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La muestra de un dolor social que aún no ha sanado

A menudo las expresiones populares marcan el sentir de las sociedades y vienen a representar en lo simbólico aquello que se quiere dejar escrito en la historia para hacer oír una voz. Colectivamente representan el modo que encuentra una comunidad como vehículo para decir algo, para reclamar por lo que...

19 de agosto de 2021 a las 12:00 a. m.
La muestra de un dolor social que aún no ha sanado

A menudo las expresiones populares marcan el sentir de las sociedades y vienen a representar en lo simbólico aquello que se quiere dejar escrito en la historia para hacer oír una voz. Colectivamente representan el modo que encuentra una comunidad como vehículo para decir algo, para reclamar por lo que considera injusto. Son infinitas las imágenes que la memoria convoca en cualquier recorrido que se haga por la historia reciente. La calle suele ser el escenario y algunos elementos, los íconos. Hace unos días, así como los aplausos al personal de salud desde los balcones fue una muestra social de respaldo y gratitud en el inicio de la emergencia sanitaria, la marcha de las piedras convocada para rendir homenaje a las víctimas de la Covid-19 representó de manera contundente no solo la expresión del duelo de los allegados de quienes perdieron la vida a causa del virus Sars-COV 2, sino la manifestación del dolor social producido por la pandemia.

Silenciosa por momentos y ensordecedora de a ratos, la movilización que tuvo su epicentro en la Casa de Gobierno y en la Quinta presidencial de Olivos, sirvió para poner en alto el nombre de los muertos exigiendo mantener viva la memoria, pero también para reclamar por el manejo político de la emergencia sanitaria. Lejos de cualquier posicionamiento ideológico y del uso que la política partidaria siempre busca hacer para colarse en la expresión legítima de la ciudadanía, lo que mostró la marcha de las piedras es que el dolor y el enojo pueden encauzarse hacia un espacio distinto que el de la violencia. En este sentido, sonó como un fuerte reclamo hacia el poder y fue una genuina expresión de duelo. También de hartazgo por lo que la sociedad entiende obtuvo como devolución a su esfuerzo. No pasó desapercibido el malestar que dejaron los ecos de las fotos de la celebración del cumpleaños de la primera dama en Olivos, en coincidencia con el momento de las mayores restricciones impuestas para evitar la progresión de la pandemia y el colapso del sistema sanitario. Tampoco resultó indiferente que el presidente calificara como "un error" esa cena que no debió haber permitido. La mayoría de los testimonios recogidos en la marcha daban cuenta de eso. Quizás porque ese hecho que algunos pueden leer como algo "aislado", tocó la fibra más sensible de la sociedad, esa asociada al dolor de la pérdida no solo de las libertades sino de los seres queridos. Hubo, por tanto, un sentir de empatía. La marcha sirvió para que allegados a las víctimas de la pandemia se expresaran, pero tuvo eco en el sentir de todos aquellos que sin haber padecido la enfermedad o perdido seres próximos, vivieron este tiempo conscientes de lo que significaba esta tragedia. Desde esa perspectiva las piedras fueron de cada argentino, sin distinción de bandera. Y de la mano del dolor, la indignación dijo lo suyo.

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La marcha coincidió con el día que el presidente Alberto Fernández eligió para enojarse y con tono grandilocuente tratar de miserables a quienes lo acusaron de haber responsabilizado a su compañera por lo sucedido. Sin terminar de disculparse, la crispación le ganó la batalla al reconocimiento de lo que representó bastante más que un error. Ese cumpleaños y las fotos que trascendieron y pretendieron negarse, vulneró la confianza, ese bien intangible que fortalece la alianza entre gobernantes y gobernados. No resultó casual que las voces que se escucharon durante la manifestación fueran de cansancio, porque más allá de cualquier valoración individual que pueda hacerse de una foto, lo que está claro es que no fue una simple equivocación que cualquiera puede cometer. Fue algo mucho más grave, protagonizado por quienes borraron con el codo lo que escribieron con la mano. Y lo hicieron en un momento en el que la mayoría de los argentinos tenía vedada la posibilidad de la celebración y en un tiempo histórico en lo que nada había para celebrar. Por eso resultó obsceno y condenable.

Las piedras dispuestas en espacios tan sensible a la expresión del pueblo fueron un modo de expresar la tristeza; pero también la manera que encontró una buena parte de la sociedad de decirle a las autoridades que no está dispuesta a tolerar los atropellos. Una piedra fue el símbolo de que la manifestación también puede ser pacífica. Esta vez nadie las tiró para destruir los espacios de representación institucional. Nadie causó desmanes ni daños. Solo se dispusieron con nombre propio en el corazón mismo de la institucionalidad, no para conmover al poder con un gesto de sensiblería; más bien buscando instar al retorno a la senda de la coherencia, eso que necesita un pueblo que no le perdona al poder la impunidad ni olvida lo que merece por derecho. 

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Las víctimas de la Covid-19, la titánica realizada por el personal de salud, el esfuerzo denodado de pequeños comerciantes y grandes empresas, el sufrimiento silencioso y anónimo de tantas familias, exigen de quienes tienen el poder o lo ostentan, el abandono de cualquier privilegio.

Lejos de lo que ha sucedido en la historia reciente cuando algunas movilizaciones empleaban las piedras para destruir, esta marcha fue una muestra de madurez. Hubo homenaje, relatos íntimos de historias privadas, lágrimas por despedidas que quedaron truncadas por el aislamiento que no todos respetaron. Pero también, un fuerte llamamiento.

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Finalizada la marcha, el Gobierno recogió las piedras y anunció que construirá con ellas un espacio dedicado a la memoria. La iniciativa fue valorada. El interrogante que surge es si la credibilidad se recupera solo con monumentos. La confianza en la palabra es algo que se construye con coherencia. Es un valor que se cultiva en la empatía, eso que faltó el día que se decidió permitir aquello que no era correcto, que luego se escondió, se trató de minimizar y finalmente cuando quedó expuesto fue respondido con enojos y disculpas a medias, desconociendo que en la sociedad hay un dolor infinito que aún no ha sanado.

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