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La ideología y la pasión no sirven en las negociaciones

Por donde se mire la gestión gubernamental en la Argentina, asoman vulnerabilidades, imperfecciones que no son de ahora o del último año sino que son fruto de una política inestable y errática. En definitiva, la situación de crisis generalizada y continua que atraviesa el país, con una miseria espantosa, explica...

06 de abril de 2021 a las 12:00 a. m.
La ideología y la pasión no sirven en las negociaciones

Por donde se mire la gestión gubernamental en la Argentina, asoman vulnerabilidades, imperfecciones que no son de ahora o del último año sino que son fruto de una política inestable y errática. En definitiva, la situación de crisis generalizada y continua que atraviesa el país, con una miseria espantosa, explica en gran medida cómo se ha gobernado y qué tipo de gobernantes han desfilado por los estamentos del poder. Sería algo así como lo afirma un antiguo refrán, que dice "a las pruebas me remito", en este caso para observar con sentido crítico la calidad de funcionarios que se han hecho cargo de los sucesivos gobiernos. Si despojamos el análisis de los relatos apasionados pero a la vez interesados con una gran dosis de manipulación, bien se puede afirmar que en los últimos años no se registraron cambios de fondo para celebrar en materia política y económica. 

La diplomacia nacional no escapa a esta desprolijidad y falta de coordinación que dejan en evidencia la ausencia de un plan o, peor aun, de una política de Estado. Si asume un presidente todo vira un poco a la izquierda, si gobierna otro signo político todo gira hacia a la derecha. No se puede andar por el mundo sin un rumbo firme y con una gestión zigzagueante. Las conversaciones entre países se sustancian sobre intereses nacionales, no sobre posicionamientos. Esa es la lógica con la que se encaran negociaciones internacionales, que pueden demandar años. Pensemos por un momento si cada país, cada cuatro o seis años, cambiara su posicionamiento frente a un tema. No existiría posibilidad de negociación alguna. Sin embargo, las hay y se logran acuerdos permanentemente en todo el mundo, tras conversar años y años. Claro que siempre sosteniendo el mismo interés nacional. Ese que en este país fluctúa cada vez que cambia el signo del gobierno, sencillamente porque no se logra, puertas adentro, lograr identificar cuáles son esos intereses nacionales que ponderan el bien mayor para todos los ciudadanos.

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La semana pasada un episodio reflejó con transparencia las incoherencias en materia de política exterior y también expuso las debilidades del presidente de la Nación a la hora de construir consensos y acuerdos; todo lo contrario, lo mostró más dispuesto a destruir lo construido que a continuar sumando. El viernes pasado en ocasión de celebrarse el 30º aniversario de la conformación del Mercado Común del Sur (Mercosur) cuando el presidente Fernández mantuvo un contrapunto con los jefes de Estado de Uruguay, Brasil y Paraguay que participaban del encuentro en formato virtual. En ese contexto, Alberto Fernández enfatizó que la Argentina no quiere ser un "lastre" para otros países y dejó flotando la posibilidad de una ruptura del bloque, ante las críticas recibidas de sus socios. Fue luego de que el presidente del Uruguay, Luis Lacalle Pou, advirtiera que el Mercosur "no debe y no puede ser un lastre", y tras recibir también críticas del brasileño Jair Bolsonaro y el paraguayo Mario Abdo Benítez, en una cumbre muy tensa.

Si bien se conmemoraban los 30 años en común, también hubo miradas sobre la actualidad del bloque y en especial cómo debe seguir la historia del mismo. En este sentido, Lacalle Pou dijo que el bloque sudamericano "no puede ser un corset" para nadie y consideró que ya es hora de que el Mercosur se convierta en una "zona de libre comercio". Irascible y desobedeciendo la regla básica de la diplomacia que exige pensar bien antes de decir para evitar posiciones de las que no se pueden volver, Fernández rechazó los cuestionamientos de sus pares y señaló que la Argentina no es un lastre para nadie y desafío que "si somos un lastre, tomen otro barco". La respuesta se produjo luego de que el presidente del Uruguay cuestionara una supuesta oposición de la Argentina a realizar acuerdos con otros bloques comerciales.

