La renovación sindical, una deuda de la democracia
En la Argentina hay una fuerte organización sindical que desde la mitad del Siglo XX escaló de manera impresionante en el esquema del poder, no estatal específicamente, porque son organizaciones privadas, pero sí se transformaron en una pata importante del poder.
A pesar de que la magnitud numérica de empresas e industrias dista mucho de la de aquellos años, habiéndose dispersado en más núcleos, y que la relación patrón-empleado se ha estrechado, haciendo más directa la comunicación entre unos y otros, la afiliación a sindicatos no ha decrecido sino todo lo contrario: entre 2003 y 2010 la cantidad de afiliados creció aproximadamente un 53 por ciento. Esto habla de que la intermediación sigue siendo, aunque no faltan casos en que estas adhesiones son compulsivas. Como sea, esto favoreció el incremento de la densidad sindical -el peso relativo de los afiliados en la población- que creció de 19 a 24 por ciento del total de asalariados en el período. Esta expansión fue además particularmente intensa, ya que prácticamente uno de cada dos nuevos asalariados incorporados en el período engrosó las filas de los afiliados a los sindicatos. Y esta es la base de sustentación de la actividad gremial, cada sindicato con sus dirigentes lucha por la distribución de las ganancias empresarias, que se expresan en los salarios y se obtienen mediante las reu-niones paritarias.
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De este modo y de acuerdo a nuestra Constitución en su artículo 14 bis queda garantizado a los trabajadores la organización sindical libre y democrática reconocida por la simple inscripción en un registro especial. Esta norma constitucional está tutelada por la Ley 23.551 de Asociaciones Profesionales y reglamentada por el Decreto Reglamentario 467/1988.
Esta ley es muy importante para la temática que vamos a desarrollar que es, precisamente, la democracia sindical. Esta norma en el artículo 8º establece: Las asociaciones sindicales garantizarán la efectiva democracia interna. Sus estatutos deberán garantizar: a) una fluida comunicación entre los órganos internos de la asociación y sus afiliados; b) que los delegados a los órganos deliberativos obren con mandato de sus representados y les informen luego, de su gestión; c) la efectiva participación de los afiliados en la vida de la asociación, garantizando la elección directa de los cuerpos directivos en los sindicatos locales y seccionales; d) la representación de las minorías en los cuerpos deliberativos.
Y es recién aquí, hechas estas necesarias aclaraciones, donde entramos en tema. Siendo la Argentina una república, la alternancia en el gobierno es lo que permite evitar que la eternización en el poder genere los vicios propios de la impunidad lograda a través de años de ejercicio. Incluso en el sistema democrático, muchas veces el elegir en dos mandatos a un mismo signo político, conlleva ese peligro o al menos esa tentación. Los argentinos conocemos los efectos del poder en el tiempo ejercido durante muchos años por el mismo partido. Sucede del mismo modo en clubes, comisiones de fomento, asociaciones civiles, en toda organización compuesta por humanos. Ser acomodaticios y pretender llevar agua al propio molino es inherente al hombre, desde los tiempos de las cavernas. Sencillamente es tan natural como perjudicial para la sociedad en su conjunto que es necesario siempre poner límite a este instinto.
Los sindicatos, quizá por su génesis de lucha o por su estructura conformada en forma cerrada y muy verticalista, no son proclives a los recambios dirigenciales. Si repasamos la historia de nuestro sindicalismo, en la gran mayoría de los casos, los gremios recambian a sus jefes por fallecimiento (y más modernamente cuando alguno es llevado preso).
Es así como la mayoría de los dirigentes sindicales que conocemos tienen entre 20 y 40 años al frente de sus organizaciones. Y la realidad es que siendo organizaciones privadas, no puede el Gobierno interceder en forma directa para discontinuar mandatos o modificar su sistema electoral.
Y así es que mientras cambian formas, gobiernos, figuras, todo por voluntad popular en respuesta a saturación o a la necesidad de nuevos aires, este sector tan poderoso, tan activo en la esfera del poder y tan incidente en las decisiones que repercuten directamente en la gente, permanece igual, anquilosado y blindado, en el peor sentido de estos adjetivos.
Pero hay cuestiones de las que no se habla y es la raíz del problema de la falta de renovación sindical en la Argentina, más allá de que el afiliado es soberano y tiene derecho a votar a los jefes que crea conveniente para su gremio.
