo y el gobierno lo valora en 60 dólares o 3.600 Bolívares soberanos. El Petro fluctuará y se usará para establecer los precios de los bienes.
El Impuesto al Valor Agregado (IVA) aumentará cuatro puntos porcentuales y se pondrá fin a algunos subsidios al combustible, lo que le ahorrará al gobierno 10 mil millones de dólares al año.
El Banco Central aumentará la frecuencia de las subastas de divisas a tres y, finalmente, cinco días a la semana. De alguna manera, la devaluación es una mera formalidad. Desde hace años la mayoría de las personas y empresas no han podido acceder a los dólares a las tarifas establecidas por el gobierno y las han estado comprando en el mercado negro. Como resultado, los precios en muchos productos en todo el país ya se basan en ese tipo de cambio.
La nueva estrategia de Maduro para administrar la economía es una respuesta desesperada después de años de políticas desastrosas que socavaron el crecimiento, hicieron subir los precios y convirtieron lo que una vez fue uno de los países más ricos de América Latina en una nación disfuncional que generó una crisis de refugiados.
Los países latinoamericanos, todos, que hemos pasado por momentos complicados de nuestra economía, Brasil, Chile, Uruguay o nosotros mismos, hemos terminado por reaccionar a los problemas levantándonos, cambiando de política si hacía falta o de medidas económicas, según fuese el caso. Incluso hubo salidas acordadas de mandatarios, con pactos de gobernabilidad de por medio. Más allá de las lecturas ideológicas, mal que mal, hemos salido de trances complicados con actitudes lógicas y maduras luego de tocar fondo. Cuando uno no pudo, le dio lugar a otro. La pobre Venezuela, en cambio, ha caído presa de un sector político que se ha encaramado en el poder, que tiene el apoyo del ejército lo que les ha permitido seguir adelante este desastre, se ha prestado a las más crueles represiones, se han encarcelado opositores sin que pueda recuperar una democracia de alternancia.
La presión se está acumulando en el presidente para enderezar el barco, mientras crecen los llamados para derrocarlo seis años después de que asumió el cargo de manos de Hugo Chávez. Lo deseable sería que no se vaya por un derrocamiento, porque tal situación siempre conlleva efectos colaterales nocivos para la sociedad, sino que si tanto ama Maduro a su pueblo y tanto es su esmero por sacarlo adelante, asuma su imposibilidad personal de hacerlo y dé un paso al costado de un modo democrático, arbitrando medios limpios para una calma sucesión. Ya ha tenido su oportunidad de gobernar y no ha podido recuperar a Venezuela, pues bien, quizás haya otro que pueda. Un simple cambio de figuras puede significar la salida del atolladero. Pero Maduro, un ególatra, está lejos de asumir esa actitud, lógica para cualquier mortal, solo que su sentido mesiánico, cargado de mística, es superior en él a su sentido común. Por eso, lo más probable que se termine yendo por la fuerza y eso nunca es bueno. Una pena que aun hoy, en pleno Siglo XXI, haya mentes tan retrógradas, imbuidas de ansias de poder.
No está claro cómo se enfrentarán las medidas de choque anunciadas por Maduro con uno de sus aliados clave: los militares. Los generales de alto rango han recibido las llaves de los ministerios, la compañía petrolera estatal y el lucrativo negocio de las importaciones de alimentos. Múltiples tipos de cambio crearon jugosas oportunidades de arbitraje que enriquecieron a muchos asociados cercanos del Estado. Claramente, estas oportunidades dadas por el presidente a los militares han sido su carta de garantía para sostenerse a pesar de tanta miseria y tanta violencia. Veremos cómo reaccionan los militares a las reducciones que sufrirán; la actitud que tomen será determinante para un gobierno que se sostiene con balas y no con votos.













