La necesidad de un diálogo electoral franco que fortalezca la democracia
Cuando se habla de la necesidad de que un país cuente con políticas de Estado que sobrevivan al devenir de los gobiernos, precisamente lo que se piensa es en el andamiaje que sostiene el funcionamiento del sistema de derechos y obligaciones que encarna la vida en sociedad. Cuando esas políticas no existen, o no son concebidas como tal, sucede lo que ocurre actualmente en el país, en que toda esa estructura tiembla ante la posibilidad de que se imponga en la contienda electoral un candidato que no proviene del ambiente tradicional de la política y que en muchas de sus consideraciones se pronuncia de modo ciertamente provocador y amenaza no solo con eliminar "la casta" sino con cambiar radicalmente el modo de concebir lo público.
También sucede que la estructura tambalea cuando, superada la instancia de las elecciones Primarias Abiertas y Obligatorias (Paso) la coalición que obtuvo el segundo lugar en la competencia no termina de resolver sus luchas internas y muestra ante la sociedad un mensaje laxo en relación a las verdaderas acciones de fondo que deberán tomarse para transformar una realidad que se ha vuelto agobiante para el conjunto social.
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Y definitivamente todo el pilar institucional se estremece cuando el oficialismo no encuentra el punto de equilibrio entre la candidatura presidencial del ministro de Economía y las responsabilidades de esa misma figura en ejercicio actual de la gestión.
Todo lo que sucede en la conversación pública va desde las propuestas que logran imponerse en la agenda por obra del marketing y la ausencia de plataformas claras que le muestren a la sociedad un sendero de certezas.
En el medio de ese caos, en el que ningún dirigente parece poder leer con claridad el mensaje que dejaron las urnas, sucede una realidad asfixiante para la gente común que siente que ha perdido no solo la estabilidad sino la confianza, y esto ha sucedido como consecuencia del desmanejo, y cierta cuota de irresponsabilidad, por parte de quienes tienen el poder o lo pretenden.
Lo preocupante es que, a contracorriente de lo que podría suponerse, los tiempos electorales suelen inhabilitar la posibilidad del diálogo y del consenso. Aunque son momentos en que se habla mucho más de política, poco se dice con sustento real y esto lesiona severamente a un sistema que sufre las consecuencias del descrédito. De hecho, primarias han mostrado claramente el peso que puede tener el hartazgo.
En un contexto de profunda crisis social y descalabro económico, es sumamente peligroso no haya líderes que estén pensando en la negociación y en la palabra como instrumentos para alcanzar acuerdos. Todo lo que se escucha es el eslogan de una construcción propagandística y discursos que se repiten respetando la lógica del marketing y muy poco hay de intercambio de ideas. Es como si incluso algunos disfrutaran de la desgracia del contrincante, como si en su mal destino alguien pudiera salir beneficiado.
Lamentablemente hay un juego casi perverso en la política que mira su propio ombligo y toma el camino de la desacreditación del otro para construir o custodiar la propia cuota de poder, ya devaluada, por una realidad que a oficialistas y opositores les estalla en la cara.
Entre quienes están en el gobierno, es más simple crear el relato de que el resultado electoral les mostró su piso y no su techo y que todo lo que tienen por delante es crecer, que asumir que una amplia porción de la ciudadanía les dijo basta y optó por otra alternativa.
Para quienes hoy son oposición, resulta más sencillo montar el discurso electoral sobre la base del slogan, sin explicar con claridad cuáles son sus verdaderas ideas y qué posibilidades ciertas tienen de poder llevarse adelante.
Frente a ello, la pregunta que surge es qué pasará con los derechos ganados y legitimados por la propia sociedad y cómo se encontrarán los caminos alternativos para abandonar la debacle sin que el daño social sea aún más inmenso. Ante la fragmentación y los posicionamientos antagónicos de una dirigencia dividida y sorda, el interrogante que sobreviene es qué sucedió con el conjunto de valores que el país abrazó cuando recuperó la democracia y cuánto de ese capital servirá para construir un nuevo destino que permita comenzar a tejer nuevamente un entramado social claramente destruido.
Las respuestas a estos interrogantes aún no aparecen. Las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias dejaron ganadores y perdedores que encuentran nombres propios de acuerdo al lugar desde el que se realice el análisis. Nada está claramente definido y muestra de ello es lo que ha sucedido desde entonces, donde ni la economía ni la política parecen encontrar un rumbo que restablezca una mínima condición de certeza.
Lo que sí está claro, a la luz de lo que se ha escuchado y leído en las apreciaciones postelectorales de los candidatos presidenciales es que nadie está pensando en generar las condiciones necesarias para que este tiempo hasta octubre sea utilizado para habilitar un diálogo cierto, despojado de intereses y franco, una conversación capaz de mostrarle a la sociedad que cuando se piensa en diseñar e implementar políticas de Estado no alcanza con el mensaje grandilocuente ni con la amenaza que infunde temor; se requiere pericia, mesura y generosidad, algo que el conjunto de la dirigencia parece haber perdido como atributo necesario para pensar el futuro, esa construcción colectiva de la que deberían participar todos para que, lo que surja de este tiempo de tanta incertidumbre, sea un nuevo país, dotado de valores, derechos y responsabilidades que fortalezcan este sistema en el que el conjunto de la sociedad ha elegido vivir y que es la democracia.













