La pesada herencia de Trump
Donald Trump deja un legado que lo ubica lejos de la galería de líderes que ocuparon la Casa Blanca y lo acerca al barro de los escándalos, las polémicas, las controversias, la altanería y la soberbia. Sin duda que el excéntrico millonario quedará fuera de la historia grande de la principal potencia mundial.
Impredecible e incapaz de generar confianza, Trump ha sido un continuo destructor de las reglas esenciales de comportamiento político e ignoró muchas reglas del juego institucional, especialmente aquellas que mantienen el civismo esencial para la estabilidad política y para una armoniosa alternancia en el poder entre republicanos y demócratas.
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Más allá de las decisiones muy cuestionables que deja atrás, como la salida de la OMS y del acuerdo ambiental de París, hay que reconocer que en las elecciones de noviembre pasado logró una enorme cantidad de votos. Así y todo, Trump ostenta uno de los índices de aprobación netos (esto es aprobación menos desaprobación) más bajos del último siglo puesto jamás ha superado el 42 por ciento de aprobación que logró después de las primeras semanas de mandato.
No obstante, cabe preguntarse cómo un dirigente salpicado continuamente por los conflictos y los escándalos institucionales pudo ser elegido presidente de la primera potencia mundial. Una explicación puede encontrarse en el impacto que tuvo la crisis desatada por la gran recesión económica de 2008. La recesión se sumó a los efectos duraderos de la creciente desindustrialización que los trabajadores estadounidenses sufrieron y frente a la cual el Partido Demócrata, ya sea bajo el ala de Carter, Clinton u Obama, no hizo gran cosa para mejorar la situación.
Por tanto, envuelto en un manto de autenticidad al postularse como un defensor de la gente común, Trump pudo imponerse en las elecciones de 2015 de la mano de su promesa de revitalizar el sueño americano para los estadounidenses. Y también a partir de una campaña electoral agresiva a través de las redes sociales, como Facebook, que incluyó tácticas de noticias falsas para afectar la imagen de su adversaria demócrata, Hillary Clinton.
Finalizada la era Trump en un solo mandato de cuatro años, veamos su legado y cómo afecta a la robustez de la democracia liberal en Estados Unidos. Desde ya que fue un presidente profundamente agresivo contra las instituciones, como lo demuestra su negativa a aceptar su derrota y su intento denodado por modificar los resultados de la elección hasta el último día.
Trump se caracterizó por hacer constantemente declaraciones engañosas o directamente falsas, un fenómeno sin precedente en la política estadounidense. Durante su gobierno hostilizó a los medios de comunicación. La Justicia demostró la colusión de su gobierno con Rusia, lo cual lo llevó a ser sometido a su primer juicio político, del cual fue absuelto por el Senado. Y por último su decisión de no asistir a la ceremonia ni colaborar con el presidente entrante. Fue la primera vez desde 1869 en la que el presidente saliente no participó en la ceremonia de asunción.
Peor aun, su legado incluye mucha violencia política. Tras haber incitado a la violencia política el 6 de enero pasado desatando a una turba insurreccional, queda claro que Trump violó los límites democráticos como ningún presidente estadounidense lo había hecho antes y que lo lleva a ser sometido, por primera vez, a un segundo juicio político.
Pero su herencia más perdurable es la división política. Trump deja al país hondamente dividido en tribus políticas, posiblemente la situación de polarización más importante desde la Guerra Civil de fines del Siglo XIX. El magnate empoderó a grupos supremacistas blancos y radicalizó a su base electoral. Este hecho no desaparecerá de la noche a la mañana. Incluso, varios de estos votantes creen que Trump ha sido víctima de fraude electoral y consideran que Biden será un presidente ilegítimo. Fueron 74 millones los estadounidenses que lo votaron para recompensarlo con un segundo mandato. Ellos lo vieron como un líder que expresó su enojo hacia las élites políticas, empresariales y mediáticas. Trump canalizó su creencia de que una nación cada vez más diversa y socialmente liberal amenazaba sus valores, religión, derechos de armas y herencia cultural. La continua devoción de los leales votantes de base de Trump significa que, si bien Biden puede acabar con muchas de las victorias políticas del presidente saliente, eliminar su influencia en la política puede ser imposible.
La Presidencia de Trump personifica las divisiones entre dos mitades de la población: una en gran parte conservadora y rural y la otra más liberal y urbana. Los dos sectores carecen cada vez más de un lenguaje cultural común y una definición de patriotismo y, gracias a Trump y los propagandistas de los medios que sostuvieron su culto a la personalidad incluso una versión común de la verdad.
En términos puramente políticos, el magnate deja el cargo con algunos logros que durarán más que su mandato: remodeló la Corte Suprema y el Poder Judicial en líneas conservadoras. Presidió la primera reforma de la Justicia Penal en años. Se las arregló para evitar verse envuelto en guerras extranjeras y reforzó la política estadounidense hacia una China cada vez más hostil. Al mismo tiempo, destrozó la reputación de Estados Unidos entre sus amigos en el extranjero; trató otra amenaza inminente, el cambio climático, con la misma negación que trató al coronavirus, y aduló a enemigos autocráticos de Estados Unidos como Vladimir Putin y Kim Jong Un.
Pero tal vez su mandato sea recordado sobre todo por su adopción de estadounidenses olvidados en las ciudades del medio oeste y sureñas que habían quedado a la vera del camino del progreso por las políticas globalizadas de libre comercio. Trump identificó poderosamente a esta población muy desatendida por los políticos de Washington de ambos partidos.
Su promesa de proporcionar a los estadounidenses un plan de atención médica hermoso (como él lo anunciaba) nunca se materializó. Y su política de inmigración y el muro fronterizo sur resultaron ser más exitosos como un apoyo demagógico que para abordar las causas de la inmigración indocumentada.
La propaganda postelectoral de Trump ha agregado una peligrosa capa de radicalización a las quejas de sus partidarios, millones de los cuales ahora rechazan las estructuras del gobierno estadounidense que creen que expulsaron injustamente a su líder. El nacionalismo blanco está en marcha y grupos extremistas como QAnon se han infiltrado en un Partido Republicano destrozado. La forma en que reaccionen los votantes de Trump a su partida no solo dará forma al futuro del Partido Republicano, un partido que ha demostrado vivir con miedo a la base de Trump, sino que tendrá enormes implicaciones para la unidad estadounidense en el futuro.
La herencia de Biden es la más desafiante de cualquier nuevo presidente desde Franklin Roosevelt, quien asumió el cargo en medio de la Gran Depresión en 1933, en un momento en que el nazismo estaba construyendo su horror totalitario en Europa.
A pesar de los ambiciosos objetivos de Biden en temas como el medio ambiente, la atención médica y la política exterior, el éxito de su presidencia probablemente se juzgará por su capacidad para sacar a Estados Unidos de la peor crisis de salud pública en 100 años y la pesadilla económica que ésta creó.
Pero una cosa es segura: su Casa Blanca será mucho más convencional, silenciosa y estable que la de Trump. De hecho, es posible que Estados Unidos nunca vuelva a ver algo como los últimos cuatro años pero la división, discordia y deshonra tardarán generaciones en purgarse de la psique estadounidense.














