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La gran excusa

Las diferencias entre modelos de país y paradigmas son inevitables. Esas diferencias existen en todos los países, tanto en los que se desarrollan como en los que están en decadencia. De hecho, que en una sociedad haya diversidad de pensamiento cataliza la innovación y la resolución creativa de los desafíos....

01 de abril de 2023 a las 12:00 a. m.
La gran excusa

Las diferencias entre modelos de país y paradigmas son inevitables. Esas diferencias existen en todos los países, tanto en los que se desarrollan como en los que están en decadencia. De hecho, que en una sociedad haya diversidad de pensamiento cataliza la innovación y la resolución creativa de los desafíos. Por eso las organizaciones promueven la diversidad. Resulta que es valiosa. El problema no es el pluralismo sino la manifiesta incapacidad de parte de la dirigencia argentina de resolver los conflictos que supone la diversidad. Incapaces de generar acuerdos, consensos o siquiera diálogo, se escudan en la grieta: "Ellos son malos", "con ellos no se puede" o, el más tragicómico, la genealogía de la grieta: "Ellos empezaron".

La grieta es una gran excusa de parte de la dirigencia argentina para morir con las botas puestas y evitar la tarea de la política, que no es otra que la de generar condiciones de desarrollo armonizando intereses contrapuestos, en función de un propósito común. Y el propósito, mal que les pese a los ultras de todos los espacios, existe: ¿o acaso conocen a alguien que quiera un país con más inflación, pobreza o desigualdad? ¿Quién no quiere una educación de calidad que iguale oportunidades? ¿Será que hay personas que buscan que emprender en Argentina sea imposible para destruir la capacidad creativa y toda posibilidad de creación de valor económico y social? ¿Quién quiere más narcos? 

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La grieta es anti pragmática; la grieta inhibe las posibilidades de desarrollo sostenido y de largo plazo. El maniqueísmo político genera pendularidad: cada vez que un espacio llega al poder refunda la Patria, desarmando lo anterior. Y eso tiene sentido según la lógica de la grieta que nos gobierna política y mentalmente: ¿por qué deberíamos mantener una política formulada por quienes están equivocados o, en el peor de los casos, son deshonestos, inútiles y ladrones? No importa que se hagan cambios increíblemente positivos; es "de manual" en Argentina que quien llega, en los famoso "primeros 100 días de gobierno" cambia todo, empezando por impuestos, la política macroeconómica, el abordaje del narcotráfico, las reformas previsionales y una larguísima lista de etcéteras. Sin acuerdos no hay garantía de continuidad. Y sin continuidad se acentúan la inseguridad jurídica, la volatilidad y la desconfianza, lo que afecta nuestro desarrollo. Por tanto, la grieta es un mal negocio para el país porque Argentina necesita otras continuidades. No hay forma de resolver los graves problemas que enfrentamos en cuatro, ocho o 12 años. Y el problema mayor aquí es que si bien los cambios se pueden imponer, duran lo que dura la capacidad para imponerlos.

Si fuéramos China, no habría problema. Pero somos una democracia. Nadie va gobernar "para siempre". Entonces, la forma más práctica de sostener los cambios es consensuarlos y que, sin importar quien gobierne, se mantengan algunos lineamientos y orientaciones comunes. No hay que irse a Finlandia para verlo. Con tomarnos el Buquebus a Montevideo alcanza. 

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El sistema actual favorece grupos que, abroquelados a sus privilegios, erosionan toda posibilidad de acuerdos. No les conviene. No obtendrían los beneficios que tienen hoy en día si se acordaran ciertas políticas en común entre los dirigentes de diferentes ámbitos. Tal como está hoy el escenario, los ganadores del sistema están en la política (obteniendo una representación que, si no, no tendrían), en el empresariado (a través de transferencias, evasión y relaciones carnales con el Estado), en los sindicatos (con leyes laborales anticuadas, inflexibilidad e industria del juicio), en los movimientos sociales (que reciben cuantiosas transferencias y después se ocupan de rendirlas a los funcionarios que los controlan y que, casualmente, militan en sus mismos movimientos), en el periodismo (que en su polarización ve aumentar audiencia y pauta) y en la academia (donde ya no hace falta publicar ni ser relevantes para ganar centralidad, sino saber con quién hablar). Como se ve, hay mucha gente a la que no le conviene el cambio. Y exacerban las diferencias procurando un beneficio para sí mismos. 

Cerrar la grieta no implica que haya menos debate sino más y mejor calidad de debate. Acordar un país en común va a tocar muchos intereses y a generar una enorme cantidad de conflicto. Y, parafraseando a Alfonsín en su charla con Duhalde: no hay que correrle el culo a la jeringa. Porque construir acuerdos es mucho más desafiante, doloroso y complejo que imponer cambios, ya que en el proceso tenemos que estar abiertos a escuchar, a ceder, a no tener siempre razón y a perder centralidad. Hay mucho menos ego en un acuerdo que en una imposición. Cerrar la grieta es construir confianza y, sobre todo, acordar puntos en común para el desarrollo del país. No hay nada más práctico que esto. Y el momento de hacerlo es ahora, no el 10 de diciembre. 

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