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La tarea de recuperar el principal capital de la política: la confianza

El principal capital que tiene un gobierno es la confianza y ese es un valor que parece haberse perdido en Argentina. La crisis que atraviesa el país es económica, pero fundamentalmente de credibilidad. La palabra presidencial ha perdido peso con el paso del tiempo y se ha licuado estrepitosamente, a...

08 de julio de 2022 a las 12:00 a. m.
La tarea de recuperar el principal capital de la política: la confianza

El principal capital que tiene un gobierno es la confianza y ese es un valor que parece haberse perdido en Argentina. La crisis que atraviesa el país es económica, pero fundamentalmente de credibilidad. La palabra presidencial ha perdido peso con el paso del tiempo y se ha licuado estrepitosamente, a causa de no haber podido o no haber sabido dar señales claras para recuperación ese instrumento tan valioso en la construcción de la gobernabilidad.

Las internas feroces en el seno de la coalición de Gobierno han erosionado el poder y corroído el núcleo mismo de las fuerzas políticas que tienen la responsabilidad de conducir los destinos de Argentina. Desde hace mucho Cristina Fernández de Kirchner se ha transformado en la principal opositora de la gestión que ella misma impulsó, cuando de manera unánime decidió que Alberto Fernández encabezara la fórmula presidencial y competiera en las elecciones en las que resultó presidente. Y esa ferocidad no solo ocasionó la salida de funcionarios de la confianza del presidente, sino que lesionó la autoridad presidencial porque la ha dejado expuesta y sometida a críticas y a un desprestigio constante.

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Lo sucedido el último fin de semana tras la salida del exministro de Economía Martín Guzmán terminó de rebalsar una copa que se venía llenando y exhibió ante los ojos de la sociedad escenas propias de un grotesco. Un presidente y una vicepresidenta que no se dirigían la palabra hacía meses, y que aún en uno de los peores momentos del gobierno no aceptaban establecer un diálogo genuino, no hicieron más que acrecentar la incertidumbre que se ha transformado en los últimos tiempos en el sentir predominante de una ciudadanía desorientada y agobiada por las consecuencias que genera esa falta de pericia en el manejo de lo público. Porque el lenguaje de la política va mucho más allá de la palabra y se expresa también en los silencios y en los destratos.

Que la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo haya tenido que oficiar como "mediadora" de un encuentro que tampoco sirvió para recuperar la senda de la certidumbre, sino más bien se convirtió en el ring para profundizar la hostilidad, es apenas una foto de la irresponsabilidad con la que el poder suele dirimir sus rencillas internas, desatendiendo que con ello se afectan cuestiones vitales para la vida de la gente. Lo que estaba en juego en esta oportunidad era algo más que la designación de un ministro de Economía, era recomponer relaciones fracturadas para brindarle a la sociedad algún signo de prudencia. No sucedió. 

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En un escenario económico muy complejo, signado por un crecimiento descontrolado de la inflación y una suba sostenida del dólar, el país se dio el gusto de estar un día sin ministro de Economía y al asumir la elegida Silvina Batakis no hizo más que profundizar una grieta que parece haberse abierto al interior del oficialismo.

Nada de lo sucedido estos días acerca certezas respecto del rumbo previsible que se requiere para reconstruir la confianza en los mercados- para que se tranquilicen- y para contribuir a una paz social amenazada por la tensión constante y el descrédito.

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Sin un programa económico serio, que pueda discutirse en términos técnicos y sea sustentable políticamente, el presente exhibe una coyuntura sumamente compleja que los principales analistas observan como una de las más dificultosas que le ha tocado atravesar al país. Los componentes que tiene este proceso requieren de pericia y consensos para resolverse, algo que no se vislumbra en el decir y hacer del oficialismo. 

En materia social, la realidad no muestra indicadores mejores. La presión por el crecimiento de la pobreza y de la inflación que deteriora cada día más el poder adquisitivo y licúa los salarios, generan el caldo de cultivo propicio para traer al presente episodios desestabilizantes que el país parecía haber dejado atrás.

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Con la actividad económica prácticamente detenida por falta de precios, con la amenaza de una hiperinflación y la tensión instalada en las calles y en la vida cotidiana de la gente, Argentina transita un camino dificultoso, y lo hace con un Gobierno diezmado, fracturado por una pelea interna de una ferocidad tan inusitada como dañina, que lesiona la propia posibilidad de cambio.

La designación de la nueva ministra de Economía, representa en lo simbólico la posibilidad de comenzar a escribir un nuevo capítulo en la historia argentina. Sucede en un momento sumamente delicado, en el que la crisis comienza a gobernarse por sí sola. Lo que no hay que olvidar son las consecuencias de ello, no desatender que cuando las crisis se salen de cauce, luego no las resuelven los dirigentes, sino la propia gente en las calles, y lo que daña es la institucionalidad. Quizás sea ese el principal peligro, ese que una vez más pone a la democracia al borde del abismo. La tarea, tal vez sea, recuperar la confianza, actuar con cordura, abandonando ambiciones personales, estableciendo acuerdos con puntos de encuentro para cuestiones esenciales que tranquilicen el ánimo social, y transformen una vez más la crisis en oportunidad. Que esto sea posible exigirá de dirigentes capaces de actuar con responsabilidad, empáticos con el sentir de una ciudadanía que está harta de sentirse huérfana ante los ojos de quienes deberían trabajar para generar las condiciones propicias para el desarrollo y el crecimiento que una vez hicieron de este país algo grande.

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