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La hora del voto ético

10 de octubre de 2021 a las 12:00 a. m.

La decisión entre el voto útil y la elección de un candidato que se ajuste plenamente a las propias convicciones y creencias resulta siempre una alternativa ética, al menos para quienes miran más allá de la conveniencia momentánea o de resentimientos personales a hora de cada convocatoria electoral.

Como todas las acciones humanas, el voto no escapa a una valoración moral y las valoraciones morales nunca deben prescindir de las circunstancias.

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Cuando a una contienda presidencial se presentan cuatro o cinco candidatos parejos en sus posibilidades de obtener el triunfo, no parece que existan obstáculos morales para votar al representante que más se acerque a las propias convicciones. A los efectos de este ejercicio, habrá que suponer que las propias convicciones se formaron después de una valoración honesta que previamente se haya hecho respecto de cada fuerza.

¿Pero qué sucede cuando hay solo dos fuerzas con perspectivas reales de ganar y otras dos o tres sin perspectivas de acceder a la presidencia?

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Supongamos que alguna de esas dos o tres fuerzas sin posibilidades representa las propias convicciones en mayor medida que cualquiera de las dos que lideran, por lejos, las encuestas. Es en tales circunstancias cuando las opiniones se dividen.

Un número importante de ciudadanos opina, de buena fe, que debe votarse siempre al candidato que se acerque más al ideal esperado, ideal que no ve representado, al menos en la medida deseada, por los partidos líderes. Estas diferencias podrían derivar de cuestiones tan importantes como la oposición al aborto o el enfoque respecto de los derechos humanos o la convicción en la defensa del libre mercado, por citar algunos ejemplos comunes a todos los países de Occidente. En algunas naciones, se sumarán otros elementos de decisión también trascendentes, como la posición respecto de corrientes separatistas, la integración regional, etcétera.

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El problema del enfoque "purista" es que busca preservar el propio prestigio antes que el bien común; la posibilidad de decir después: "yo no lo voté"; o "yo voté al que sostenía mis principios; los demás son culpables". Existen incluso quienes defienden convencidos el voto en blanco como una manera de no contaminarse.

El error ético de un criterio "purista" consiste en no considerar que las consecuencias previsibles de las acciones forman parte de la misma acción. Las acciones son las acciones y sus consecuencias y, por tanto, la ética de las acciones es también la ética de sus consecuencias.

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En teoría, nada ofrece al elector purista mayores garantías de no contaminarse que un voto en blanco. Pero quien vota en blanco está votando por alguien, porque su acción, o mejor dicho su omisión, no puede desprenderse de sus consecuencias. En el mejor de los casos, está jugando a la ruleta rusa con la suerte de la República; la posibilidad de tener lo que no se deseaba y algo peor.

Entre dos resultados posibles –y esto se aplica a cualquier orden de la vida-, siempre habrá uno mejor que el otro. Después de todo, Aristóteles sostenía que el mal es la ausencia relativa del bien. Solo hay que examinar cuánto de bueno ofrece una posibilidad real que la otra no ofrece.

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La decisión en favor de alternativas que sostengan un mayor bien teórico, pero sin posibilidades de hacerlo prevalecer, representa casi lo mismo que el voto en blanco.

Diferente es el caso en elecciones legislativas, cuando las fuerzas minoritarias tienen la posibilidad de obtener bancas en el Congreso, sin poner en riesgo, a todo o nada, la conducción ejecutiva de una nación. En esas ocasiones, como la que se avecina en noviembre, el voto por candidatos que no lideran las encuestas pero que sostienen principios más puros, en orden a las propias convicciones, puede ser una opción moral válida. Una vez más, las consecuencias de las acciones forman parte de la propia acción.

La Historia progresa por tramos y el que no vea esto, no ha leído la Historia. El apoyo a los cambios de una vez y para siempre solo ha conseguido dictaduras sangrientas. Y aun las dictaduras necesitan algún consenso cómplice, como describía Václav Havel con la escena del verdulero que, igual que todos en la vieja Urss, colocaba diariamente en su negocio el letrero: "¡Proletarios del mundo, uníos!".

Frecuentemente nos referimos al voto útil, casi despectivamente, como una decisión pragmática; pero en realidad se trata de una acción del más puro sentido moral.

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