Como algo natural hemos incorporado a nuestras vidas que los gastronómicos son Barrionuevo, los de comercio Cavallieri o los camioneros algún Moyano. Lo aceptamos como sociedad y lo avalan los propios afiliados en cada gremio. Aquella frase que inmortalizó Cristina Kirchner por la que invitó a los disidentes de su gestión a armar un partido y ganar las elecciones parece nunca haber picado la dignidad de los afiliados. O tenemos que pensar que los secretarios gremiales llevan décadas haciendo todo al gusto de sus representados, a tal punto que nadie pretende un cambio. Es que ni siquiera se escuchan voces opuestas en un sector, a pesar de que la ley indica que las minorías deben estar representadas en los órganos deliberativos de los gremios. Y sucede así porque en realidad en la mayoría de los sindicatos los estatutos no contemplan la incorporación de las minorías: quien gana la contienda se lleva todos los cargos de la comisión directiva, incluso si otra parte sacó el 49,9 por ciento de los votos. Esta cuestión sumada a que es una empresa cuasi imposible presentar una lista en las organizaciones sindicales, por las trabas puestas exprofeso para evitar nóminas opositoras al oficialismo, da como resultado un sindicalismo que sólo cambia su dirigencia sólo por fallecimiento del secretario general.
Es francamente incompatible en una sociedad que se rige por la alternancia y la pluralidad de voces de la democracia contar un sindicalismo tan perpetuo y unisonante.
Recordamos que este es un tema tan sensible al sindicalismo argentino que en épocas del gobierno de Raúl Alfonsín, en los albores de la democracia recuperada, reconociendo la problemática ideó una norma para democratizar los gremios. El resultado fue el rotundo fracaso de la llamada Ley Mucci (llevó el nombre del ministro de trabajo de esa época), no sólo no se aprobó sino que marcó para siempre la relación de Alfonsín con los sindicatos que le hicieron 14 paros generales, esmerilando su gestión con los trabajadores.
Esta problemática tiene que ser encarada por la propia dirigencia gremial que, enquistada en los sindicatos, debiera ser parte de la solución, no del problema. Comenzando a integrar a las minorías en las elecciones sindicales, como la ley exige y permitiendo elecciones realmente libres en sus organizaciones para que, paulatinamente, se produzcan recambios que, al fin, oxigenen a los sindicatos y les permitan evolucionar en sus propuestas y en sus metodologías.
Sería temerario afirmar que hay dirigentes gremiales que no cumplen su cometido de defender a sus agremiados por el solo hecho de tener años como secretario general, e incluso aún con elecciones sin traba alguna para la presentación de listas opositoras, ganarían igual en sus sindicatos. Porque han invertido bien los fondos de su organización, tienen buenos hoteles, la obra social funciona, ofrecen servicios a los afiliados de distinta naturaleza, desde préstamos hasta subsidios especiales por enfermedad para ellos y su familia, colonias de vacaciones. Toda esta infraestructura se pone sobre la mesa, junto a la defensa del salario, a la hora de elegir al dirigente que será el secretario general.
Pero estas virtudes deberían ser revalidadas frente a nuevas propuestas que puedan presentarse a los afiliados. Sencillamente porque es saludable al sistema y provechoso para los beneficiarios directos, además de para toda la sociedad. Algunos dirán que los políticos también se enquistan, pero a diferencia de los gremialistas, deben someterse cada dos o cuatro años al veredicto de la gente, que le convalida o no su permanencia tras escuchar o ver nuevas propuestas. Puede decirse también que en los sindicatos sí se celebran elecciones, pero estas se caracterizan por ser más un acto protocolar que una contienda de ideas, porque a diferencia que con la política, no cualquiera puede acceder a postularse a secretario gremial. Y no hablamos de aprietes ni presiones sino de condicionamientos estatutarios arcaicos que actúan como un blindaje para quienes no quieren dejar el puesto.
Una renovación de dirigentes, incluyendo a las minorías tras las elecciones y apoyando la posibilidad de permitir el ingreso de una dirigencia joven que se vaya formando en la actividad gremial, le daría al sindicalismo argentino una proyección importante desde una organización más moderna y acorde a los tiempos que vivimos.
















