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La pobreza, el problema estructural más urgente

La pobreza en Argentina es devastadora. Los indicadores difundidos durante los últimos días muestran el contorno más nítido de la decadencia que atraviesa a la sociedad argentina y la afecta en todas sus dimensiones. Es la contundencia de una regresión social sin precedentes que fue tristemente gestada con la épica...

07 de abril de 2023 a las 12:00 a. m.
La pobreza, el problema estructural más urgente

La pobreza en Argentina es devastadora. Los indicadores difundidos durante los últimos días muestran el contorno más nítido de la decadencia que atraviesa a la sociedad argentina y la afecta en todas sus dimensiones. Es la contundencia de una regresión social sin precedentes que fue tristemente gestada con la épica de una supuesta transformación que iba a encaminar a la sociedad hacia el progreso.  

Los mismos líderes que de manera repetida en tiempos electorales prometían procesos de reactivación y puesta en marcha de políticas públicas orientadas a recuperar la vieja tradición del crecimiento social a partir del trabajo, son los mismos que han generado el escenario propicio para que la pobreza se instale como un flagelo que corro al conjunto social y le quita sus viejos estándares de bienestar, alejándolo de la certeza de que se puede crecer a partir de la producción y el esfuerzo. 

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La legítima aspiración de escalar posiciones en la pirámide social se resiente si el hecho de tener trabajo estable, e incluso una profesión, ya no asegura el acceso a bienes mínimos e indispensables para vivir.

Los datos revelados por el Indec exponen señales inquietantes que interpelan a la totalidad de la clase política porque exigen la búsqueda de soluciones que no aparecerán como por arte de magia.

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La primera, es la rigidez estructural que ha adquirido el problema. La cantidad de pobres ascendió a 18 millones de argentinos, un millón más que a mitad de 2022. De este dato lo que alarma es que el grupo más castigado son los niños: uno de cada dos menores de 14 años vive en un hogar sin ingresos suficientes para adquirir alimentos, ni afrontar gastos de salud y educación. Argentina descendió hacia la pobreza estructural hace tiempo, algunos parámetros intentaron revertirse luego de la emergencia sanitaria por Covid-19 y la gestión económica siguió sembrando su perpetuación a través de las generaciones más jóvenes.

La segunda señal es que el modelo de economía inflacionaria fue el más evidente generador de pobreza. La brecha entre los ingresos familiares y la canasta básica se amplió en términos reales por el aumento irrefrenable de los precios. Y lamentablemente en este escenario, tener trabajo ya no es garantía suficiente para eludir la pobreza y es la inflación, lo que explica que el desempleo sea del 6,3%, pero la población pobre sextuplique esa cifra. 

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La tercera señal es que 8 de cada 100 argentinos ya se hundió en la indigencia, pese a los dos puntos del producto bruto interno que las organizaciones sociales manejan bajo el argumento de administrar los recursos y hacerlos llegar a "los pobres" de este país que se han transformado en beneficiarios de una ayuda eterna e insuficiente que si bien asiste en una necesidad y representa un derecho, no promueve la inserción en el mercado productivo ni alimenta la aspiración de crecer a partir del hábito de "salir a trabajar".

En términos económicos, la cantidad de pobres en Argentina ascendió a 18 millones, un millón más que a mediados de 2022. De manera preocupante volvieron a dilapidarse las expectativas de reactivación que comenzaban a aparecer abriendo un horizonte de esperanza.

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No hay datos alentadores en ninguno de los indicadores difundidos. Por el contrario hay luces de alarma que exigen operar sobre ellos de manera urgente para atacarlos de raíz. 

En un año electoral, y con una inflación que por primera vez en tres décadas supera el 100 por ciento, las dificultades son evidentes. Pero el problema no admite dilaciones, porque lo que se juega es la capacidad real de sobrevivir para una enorme cantidad de argentinos y de recuperar aquellas aspiraciones que en este escenario parecen haberse perdido, no por culpa de una sociedad abatida, sino por responsabilidad de generaciones de líderes con poder de representación que a uno y otro lado de la grieta han sumergido al país en una crisis de consecuencias temibles.

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Detrás de los números de la pobreza hay historias que se repiten y se multiplican. Hay una cultura del trabajo desdibujada. En los extremos de la estructura social hay problemas que tienen puntos de encuentro y exigen de la búsqueda de soluciones comunes. La pobreza no es problema de unos o de otros. Es cuestión de todos. Y las políticas que se establezcan para resolverlo implican tanto al oficialismo como a la oposición. No alcanzan las declamaciones para culpar, para incriminar, para hacer demagogia en torno a una cuestión que afecta al conjunto social, a la clase media casi destruida, a las clases bajas sumidas en una depresión profunda y también a la clase alta necesitada de condiciones de previsibilidad y reglas claras.

No hay diferenciación de sectores cuando se habla de pobreza y se requiere de una enorme cuota de responsabilidad cívica y de coraje político para tomar la cuestión entre las manos y comenzar a transitar un camino que será complejo, pero que debe emprenderse si lo que realmente se quiere es devolverle al país sus mejores condiciones perdidas.

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