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La pregunta es ¿cuál es el interés de Argentina? ¿Avanzar en el Mercosur y ser una zona de libre comercio, o no? Es importante definir esto, por nosotros y por nuestros socios. Porque está la subsistencia y el progreso de cada nación comprometida en ello. Por una decisión administrativa acordada en 2000, ningún país del Mercosur puede firmar acuerdos con terceros Estados sin que lo acepten los otros miembros, lo que lo convierte en uno de los bloques más cerrados del mundo. Si no vamos a avanzar hacia una zona de libre comercio, que es lo que sigue en el proceso de integración, ¿podemos seguir "encorsetados" sin poder comerciar de manera independiente? Eso es lo que planteó Lacalle Pou, el definir de una vez por todas y sobre la base de los intereses nacionales, hasta dónde va a llegar el Mercosur, independientemente de la preferencia del gobierno de turno.

El Mercosur tuvo errores desde su construcción pero también es cierto que con un PBI nominal de 1,835 billones de dólares y una población de 270 millones, es una de las seis mayores comunidades económicas del mundo. Por otro lado, cerca de tres cuartas partes de su producción económica, población y superficie se concentran en Brasil. Guillermo Valles, uno de los negociadores del acuerdo hace tres décadas por Uruguay dice que Mercosur es un acuerdo "entre un elefante, un ratón y dos hormigas".

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Estas diferencias hicieron que el Mercosur nunca se convirtiera en una comunidad al estilo de la Unión Europea (UE), como se pretendía. Brasil y Argentina se niegan a ceder su soberanía a instituciones supranacionales. No hay un tribunal de arbitraje ni un parlamento operativo. Hoy, el Mercosur no es más que una deficiente unión aduanera.

Mercosur se abrió a nuevos socios como Venezuela y Bolivia, que no han aportado nada a la integración económica. Durante la crisis financiera de hace 10 años, los países asociados volvieron a sus intereses nacionales. Sus políticas de subvenciones ahuyentaron a las empresas que querían instalarse en el Mercosur. De la noche a la mañana impusieron barreras comerciales o restricciones cambiarias, especialmente Argentina. Con la toma de posesión de un populista de derecha en Brasil, de uno de centro izquierda en Argentina, el Mercosur quedó en congelación diplomática.

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El futuro del Mercosur es incierto. Brasil, Uruguay y Paraguay quieren reducir los aranceles. Uruguay, y quizás pronto Paraguay, quieren concluir un acuerdo con China, y Brasil quiere unir fuerzas con EE.UU. Argentina, por su parte, quiere proteger su industria y no participar en más acuerdos de libre comercio.

Hay dos opciones realistas para el Mercosur: aceptar el fracaso del modelo original o avanzar a una nueva forma de unión aduanera.

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¿Quién asumirá el costo político del fracaso o de dar el paso hacia una nueva instancia? No debiera ser una espada de Damocles para ningún estadista que se precie de tal y obre en función de los intereses nacionales. Pero de esos escaseamos en estas latitudes. Darle curso al Mercosur no se trata de un posicionamiento político sino de una valoración técnica de lo posible y conveniente para el país, aunque ello implique la cesión de prerrogativas. Al fin, toda negociación implica ceder así como toda ganancia puede conllevar algún sacrificio previo. Nada es gratis, pero si se trata de un interés nacional, hay que establecerlo como estandarte superador de toda ideología. Y con esa premisa salir a la palestra, dejando de zigzaguear en el tablero internacional. Porque afuera no importa quién nos gobierna, afuera somos la Argentina y los argentinos representados por una persona que no debiera imponer sus pasiones sobre los intereses del país.

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