La pobreza estructural y endémica
Una de las temáticas que siempre es actual en la Argentina desde hace 40 años es la pobreza que, con el paso de las décadas se ha hecho estructural, endémica. En todo este tiempo los distintos gobiernos han competido en buscar modos de alivio para que atraviesen mejor esa pobreza pero sin acompañarlos para salir de esa condición.
En la Argentina, tuvimos un cinco por ciento de pobreza hasta mediados de la década del 70 y alcanzamos los dos dígitos en la década del 90. Después del pico, provocado, por la mega devaluación de 2002, la pobreza se ha estancado en un tercio de la población, a pesar del incremento del gasto público que del 25 por ciento del PBI en 2001 pasó al 44. Y la situación no cambió aunque los precios para nuestras exportaciones, entre 2004 y 2010, fueron los más altos desde la primera década del siglo pasado. Una situación desperdiciada para el desarrollo que tanto nos hace falta.
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Y nuestra dirigencia se ufana destacando alguna que otra mejora que las familias pobres han adquirido en sus administraciones, sin embargo nadie se ha puesto a pensar que son tres o cuatro generaciones de pobres que subsisten a planes sociales, los que al fin solo alcanzan para alimentarse y perpetúan la situación.
La Argentina supo tener una movilidad social extraordinaria, no vista en otros países de la región, llegando a contar con una de las clases medias más numerosas del mundo. Fue el resultado de las inversiones en infraestructura en los gobiernos de la generación del ochenta, las políticas educacionales de Sarmiento y Roca y de haber dotado al país de una moneda estable, que duró hasta mitad del siglo pasado. Después los avances en la democratización del país, con Yrigoyen y Alvear, y que culminara con la incorporación política y social de los trabajadores con Perón. En esos años no éramos el país empobrecido que somos ahora, las posibilidades de progreso para quienes quisieran trabajar eran tangibles y ciertas.
Para salir de la pobreza hay que hacer reformas estructurales y buscar equilibrios en los conceptos de libertad y el de igualdad, porque siendo base de nuestra concepción de nación es necesario que sean parte de nuestro programa de desarrollo a futuro como lo fue en el pasado.
La libertad es clave para generar riqueza pero es claro que la creación de riqueza lleva a la desigualdad. Sin embargo, la igualdad absoluta impide la generación de riqueza porque quita al ser humano todo incentivo para producir y encima termina en el autoritarismo o directamente en el totalitarismo, como sucedió en los países que adoptaron el llamado socialismo Siglo XXI o comunismo.
La verdad es que la igualdad a la que podemos aspirar realmente es a la igualdad ante la ley, todos somos iguales ante un tribunal, todos tenemos los mismos derechos como ciudadanos y todos debemos contribuir equitativa y proporcionalmente con el sostenimiento del Estado. Pero hay que trabajar y mucho para que estas definiciones se concreten en la realidad, ya que lamentablemente la condición socioeconómica y la cultura pesan, y mucho, en nuestras sociedades. Y esta es otra de las dimensiones de la pobreza: el menor acceso a la vida institucional y a la justicia.
Encarar el tema de la pobreza requiere un amplio acuerdo político porque implica reformas que requieren un gran consenso para eliminar privilegios, normativas que impiden el empleo, control sobre la debida contribución impositiva y también sobre la distribución de esa riqueza que administra el Estado, concretamente a través de sus carteras y sindicatos, para que vuelvan al pueblo en servicios públicos de calidad.
También es imperioso desandar el camino que llevó al súper poblamiento del Conurbano, donde está el 50 por ciento de los pobres del país. Si de por sí es difícil generar desarrollo, más lo es cuando se parte de un piso tan bajo como el hacinamiento, la insuficiente infraestructura y las problemáticas urbanas.
El país necesita una moneda y un sistema financiero fuerte que evite tener que endeudarse en el exterior para pagar gastos corrientes como ha sucedido en estos años. Los argentinos ahorran pero lo hacen en dólares porque, desde hace décadas, han perdido cuando lo hicieron en pesos. La pobreza solo la podremos solucionar con inversiones, en su mayor parte nacionales. Tecnología y educación ante la cuarta revolución industrial digital que está desarrollándose en el mundo.
Lo que sucede es que mientras tanto se aplican las reformas para eliminar la pobreza, no se puede abandonar a la exclusión a nadie. Hoy está claro que el mayor capital no son los recursos naturales sino los hombres y las mujeres. Y lo menos que debe encarar la sociedad es asegurar el alimento, el agua potable y una educación de calidad a todos.
Como es natural, eso cuesta dinero, sostener a los sectores que han quedado fuera del sistema no es gratis y en parte se puede obtener eliminando privilegios como el que tiene el Poder Judicial con la exención del impuesto a las Ganancias, entre otros ejemplos. Así se puede lograr un alivio, mientras, se implementan reformas estructurales para incrementar la creación de riqueza y una mejor distribución de la misma.
Es inhumano seguir con un tercio de la población en la pobreza, debemos obligarnos a que esos millones de chicos tengan futuro, y presente.
















