La globalización de la indiferencia
Como no podía ser de otra manera, dada su impronta profundamente humanista, el Papa Francisco está haciendo fuertes llamados que el mundo atienda el drama de los refugiados sirios en medio de una tragedia que ya ha tomado dimensiones dantescas, asemejables, en distintos trazos, a una tercera guerra mundial. Más, instó a todas las instituciones católicas de Europa a recibir cada familia que huye del horror de una guerra que se está transformando en devastadora.
Este nuevo gesto se produjo en medio de la apertura de fronteras en Alemania y Austria, que permitió cruzar a miles de migrantes que esperaban con incertidumbre en Hungría, y días después de que el mundo tomara conciencia como nunca del drama de los refugiados al publicarse la foto del pequeño Aylan ahogado en las costas de Turquía. La imagen se viralizó enseguida y causó horror en el mundo y ayudó a poner en la mente y el corazón de la gente el desastre humanitario que se está produciendo.
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Pero Francisco viene insistiendo con la situación de los migrantes desde su asunción. Ya en 2013 condenó la indiferencia de los Estados al visitar la isla siciliana de Lampedusa, donde en 20 años 25.000 de sus habitantes perdieron la vida en el tránsito hacia la búsqueda de oportunidades.
¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por estas personas que estaban en la barca? ¿Por las jóvenes mamás que llevaban a sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para sostener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llorar, del padecer con: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!, decía Francisco en Lampedusa para el mundo.
Aquel llamado del Papa en 2013, en que habló de globalización de la indiferencia ante el drama de la inmigración ilegal, no caló, a la luz de la sangría humana que se sigue produciendo.
Apesadumbrado también decía: Hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraternal. Y vaya si puede dar cuenta de ello Abdullah Kurdi, el padre de Aylan, que tuvo que esperar a que el mundo viera a su hijo muerto en la orilla para sentir que estaba rodeado de seres humanos que, al menos ante una foto, sienten, se conduelen y reaccionan.
Las ofertas de asilo le llovieron, pero demasiado tarde. Si se me dan ahora el mundo entero, ¿de qué me sirve? Ya no tengo ni mujer ni hijos, expresó con justeza. Y como él han de sentirse decenas de miles, hasta el viernes invisibilizados.
En la literatura española hay una comedia de Lope de Vega que narra cómo los habitantes de la ciudad de Fuente Ovejuna matan al Gobernador porque es un tirano, y lo hacen de modo que no se sepa quién ha realizado la ejecución. Y cuando el juez del rey pregunta: ¿Quién ha asesinado al Gobernador?, todos responden: Fuente Ovejuna, Señor. ¡Todos y nadie!
También hoy esta pregunta surge con fuerza: ¿quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! Todos nosotros. respondemos así: no soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, ciertamente no yo. Pero el Papa va más allá de preguntar por los culpables e interroga: ¿Dónde estás ante la sangre de tu hermano que grita?
De acuerdo a la propuesta del Papa y según un estudio realizado por la Universidad de Georgetown y citado por The Washington Post, en Europa existen alrededor de 122.000 parroquias católicas. Si cada una recibiera una familia de entre tres y cuatro miembros, se podrían acomodar entre 366.000 y 488.000 refugiados, aproximadamente. Pero hay que ver si los países donde se asientan esas parroquias aceptan una política tan masiva de integración.
Más allá del éxito o fracaso del llamado de Francisco, o incluso sus posibilidades prácticas de concretarlo, hay expectativas de que contribuya a encontrar una solución. Lo que intenta el Papa es que los países centrales vean las corresponsabilidades que les asisten en el conflicto.
Hoy nadie se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita de la que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano: miramos al hermano medio muerto en el borde del camino, quizá pensamos pobrecito, y continuamos por nuestro camino, no es tarea nuestra; y con esto nos tranquilizamos y nos sentimos bien.
La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia los demás. Lleva a la globalización de la indiferencia, con bien dijo Francisco.
¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un asunto nuestro! Hasta que aparece una foto ineludible, como la de Aylan.
Y vuelve la figura del Innominado, el personaje de Manzoni en su comedia Los Novios. La globalización de la indiferencia nos hace a todos innominados, responsables sin nombre y sin rostro. Pero responsables al fin.
Pero el ejercicio de esta responsabilidad no se traduce de manera literal, es decir alojando a un inmigrante en casa. Aunque este es el gesto más visible, de lo que se trata es de asumir la responsabilidad por la felicidad del otro. Nos tiene que preocupar y ocupar que el otro no sufra. Este otro es el más próximo: familias, vecinos, gente de la propia ciudad que pasa necesidades de cualquier tipo. El que está un poco más alejado, como los argentinos que viven sin las mínimas condiciones de salubridad y bienestar en distintos puntos del país. Y es también el sirio o cualquier ser humano que es oprimido por la guerra, sin importar quién la inició. El principal rol a cumplir en estos casos es condolerse, no ser indiferentes y, sobre todo, obrar coherentemente: si repudiamos aquello, no podemos hacer de la convivencia con los vecinos un campo de batalla cotidiano, con insultos, con desprecio, con descalificaciones y, sobre todo, sin solidaridad.
La Argentina, así como otros países, ha anunciado que aceptará inmigrantes sirios. Y bienvenidos serán. Pero no globalicemos la fraternidad sin ejercerla con el próximo.















