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La herencia económica post octubre

13 de octubre de 2015 a las 12:00 a. m.

esta altura todos saben, candidatos y votantes, que la herencia para 2016 es un país con alta inflación, un flagelo que ya conocimos en el pasado y que es claramente corrosivo para todos quienes tengan ingresos fijos, sean éstos altos y mucho más si son bajos.

La buena noticia es que llegamos a este fin de año, no sólo con un nuevo gobierno que se elegirá en octubre, sino tranquilo con una inflación por debajo del 2 por ciento mensual. El gobierno ha introducido medidas –cuestionables por sus efectos futuros- que han “planchado” el mercado. Todo con el fin de que el electorado no vuelque en su voto un malestar mayor al que pudiera tener al ver afectada su economía doméstica. Estas maniobras efectivas, de poca durabilidad y que no dan solución a cuestiones de fondo (por el contrario, en algunos casos las complican, especialmente las que implican endeudamiento), también serán parte de la pesada herencia del próximo presidente. Como se dice vulgarmente, en algún momento habrá que pagar la fiesta.

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El freno puesto a la inflación este año también tendrá su consecuencia: retracción en el crecimiento. El propio Gobierno lo reconoce en su proyecto de presupuesto 2016 (aprobado maratónicamente entre gallos y medianoche la semana pasada) al estipular que se crecerá sólo un 3 por ciento. Por eso decimos que todo lo que hoy se está haciendo en materia económica no es más que un alivio, paños fríos frente a un espiral en el incremento de los precios que parecía no tener fin. 

En la visión de los economistas no se espera para los próximos meses un plan de shock contra la inflación, porque esta administración no se ha planteado el problema nunca en esos términos sino más bien un proceso gradual de cambios, cuyo mayor impacto se hará sentir en 2016, de acuerdo a la receta que siga el candidato que triunfe en octubre.

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Por esta razón, la mayoría de las proyecciones de la inflación para el cuarto trimestre del año están en línea con lo que sucederá en los últimos meses del año, aunque también advierten que el factor a monitorear hasta entonces es la evolución del tipo de cambio oficial. Porque en realidad, el escenario para el que ocupe la Casa Rosada no es sencillo y no podrá levantar el cepo cambiario de un día para el otro sin contar con un programa integral económico que permita morigerar el impacto del dólar sobre el peso.

Tampoco se espera que de aquí a fin de año, cuando falta tan poco, haya grandes cambios en lo que hace al factor dólar, otro aspecto gravitante en la decisión del voto de los argentinos. El principal problema que podría complicar a futuro la economía en materia de inflación es el tipo de cambio ante un eventual levantamiento del cepo, en función de cómo se haga y en qué valor quede el dólar oficial a partir de esa circunstancia. Mientras tanto, esta cotización amañanada para que no cunda el pánico social de una devaluación, genera un grave perjuicio al comercio exterior, especialmente a los commodities, que han quedado en desventaja comparativa. 

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Obviamente que hasta las elecciones no se espera cambio alguno porque el Gobierno hará lo posible y lo imposible para mantener el dólar bajo control. El problema va a venir apenas asuma el nuevo presidente cuando pretenda volver a la normalidad con la divisa y haya que tocar el cepo, si se hará en etapas o si se liberará de golpe y con qué sostén se hará para establecer un valor racional de la divisa en función de nuestras reservas que, dicho sea de paso, están bastante escuálidas. De modo que no estamos ante un problema tan sencillo de solucionar. La sensación de que el tipo de cambio será un problema que resolverá recién en 2016, año en que no sólo habrá que resolver el problema del cepo sino también otro que viene emparentado a la hora de hablar de inflación: el retraso de las tarifas de los servicios. 

Si hay que hacer ambas cosas, el nuevo gobierno deberá medir el impacto que las dos medidas pueden generar en el bolsillo de los argentinos. Por un lado, el sinceramiento de la tarifas que traerá importantes aumentos, y por otro el valor que alcanzará el dólar una vez liberado el cepo.

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Si ambas cuestiones se manejan tipo shock, los argentinos sufriremos bastante el año que viene, pero si prudentemente vamos saneando la economía de subsidios e intentamos liberar el cepo al tiempo que se inyectan medidas de crecimiento, podríamos atravesar la etapa en forma menos dificultosa. 

Nada será fácil el primer año de la nueva administración que asuma en octubre, por más que los candidatos en plena campaña nos pinten una realidad más que prometedora. Lo cierto es que en materia económica, para llegar al paraíso habrá que pasar por el purgatorio quizá durante todo 2016 o incluso más.

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Estas cuestiones que heredará el nuevo gobierno no se pueden esquivar. El actual Gobierno viene haciendo malabares para que esta bomba de tiempo no le estalle en las manos pero porque se ha llegado a un punto en que hay que tomar medidas, incluso algunas claramente impopulares, para ir normalizando nuestra economía, frente a un modelo que se ha ido agotando por su falta de flexibilidad para enfrentar distintos escenarios.

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